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viernes, 17 de abril de 2015

Suite Gasolera





Y mientras preparaba un próximo disco, por algunas grietas que tengo en la voluntad se fueron filtrando estas piezas mínimas que ahora componen mi Suite Gasolera. Se hizo prácticamente sola, como debe ser. Mi trabajo consistió en equivocarme lo menos posible.

Festejo que haya salido enseguida, con la fluidez que uno espera siempre y que casi nunca se da. Recurrí a la inestimable ayuda de Gonzalo Arribúa y grabamos a mediados del mes pasado, en un par de sesiones. El resultado puede oirse en el enlace que puse arriba. 

La temática de la suite gira en torno a colectivos y trenes de Buenos Aires que por motivos diferentes me tocan la fibra sensible. Desde luego no es un canto a la eficiencia del transporte público porteño, a mí las cuestiones prácticas me traen sin cuidado. Es apenas un ejercicio de la melancolía, un guiño a pequeñas experiencias muy personales y no siempre positivas. Hay muchos bondis que quedaron imperdonablemente excluidos, pero valga la suite completa como homenaje al conjunto de aquel medio de transporte en el que incluso durante un tiempo me gané unos pesos cantando para los pasajeros.

Espero que la disfruten por lo menos tanto como disfruté yo haciéndola. Para usuarios de spotify, itunes, rdio, deezer, googleplay y demás plataformas por el estilo, también está disponible en la mayoría de ellas.

Salud.



miércoles, 5 de marzo de 2014

FANTASMAS







Apareció por fin mi disco de Fantasmas, una serie de canciones compuestas tras el primer desengaño -¿quién no vivió un amor eterno que acabó?- que permanecieron inéditas desde 1999 hasta hoy. Yo tendría que escribir ahora una entrada al respecto, pero con los años uno se vuelve diatónico, pelado y haragán. Ya casi no entiendo estas canciones que me fueron saliendo en noches de insomnio, cuando todavía tenía pelo. Apenas me queda -tal vez- el consuelo de cantarlas. Afortunadamente uno ha tomado la precaución de hacer grandes amigos que en momentos como este le sacan las papas del fuego. Burattini, por ejemplo, que hace unos días, tras volver a oir estas viejas canciones, compuso un texto lindísimo, desproporcionado en su generosidad hacia mí, que reproduzco a continuación y que desde luego ya forma parte del disco, de esta concepción nueva del disco, el que hoy escuchamos sonriendo, con alguna indulgencia y con la ternura de quien se mira en el recuerdo y casi no se reconoce. Gracias.

Hace años había una plaza en Palermo y estábamos nosotros. Cantábamos canciones, bebíamos y aprendíamos a vivir. Escribí había y es solo un ejercicio de nostalgia porque la plaza todavía está. Enrejada, rodeada de modernidad y diseñadores de alguna cosa, pero está. Lo que no está es aquel tiempo, ni tan memorable ni tan lejano, ni aquellos que éramos, un pedazo homeopático de estos que somos, hoy desparramados alrededor del orbe; Ese tiempo dejó lo que dejan los años que pasan: recuerdos de juegos, de dudas, de fotos imaginarias, de canciones, de versos torpes, de días y de amores (de los necesarios y de los contingentes), y amigos, sobre todo, dejó amigos. 


No sabíamos nada de quereres ni de nada, mas o menos como ahora, pero todo era sorprendente y hasta el amor parecía una aventura digna y no una negociación adulta de complicidad y silencios. Éramos hermosamente adolescentes. Fumábamos, leíamos, aprendíamos a coger y a mentir, hacíamos largos viajes en autobuses destartalados y carreteras deshechas, dormíamos a la intemperie, desayunábamos mate cocido y hablábamos de Rimbaud, Artaud, el simbolismo, el surrealismo, Discepolín, Bochini, el Beto Alonso, Rojitas y Spinetta como si supiéramos. La laguna de Chascomús era el mar de los sargazos donde imaginábamos figuras impronunciables en las nubes. Eran también horas de reclutar filias y fobias para el día que fuéramos adultos, creyendo en ese momento que moriríamos de pie y luchando sin oír a los mayores que nos advertían que venderíamos al más rápido y, casi siempre, peor postor lo que jurábamos nunca iríamos a comprar. Y que ese país no iba a cambiar jamás, decían también.


