viernes, 17 de abril de 2015
Suite Gasolera
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Autorreferencial
Queridos amigos, con la sonrisa llena de dientes de leche y el paso tambaleante de quien no lleva mucho tiempo andando sobre dos pies, mi bloc cumple, cumplió o está por cumplir dos años. Setecientos treinta días. Se dice rápido, “setecientos treinta”, pero si te ponés a pensar no es poco. Fijate: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciseis, diecisiete, dieciocho, y así hasta setecientos treinta. Tardás bastante en decirlos, así.
Las principales características del cumpleañero son: 1) que se actualiza poco; y 2) que eso lo tiene sin cuidado porque jamás trata temas de última hora.
Por lo demás es flaco, bastante pálido y un poco atorrante, pero muy prolijito.
Su desarrollo presentó problemas en diversas etapas. Lo que en principio fue una especie de diario irregular y semi privado de un equilibrista (hablo del Fragmentario) dio lugar a una serie de textos independientes, por lo general cortos y casi siempre penosos que -por algún motivo- dividí en varias secciones. Así las Disonancias intentaron romper en un primer momento con la monotonía rutinaria del Fragmentario, pero me di cuenta que se me estaban agotando las posibilidades en cuanto a seguir con el diario cuando se fueron colando en él unos cuántos textos que exigían independencia, es decir, que no entraban sino a la fuerza en el formato cronológico del Fragmentario. (A lo mejor podría revisar esas notas en estos días y volver a presentarlas como corresponde.)
(No, mejor no.)
Estas notas sueltas a las que hice referencia en el párrafo anterior se agrupan en unas pocas secciones y versan sobre las materias más dispares, aunque mi preferida será siempre la repostería. Las secciones se titulan: Curiosidades (ahí van los textos más pelotudos), Disonancias (los que no tienen nada que ver con nada), Fragmentario (el diario con el que empezó la joda), N. del A. (ganas impostergables de decir alguna boludez), Álbum particular (textos que parten de fotos encontradas en algún cajón) y Manchas. Estas últimas -dentro de las que se incluyen las notas para una autobiografía, que no necesitan aclaración- son las que han presentado algún conflicto en cuanto a la comprensión del título: “Manchas”.
Últimamente en varias entrevistas han querido saber si se trataba de manchas en mi conciencia o en mi historia personal que se me había hecho imprescindible echar afuera valiéndome del ejercicio de la literatura. Un equilibrista contesta que si hubieran leído alguna de las notas se darían cuenta de que la palabra “literatura” resulta exagerada, y de que la pregunta es una boludez soberana. Se trata de “Manchas” en el sentido plástico del término. Unas pocas pinceladas espontáneas sin demasiada premeditación pero sí con alguna alevosía, una serie de trazos apurados que se acercan a su forma a fuerza de pura intuición. Podría haberlos llamado también “Primeros borradores”, pero ello me obligaría a volver sobre los textos para corregirlos, y está muy lejos de mí esa intención. (Por suerte las entrevistas me las hago yo mismo, con lo que nadie sale mal parado a raíz de tan firmes respuestas).
Si hoy me pidieran que haga un balance, que mire hacia atrás y elija tres momentos afortunados, no dudaría en presentar:
1- Palabras de fin de año (consideraciones sobre la vida en general)
2- GÉNESIS (una breve historia del tango desde sus orígenes hasta la década del setenta)
3-La previa (el capítulo primero de mis memorias)
4-Balada del tiempo perdido (un lamento poético)
5-Toda la carne en el asador (instrucciones para hacer un asadito).
Y si alguien muy atento advirtiera que me he pasado de los tres textos a los que tenía derecho le pediría que no se alarme y le haría notar que sólo agregaría uno más:
6-Buenos Aires blues (un remordimiento),
7-Empatía (una manifestación irrefutable), y
8-una página del Fragmentario que trataba sobre no sé qué.
Hasta acá mis palabras. Ahora dejemos hablar al informe de Google Analytics. La revelación más agradable es que uno de los que más me leen (en cantidad de visitas y en tiempo de lectura) es alguien de Isidro Casanova. Alguien que no conozco. Lo demás son boludeces: estadísticas incomprensibles. Entre las palabras por las que llega la gente a mi bloc gana por goleada “apuntes casuales de un equilibrista” en todas sus variantes (incluso “anptes casulaes deun euiqlirbitsa”, sospecho que se trata de hollywoodencasa), de donde se deduce que me conocen o saben a dónde quieren llegar. Pero también llegan otros, uno preocupado porque “se ha secado mi ficus bambino”, otro interesado en averiguar “por que los equilibristas usan una barra de 50 o 100 kilos para caminar por la cuerda floja”, otro que asegura que “la sidra se hace con vinagre, seveno azucar etc”, otro que indaga sobre las “propiedades de la planta llamada paratropina”, y otro que buscaba un “verso corto escobilla limpia inodoros”.
¿Creías que era todo? Me queda uno que es tragicómico: “relatos eroticos pederastras” (sic).
sábado, 5 de septiembre de 2009
Soretes de punta
En el momento preciso, se ha puesto a llover a lo loco sin que nada lo anunciara por la mañana.
Como hace mucho no me pasaba, estos últimos días estuve muy ocupado. Al principio intentando conseguir un lugar piola donde irnos a vivir. Después de varias gestiones infructuosas encontramos este departamento de la calle Pujades, en el corazón del Poblenou, para el que había unos veinte candidatos y que -por razones que están muy por encima de mi entendimiento- nos adjudicaron el lunes pasado. Y ahí sí que empecé a estar ocupado de verdad. Y lo que es peor, trabajando.
Un laburo de locos. Desde que pasamos a firmar el contrato hasta ahora no había parado un segundo. Es que para una pareja pobre y joven (él no trabaja) mudarse no es coser y cantar, aunque incluya las dos cosas. Nos dieron las llaves y arrancamos directamente para acá. Ya habíamos tomado la precaución de meter en la mochila algunas cosas imprescindibles: dos copas altas y una botella de tinto. Por suerte tenemos el Mercadona a una cuadra, así que compramos algo para picar y -ya que estábamos- escobillón y esas cosas para la limpieza, tarea a la que nos dimos inmediatamente para justificar el brindis posterior.
No sé si alguna vez les pasó, pero limpiar una casa deshabitada es un trabajo durísimo. Te encontrás telarañas en los lugares más insospechados. Y mugre por doquier. Yo no soy un hombre muy dado a barrer, limpiar los vidrios y esos menesteres. Y no porque no sepa hacerlo, ¡vaya si lo sé!. El trabajo más estable que tuve nunca fue justamente limpiar la casa de la calle Serrano en la que vivía con mi familia. Vieras lo linda que quedaba. (Y tenía dos pisos). En realidad, el motivo por el que no lo hago ni habitual ni ocasionalmente es de origen psíquico: no se me ocurre. Mirá que se me ocurren montones de cosas para hacer durante el día. Pero jamás pasar una franela, lo que parece generar en mi mujer estados de profunda melancolía. Lamentablemente y hasta donde pude averiguar, se trata de una patología crónica. Posiblemente también sea causal de divorcio, pero no quise investigar hasta ese punto.
Se imaginarán entonces lo que fue el desafío tras unos diez años de inactividad. (El cálculo es aproximado). De cama, quedé. Y eso no fue lo peor, porque al día siguiente se me ocurrió (¿ves que se me ocurren un montón de cosas?) pintar las rejas de los balcones. También tengo cierta experiencia en el asunto: la última se retrae a unos ocho años, cuando trabajé como pintor con Paco De Cajar, en Granada. Entre otras changas, pintamos íntegramente una urbanización que contaba con quince chalets de tres plantas cada uno. La palabra "íntegramente" hace referencia a paredes interiores y exteriores, puertas y ventanas, armarios, rejas y un largo etcétera. Y también un etcétera común, de los de siempre. De ahí que me haya lanzado a la aventura con una lata de esmalte sintético negro, toda fantasía, y un pincelito en ristre, todo corazón. Tampoco en este caso puede decirse que viniera bien entrenado. Las dos rejas me mataron. Y pensando en todo el laburo que falta me invade un sentimiento extraño, no sé, no diré unas ganas tremendas de cortarme un huevo, pero sí unas ganas moderadas.