Entre aquellos prototipos de tiempos y de farsantes había alguno con los pies en la tierra y el verbo mucho más allá de nuestro alcance. Uno que hablaba de Cortázar, Spinetta y Arlt, incluso del Burrito Ortega, sabiendo de lo que hablaba. Uno que tenía un don y miraba al mundo de reojo silbando un tango y bajando botellas de Legui con la misma velocidad que levantaba faldas. 


Hace unos días, atravesando años, océanos y madureces inmaduras, aterrizó en este invierno boreal, en la petit soledad de mis mañanas de mate y radio, el disco de “Fantasmas”. Fue una sensación de abrazo cálido de antaño como cuando apareciste vos, delicada entre la multitud, después de tiempo sin vernos. Pero esa es otra historia. 


Quien lea esto no sabe de qué hablo. Es lógico porque, a pesar de que tarareo cada una de sus melodías desde que era más arrogante y valiente que ahora, hace ya mucho tiempo, “Fantasmas” nunca fue editado. Devino en un secreto más por pereza que por elitismo. Pocos lo conocimos y se convirtió en una comunión, un guiño cómplice, una contraseña en el “9 reinas” de nuestras vidas. Fue, azarosamente, un asado en “la casa de los viejos” en Palermo cuando los años ausentes nos devolvieron una noche hermosa de verano, un vino a deshoras en Barcelona; una tarde mil años después en la pieza de Aráoz, una soledad a grito pelado a la luna de Lima, un beso y una conversación en una lengua inventada con una pebeta que hablaba un idioma incomprensible en Granada y una despedida en Barajas. Fue, también, una exageración de hormonas y amores. Una exageración, a secas. Un abismo construido con herramientas que ya no tenemos y que no vamos a tener. Fue, fundamentalmente, un lugar donde volver porque todas las melodías que envenenan son castillos donde vivimos por siempre. Y en este disco sobran los castillos, las melodías, los venenos y las soledades, pero de las tiernas e inocentes del desamor juvenil.


Todo esto para darte la bienvenida a una de mis casas, la del barrio de las primeras torpezas atolondradas y despeinadas, al prontuario de los años adolescentes, a la plaza que hubo cuando éramos entonces nosotros. Podés quedarte y compartirla. Invitá a quien quieras. Llevala con vos y silbala en la calle. Resucitá ese tiempo en una canción y despertame de madrugada y dame el sabor de aquellos mundos. Escuchemos juntos esos versos a los que no hay que ponerles nada porque están escritos con sangre, aquella sangre. 

Mariano Burattini, 2014.

*

martes, 8 de octubre de 2013

Canciones en itinerancia / Roaming songs


A mi amigo Francisco Ferro, 
en su cumpleaños.
  

 

Al final acá estamos otra vez. Creíamos que el bloc estaba cerrado, que el equilibrista había muerto de muerte natural, pero volvió a aparecer. Me costó -eso sí- convencerlo de que publicara, pero esta vez yo tenía un as en la manga. Un as redondo, con un agujero en el medio y trece canciones adentro. Así es, queridísimos amigos: me complace enormemente anunciar el lanzamiento de mi disco de Canciones en itinerancia /Roaming songs. Ahora está concluído, y uno podría pensar que siempre fue redondo, con un agujero en el medio y trece canciones adentro, pero no. Al principio era distinto: no tenía una forma concreta, estaba hecho de la misma materia que los sueños y, por supuesto, sonaba mucho mejor. En esta página contaré su evolución.



A mediados de septiembre de 2011 mi amigo Mariano Burattini me convenció para emprender un viaje durante un par de semanas por el centro y el este de Europa. Yo estaba entonces con muy poco trabajo, escaso de proyectos y con la creatividad bajo mínimos, así que acepté la propuesta con la idea de convertir el viaje -la vivencia- en un manojo de canciones que pudieran editarse como un álbum conceptual, una suerte de collage sonoro que comunicara la experiencia de esos días; o por lo menos sacar alguna foto.

Durante la semana siguiente fijamos un itinerario (creo que más bien lo fijó Burattini, yo lo acepté mansamente cebando mate, tal es mi costumbre) y concretamos fechas. Arrancamos en los primeros días de octubre y durante dos semanas malvivimos con alegría en cafés, trenes, plazas, terminales, y en los alojamientos más baratos que encontramos, tomando apuntes textuales, sonoros o visuales sobre la experiencia, sobre nuestra circunstancia de viajeros en tránsito y sobre la vida moderna en general.

Desde el primer momento supe que mi disco no pretendería enfocar las cúpulas de los palacios imperiales sino que mantendría la mirada a ras del suelo, indagando en las calles y avenidas donde nativos, chinos, paquistaníes y africanos desempeñan como pueden sus tareas y sus amores, envejecen, cultivan sus afectos y ven marchitarse sus sueños mientras pagan impuestos.
   
Iba a hablar de Jurai, aquel viejo fantástico que tenía algunos conejos y bastante olor a pis y que nos alojó en un arrabal de Bratislava. Iba a hablar de aquellos monoblocks en los que una banda de garage ensaya sin convicción su descreimiento. O del turco enamorado que sin saber otro idioma se larga irresponsablemente a cruzar fronteras para recuperar a su chica, como haría cualquier hijo de vecino. Y de la sensación de no tener una botella de vino para pasar la noche cuando se la necesita. Y de aquellos primeros cinco mil florines, de lo que le cuesta conseguirlos a uno y a otro. Y de quienes todavía somos capaces de correr alguna vez para intentar alcanzar un tren que partió hace años. Es decir, hablaría de toda esa gente olvidada que como vos y como yo -en cualquier idioma, en cualquier lugar- hace lo que puede para defenderse del mundo, para conservar la alegría.
 
Sobre el final de 2011 empecé a revisar los apuntes y a componer los primeros temas. Después conseguí trabajo y me compré una guitarra eléctrica. Podría haber grabado con los instrumentos que tenía, pero creí que el trabajo duraría, así que me compré una guitarra eléctrica. Sí, lo reconozco, también un bajo. Creí que el trabajo duraría, ya lo dije. Duró unos meses, hasta fin de 2012. A partir de entonces, ya con más tiempo, me dediqué a grabar.

Revisé lo que había estado componiendo y me encontré con muchísimo material. Fui organizando, puliendo, descartando (a veces con lástima) y reuní un puñado de temas que conformarían el disco. Se trata de un álbum instrumental casi en su totalidad (“musiquitas aburridas” se quejaría una chica fenomenal que tuve la enorme suerte de que me haya querido, hace mil años). Los pocos pasajes en los que me toca cantar lo hago en un inglés lamentable. Decidí escribir en inglés porque fue el idioma en el que nos manejamos durante el viaje y porque el hecho de no dominarlo muy bien me resultaba estimulante. Por supuesto me tomé alguna licencia poética y varias licencias humorísticas. La idea original era aprovechar ese inglés medio en joda del que nos valimos para ponerle un toque de humor al disco, pero al final, volviendo sobre el resultado, no estoy seguro de que haya salido como esperaba. Ya lo dejó dicho Discepolín: somos la mueca de lo que soñamos ser. (Y una mueca muy absurda.)

Hasta aquí la historia del proyecto. El resultado son unas cuantas canciones sinceras, orgánicas, en las que técnicamente no quise intervenir demasiado. La mayor parte del disco está compuesto de primeras tomas. Sólo repetí las justas, las que habían salido impresentables. Y ni siquiera todas ellas. Hay algunos errores de ejecución que no quise corregir en pos de conseguir una frescura y una espontaneidad que en general no se encuentra en los discos de estudio (salvo en los de Jimmie Vaughan). No hay un trabajo forzado de post-producción. Me ceñí prácticamente a rajatabla a lo que mi hermano y yo llamamos el Concepto Sans Façon. Y estoy muy contento con el resultado. No hay parafernalia ni edulcorante. Hay suficiente aspereza, como exigía la zona y el momento histórico. Hay la sensación de no saber bien lo que pasa, dónde se está. Hay mucho espacio que fue dejado abierto a la improvisación. Hay la ejecución equívoca, la melodía que a veces no termina de resolverse. Y hay -por supuesto- los semáforos, las plazas, las estaciones de tren, los cafés. Es decir, la calle.

Bueno, no quiero entretenerlos más, que después de leer lo anterior ya estarán al borde de un ataque de ansiedad preguntándose ¿pero dónde se puede oír ese discazo extraordinario? ¿no?