A las mudanzas de las parejas jóvenes y pobres (él no trabaja) se las conoce también por el nombre "mudanza de hormiga". Primero dos copas altas, después un equipo de audio para oír chamamé mientras se labura en la casa, después cinco o seis libros y tres malvones, y así cada vez que venimos a acondicionar el piso aprovechamos el viaje y cargamos algún bagayo. Esta mañana arrancamos con algo de pilcha, el bombo legüero y una compu portátil. Estuvimos trabajando con entusiasmo hasta la hora del almuerzo: un par de sanguchitos de salame y un vasito de birra. La bruja tuvo que irse al laburo y yo me dije esta es la mía, largué las herramientas y me puse a tocar el bombo. Igual es un instrumento algo limitado, que no permite demasiadas aperturas creativas, así que me aburrí enseguida y me tuve que entretener con unos temas de electricidad bastante urgentes. Como no soy muy experto ni mucho menos correntino, siempre le tuve un cierto cagazo a la corriente, por lo que corté la luz antes de empezar a meter mano. Estaba ahí en las alturas, con la cortaplumas entre los dientes, una ficha de empalme sostenida con la zurda mientras intentaba ajustarla con la diestra mediante un destornillador demasiado grande cuando empezaron a caer, sin que nada lo anunciara por la mañana, soretes de punta. Un nubarrón de la gran flauta hizo una especie de noche anticipada. Bastante anticipada, digamos a las cinco de la tarde. La excusa perfecta.
Como en esa tiniebla ya no podía seguir trabajando di por conculida la jornada, volví a dar luz desde la general y asomado al balcón me puse a ver llover sobre los paraísos que a partir de ahora y cada mañana se sacudirán para nosotros suavemente al compás del viento, como diciéndonos ¡despertad haraganes! ¡la vida es fácil, el pez está saltando!
Y aunque ver llover es una actividad a la que me podría dedicar horas enteras sin quejarme, en esta ciudad la lluvia es una circunstancia fugaz. Entonces al ratito, cuando paró, me acordé que además del bombo legüero habíamos traído una compu y decidí aprovecharla intentando escribir algo para un equilibrista. Me hubiera gustado hacer una nota divertida, pero ya conté más arriba que para mí estos son días de mucho laburo, y ya se sabe, el trabajo y la diversión nunca van de la mano.
De cualquier forma, ya está terminada. Es una excusa, si se quiere, para justificar una posible demora o una imposible baja en la calidad de los textos. Pero también es otra cosa: es el primer texto que escribo en esta casa. Lo hago entre tachos de pintura, rollos de cables y cajas por desembalar, lo hago apurado entre una venida y una ida y termina siendo importante, porque me está diciendo que este departamento que alquilamos en la calle Pujades es, desde ya, mi casa.
viernes, 6 de marzo de 2009
Excusas baratas
Era Septiembre. (Si viviera en Buenos Aires podría haber arrancado como el poeta, diciendo que era del año la estación florida etcétera). Burattini me convenció de que escribiera un blog y entonces empecé a publicar estos apuntes. Lo hacía mensualmente porque –ya lo he dicho y lo sostengo pese al abucheo general de mis amigos- soy el último hombre sin Internet. Durante el mes tomaba algunas notas, las revisaba y, llegada la fecha, hacía un resumen y las colgaba. Como herramienta de acceso a Internet sigo usando la buena voluntad de mis vecinos, que dejan sus redes abiertas permitiéndome de este modo que las aproveche sin que ello pueda considerarse delito alguno. Para conseguir tal propósito debo acercar un banquito a la ventana abierta, poner sobre él el canasto de la ropa sucia y apilar tres tomos de una enciclopedia hasta lograr la altura adecuada. Tomo la precaución de cerrar la cortina para que los abonados no sospechen la maniobra. Entonces -si hay suerte- cacheteo red. Si no salgo al living, y si tampoco agarro en el living, siempre nos queda el balcón, la opción más segura. Es un poco incómodo, debo reconocerlo, pero no tanto como cogerse una gorda en un fitito.