*

martes, 22 de febrero de 2011

No te lo pierdas



domingo, 19 de abril de 2009

Empatía


No debe ser fácil vivir con un tipo así, un tipo al que jamás se le ocurriría pasar un escobillón, una franela. Un tipo que cuando va a hacer las compras sólo trae naranjas, vino y mayonesa. Tiene que ser complicado convivir con alguien que se cree en paz con las tareas de la casa preparando el café por la mañana, regando las plantas dos veces por semana y poniendo a lavar la ropa cuando el canasto desborda. No debe ser nada fácil vivir con alguien que siempre se olvida luego de tenderla, de colgarla a secar. Nada fácil.

Debe ser agotador convivir con alguien de quien hay que andar siempre atrás, como si fuera un gurís chico. Alguien que cada mañana te repite hastiado:

-Ay, negra, no quiero ir a laburar hoy.

Qué difícil tiene que ser compartir la vida con quien se desanima ante el primer escollo, con quien te desalienta insistiendo en que es imposible, que salgamos a dar una vuelta y luego, cuando al fin lo has solucionado, te felicita sinceramente, asombrado de tus capacidades.

Tiene que ser complicado vivir con un tipo que cuando está triste, en lugar de llorar, bebe. Y que –increíblemente- el día más triste del año, evita la bebida. Tiene que ser complicado, muy complicado, vivir con un tipo que bebe todos los días menos el Viernes Santo. Independientemente de su estado anímico.

Me resulta terrible imaginar tu vida junto a alguien que se despierta de pronto en mitad de la noche, te sacude hasta hacerte reaccionar y -un poco desconcertado- te pregunta:

-¿Qué te habré visto?

Tiene que ser terrible aguantarle a cualquiera ese sentido del humor. Aguantar a un tipo cuya manifestación más dulce fue asegurar que serías difícil de olvidar, porque seguiría encontrando pelos tuyos por todos los rincones de la casa, muchos años después de haberte perdido.

No debe ser nada fácil vivir con alguien que ante tu más mínimo error se levanta aterrado y -agarrándose la cabeza mientras contempla el desastre- ordena:

-¡No! ¡No! ¡No! ¡Por favor, negra, vos limitate a cebar mate! ¡Por algo sos uruguaya!

No debe ser fácil, no. Nada fácil.

Muy duro tiene que ser. Muy duro vivir con un energúmeno que confiesa alegremente haber dicho estas cosas “porque es más o menos cierto, pero principalmente para hacerte rabiar”.

Te entiendo perfectamente, no debe ser nada fácil. Nada fácil debe ser compartir techo con alguien que comprende como yo tus emociones, alguien que se conmueve de esta manera ante tu forma de ser y, sin embargo, se pone a garabatear esta nota mientras vos te deslomás para sacar adelante esta casa, esta alegría, esta pequeña historia de amor.

*

domingo, 24 de agosto de 2008

LA ESTANTERÍA SUPERIOR


Hoy no, hijo mío, no jodas. Acaso debí habértelo advertido antes, pero intenta comprender que no todos los días son apropiados para saltar en la colchoneta, hundir la cuchara en el tarro de dulce de leche y escuchar los mejores discos de D’Arienzzo. Pronto sabrás que el alma, a veces, necesita de inmediato una anestesia. No jodas, hijo mío, te lo he dicho ya mil veces: hoy no. Entiende que no ha sido un gran día para papá. En casos como éste poco consuelo brinda la colchoneta. De nada servirá el compás canyengue. Ni siquiera el dulce de leche. Papá recurre entonces a la Estantería Superior. ¿En qué idioma hablo, hijo? Suéltame ya la mano y haz el favor de prestar atención. De izquierda a derecha, in cresccendo, he ordenado rigurosamente las botellas según la gravedad, digamos, de las necesidades a cubrir. Quizá hoy no le des gran importancia, pero el día de mañana, querido hijo, nunca se sabe. Deja ya de tirar de mi mano hacia la colchoneta, hoy no he tenido un gran día: Acabo de enterarme de que tu madre –Dios la perdone- se entiende con un japonés. Cosa difícil si las hay. Yo me pregunto entonces ¿con quién no se entenderá? Voy a darte una información importante, no insistas con aquello y escúchame bien. Entre tantas botellas, la intuición, la corazonada, valen casi tanto como la experiencia. Lo más importante del asunto es acertar en la elección, es escabiar del brebaje adecuado. Allí al final, a la derecha, tras la última botella, está el nudo con el que se ahorcó tu abuelo Hipólito. Quiera Dios que no lo precisemos nunca.

lunes, 2 de junio de 2008

LOS ERRORES Y EL VINO


“Bueno es el vino cuando el vino es bueno,
mas cuando el agua brota fresca de un manantial cristalino…
prefiero el vino”

(Sentencia oída a mi viejo.)