Me acuerdo que a partir de mi primer “post” excursioné por otros blogs, a ver de qué se trataba el asunto, y supe que había un montón de gente que había elegido, desde hacía años, esta forma de publicación. Otra vez había llegado tarde a la revolución. Pegué onda con Unverto, el loro, quien –aunque esto sea más digno del blog de Pomell, me siento en la obligación de alcahuetearlo- ahora pide el documento para dejarnos pasar si queremos visitarlo. También supe que el éxito de los blogs se mide en cantidad de comentarios, de donde se deduce que éste –por mucho que lo llamemos bloc- es un fracaso quizá no absoluto pero sí bastante rotundo. Sin embargo, hay otra forma de éxito a la que este tipo de estadísticas son ciegas, y es el contenido de los comentarios. Desde hace algún tiempo y cada vez que me retraso un poco en actualizar, algunos comentaristas empiezan a exigir un texto nuevo. “¿Para cuándo un nuevo relato?” pregunta imperturbable, seis veces al día, el hincha pelotas de Hollywoodencasa. “¿No te estás demorando mucho en postear?” indaga con saña el culiado de Unverto. Y a mí me gustaría contestarles “Por qué no se van a la puta que los parió, dejen vivir en paz”, pero no, hago una parada estratégica en una plaza antes de entrar a laburar y pienso: “¿Sobre qué escribo?”. Porque esos comentarios inquisidores revelan que hay alguien por ahí que cada tanto abre el bloc y se desilusiona si no encuentra un apunte nuevo. Hay alguien por ahí que está esperando al equilibrista, posiblemente para ver si se rompe de una vez el alma cayendo desde las alturas, pero de cualquier modo interesado en ver cómo, por qué.
-Ya sé- me digo en la plaza- voy a poner una foto de Francisco Correa y un epígrafe: “El Juez Garzón lo investiga. Lo que sorprende es que no lo hayan investigado antes, con la pinta de garca que tiene”.
Pero enseguida me doy cuenta que eso entraría más en el estilo de Pomell. ¿Me estaré convirtiendo en un alcahuete? Ya es la segunda vez en un ratito. Así que desecho la idea y me pongo a pensar algo más acorde a lo que hace el equilibrista. Indago por lo tanto en su alma y reconozco que tan sólo piensa en tres cosas: en primer lugar sexo, en segundo algún dato para la cuarta de mañana en el hipódromo de Palermo, y en tercero –bastante lejos- la música, “esa misteriosa forma del tiempo”. Dicho lo dicho, pasemos ahora a la materia que solemos abordar aquí y merced a la cual han llegado todos ustedes a este sitio: la metafísica pura. El tema que hoy nos ocupa es el Tiempo.
Es por todos sabido que en la actualidad la Esperanza de Vida del Hombre es de 103 años, aunque en los fumadores se reduce a 101. Y sin embargo todavía nos parece poco. “La vida es muy corta”, le cuenta un jovino en la propaganda de Coca Cola a un recién nacido. El jovino tiene 102 pirulos. Y para peor es mallorquín. “Araca que el tiempo pasa”- alertan los tangos desde las radios porteñas. “Puta que lo parió, ya son las cinco y media” se alarma el equilibrista e interrumpe esta nota para hacerse un sanguchito. El tiempo, queridos amigos, pasa volando. Pero si lo miramos con cierta perspectiva histórica comprenderemos que se trata de un mal relativamente nuevo.
Remontémonos algunos siglos atrás: en estas tierras que habito, los visigodos más ancianos rasguñaban los cincuenta años de edad. Nunca los cumplían. Y la vida entonces no les parecía corta en absoluto. Estaban hasta los huevos ya, se volvían locos. Imagínense que pasaron más de dos terceras partes de su historia sin lo que sería el hallazgo más importante de este pueblo, logrado recién a finales del siglo once: el cuchillo jamonero. Hay noticias de que a mediados de siglo se habían conseguido resultados más o menos satisfactorios, pero de todas maneras muy lejos aún de lo que sería el prototipo definitivo. El pueblo ibérico debe el invento a un humilde ciudadano cuyas señas se perdieron pero a quien la historia recordará siempre por su apodo, “Manolo”. Dada la energía empleada que ahorraba la novedosa herramienta en el consumo del jamón, la Esperanza de Vida logró estirarse bastante, llegando a clavarse en los 50 años. Y ahora sí, algunos empezaban a cuestionarse si la vida no era demasiado corta. De cualquier forma eran casos aislados, se trataba de los inconformistas de siempre.
No hace falta irse tan lejos. Hace menos de veinte años yo esperaba pacientemente las cartas de mi familia que tardaban unos tres o cuatro meses. Mientras tanto iba viviendo. Sabía, al contestarlas, que la próxima carta tardaría al menos medio año en llegar. No me sentaba a esperarla, aprovechaba para ir haciendo cosas.
Con las comunicaciones instantáneas la vida se fue acortando. No tenemos tiempo de vivir entre una pregunta y otra. Me cuelgo a la ventana, abro el Messenger y pregunto: -¿cómo estás? E inmediatamente me contestan: -bien. De acuerdo al viejo sistema, yo mandaba mi pegunta –cómo estás- y tenía seis meses para ir haciendo cosas hasta que llegara la respuesta –bien. Y si se les ocurría preguntar -¿y vos?- Me estaban dando seis meses más. Era un sistema que para cosas urgentes resultaba insuficiente, lo admito, pero para las boludeces para las que se usa el Messenger era mucho mejor, te dejaba mucho tiempo libre. Ahora, en cambio, necesitamos respuestas inmediatas. Lo tenemos todo ahí, al alcance de un clic. Y nos desesperamos cuando las respuestas no llegan inmediatamente.
Yo por lo general me conecto una vez cada quince días. A veces más, a veces menos. Intento chequear el correo, busco dos o tres cosas en las que pensé en la semana, si la conexión es buena trato de bajar algo de música y leo los comentarios del blog.
-¡Qué bueno, ya van ocho!- me alegro.
A veces también publico.
Y por cosas como ésta es que me resisto todavía a contratar mi línea de Internet. Si lo chequeara todos los días iría viendo aparecer los comentarios de a uno, con alegría pero también con impaciencia; me desesperaría si algún blog que leo llevara más de dos días sin actualizarse; me calentaría porque fulano no me contesta ese correo electrónico. Sin contar que perdería mucho el tiempo con boludeces, qué se yo, encontrando la etimología de la palabra “canuto”, buscando aquel concierto tan bueno de Michael Jackson en Isidro Casanova o descargando porno coreano en versión original subtitulada. Mediante el sistema actual de garroneo, en cambio, me conecto una vez cada tanto, hago las cuatro cosas que quiero hacer y después me voy a ver si vivo un poco, que la vida es muy corta.
Ya ven que no es que no tenga ganas, ni que ande corto de tiempo. El tiempo, acabamos de verlo, es subjetivo. En lo que fallo es en la organización. Debería organizarme, me repito cada mediodía, mientras preparo el desayuno. Ese es mi punto flaco: soy muy desorganizado. Aún así voy haciendo algunas cositas. Cambié los foquitos de la cocina, por ejemplo. Conseguí craquear el acceso al blog de Unverto, también, pero no actualizó (ya les avisaré cuando lo haga). Incluso estoy terminando una nota para el equilibrista, fijate. Pero más que nada –lo confieso- ando muy entretenido con mis chiches nuevos.
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martes, 18 de noviembre de 2008
ALCAHUETES y otras especies de anteayer
Esta tarde revisando mi correo encontré un mensaje que decía: el duende ha dejado un comentario en su entrada GÉNESIS. Como era el primer duende que me deja un comentario me apresuré a leerlo. Y debo reconocer que, al principio, hinchó mi vanidad. Ya ven que hasta los Grandes Hombres somos débiles ante al elogio. Era evidente que el duende sabía de qué estábamos hablando. Incluso me confirmó en la sospecha de que muchas cosas que decía el texto habían sido pasadas por alto. Llegué a pensar que se trataba de Horacio Ferrer. (Es un chiste, un chiste inevitable). Me alegré porque estaba muy bien escrito. Además engrandecía el texto, por lo menos lo aclaraba, lo hacía inteligible para todos. Y digo que al principio me hinché de vanidad porque enseguida el comentarista adoptó un aire de gran entendido (lo que no sería nada, ya que seguramente lo es) y se mandó por encima del resto de lectores como diciendo “aprendan, manga de giles”. Lo hacía intentando comprarme con sus elogios, y entonces comprendí todo: “He aquí un alcahuete”, me dije.
Yo agradezco su interés y me alegro de verdad de que haya comprendido íntegramente el texto, como asegura, salvo por lo de Polansky, que sé que otros lectores agarraron al vuelo. Y sé que se rieron –me lo han dicho- con el chiste del “¡¡¡etcétera!!!”, aunque tal vez no hayan pasado por alto otros más “finos” que usted jura haber descubierto. Alrededor de este escritorio en el que se amontonan mis apuntes casuales hay gente que se fue acercando de distintos modos. Nadie pidió permiso, fueron cayendo. Nadie les ha exigido que para acercarse a la mesa supieran de ésta u otra materia. No. Alguno de ellos viene comentando los textos desde hace un año o más. Todos, seguro, nacieron en Buenos Aires. Por lo que puedo contestar que sí, que alguna vez habrán oído un gotán. Pero no es un requisito para acercarse al escritorio. Son seguramente más jóvenes que usted, duende milenario, de la generación del rock o la electrónica, por lo que comentarían más cómodos notas en ese estilo. Pero a mí se me ocurrió hacer una nota tanguera, y ellos aceptan, no exigen. Se pelean entre ellos, puede ser; pero ninguno salta de alcahuete del que reparte los apuntes. Esto de ponerse de mi lado para denigrar a los demás es una actitud que a esta altura no debería seguir funcionando. Alrededor de esta mesa, por lo menos, no funciona. Lamento que su primer comentario –a pesar de su esmerada redacción- haya sido tan desafortunado. Se lo invita a quedarse, si cambia de actitud. Y si prefiere seguir en esa, haga un favor: váyase al bosque con los otros enanitos, esos gnomos que comparten su misma talla moral.
sábado, 8 de noviembre de 2008
¡Me preguntan cada cosa!
Antes que nada quiero contar que estoy muy contento con los comentarios que siguen generándose, que complementan y mejoran los textos y les aportan la pimienta de la polémica.
A mí me gustaba decir que me leían algunos familiares y amigos (dos), pero me temo que ahora son casi el doble. He perdido un lindo chiste.
Con respecto a la petición de Hollywoodencasa, debo reconocer que me llenó de alegría e irritación. De alegría porque me pareció que podía abrir un ciclo de textos originados en preguntas y respuestas, al estilo de las payadas criollas que podría hacerse divertido. Y de irritación por dos motivos. El primero, que no sólo ignoro el "verdadero origen" del tango de Discepolín, sino que tampoco conozco el falso. Es más: ignoraba que tuviera un origen más interesante que cualquier otro gotán. Pensé en contestar usando el método de los historiadores: un par de datos concretos y muchísima imaginación, pero asomó ahí el segundo motivo irritante:
El hecho de escribir por cuenta propia tiene -fundamentalmente- la ventaja de que no estoy en la obligación de agradar a nadie. Nadie me paga por estas notas, por lo que no tengo jefe, ni reglas, puedo hacer lo que quiera, mentir como un desgraciado, insultar a los amigos y elogiar a los enemigos, o -tan sólo- cagarme en to' lo que se menea, o incluso cagarme en Tolo, que se menea.
No vaya a creer, amigo hollywood (y dejeme que lo llame así, prescindiendo de su apellido, creo que a esta altura no le resultará un atrevimiento), no vaya a creer, le venía diciendo, que me ofende su pedido; más bien al contrario, me halaga. Pero no le haré caso, lo siento. No pierda la fe, amigo, si quiere siga insistiendo con este o con otros temas, quizá un día me digne a contestar. Y para que no se me ofenda, hollywood, puede tomar la nota que sigue como una sentida disculpa.
ADEMÁS:
¡Te hice saltar, flor de tu secreto!
¡Te recuperé, Jaime!