El primer error fue aceptarlo como un regalo de los dioses: el milagro preciso para que lo que un minuto antes era un vulgar mosto y un minuto después sería un vinagre ordinario, lograra ser el exquisito elixir que – no alcanzándole con eso- además embriaga un poco.

El segundo fue probarlo.

El tercer error que un día –Dios nos perdone- cometimos fue dedicarle atención, fue estudiarlo desde sus amplios aromas a su gama inabarcable de colores, del violáceo hasta el carmín.

El cuarto: haber advertido sus matices y sus capas; haber notado su cambio tras la apertura y el tiempo, su evolución minuciosa, su capacidad de sorprender en breve espacio de tiempo con nuevas reminiscencias de maderas y de frutos (y de especias y de granos).

El quinto error fue alabar la acidez, la frescura, el equilibrio, la elegancia.

El sexto, haber aprendido a descifrar la lágrima que nos deja en la copa.

El séptimo error fue preferirlo entre todas las bebidas.

El octavo fue elegirlo entre todas las opciones.

***

lunes, 28 de abril de 2008

ALSO SPRACH SPICCIAFUOCO


Con un gesto nos indicó la mesa y recién cuando estábamos todos sentados, antes de ofrecernos la carta, habló seriamente y con absoluta dignidad.

-Buenas noches, señores, pueden llamarme Spicciafuoco o simplemente camarero, ya que lo seré de ustedes esta noche. (Un momento, por favor, señora). Cada uno de ustedes se sentirá único, mas para mí son noventa comensales, y ya que la casa tan sólo me ha puesto al servicio a mí, pido encarecidamente que lo tengan en cuenta a la hora de sus exigencias. Por otra parte, y antes de que nadie ose explicarme mi trabajo, (señora, en un momento estaré con usted) deben saber que desde el momento en que entraron, ya me había extralimitado en mis funciones, ya que el contrato miserable que firmé exige de mí las funciones de un AYUDANTE DE CAMARERO, todo en mayúsculas en el original, aunque no encontremos en la sala camarero alguno a quien yo pueda ayudar. No obstante y considerando que ninguno de ustedes es responsable de la situación, haré todo lo posible, dentro de lo razonable, para que pasen una velada grata mientras estén sentados a esta mesa. (No, señora, por supuesto que no me he olvidado de usted, le ruego que me deje terminar con esta breve introducción y –acto seguido- le traeré la cerveza que tanto necesita). En otro orden de cosas, suele ocurrir en el momento de pagar lo consumido que dos o más personas discutan y se peleen por cargar con la cuenta. Yo siempre propongo una solución simple: que pague el que acostumbra dejar más propina. Y por último, señores, antes de darles la carta para que consideren qué ordenarán, les informo que a la hora de pasar los platos me rijo por un único criterio: (señora, creo que le interesará saberlo) el que más me hinche las pelotas será el último que coma.

sábado, 29 de diciembre de 2007

Palabras de fin de año


Hijo mío, también hay otra gente. Para ellos cada nuevo día no es una maravilla por explorar –como para nosotros- sino más bien todo lo contrario: una suerte de horrible sacrificio lamentable. No se levantan de un salto en cuanto despiertan, dispuestos a exprimir el nuevo día irrepetible, lleno de posibilidades, tal como hacemos tú y yo. Ellos se quedan en la cama hasta que se les hace imposible permanecer allí, y sólo entonces se incorporan murmurando amargamente mientras abren los ojos, las once ya, carajo. Y tras una pausa breve, la puta que lo parió, agregan, con el gesto de quien realizara un esfuerzo sobrehumano. No tienen nada que ver con nosotros: no aman al prójimo, no. Ni siquiera a sí mismos. Los rige el riguroso precepto de que el prójimo es un hijo de puta hasta que se demuestre lo contrario. E inclusive aunque se demuestre lo contrario. Debemos tener mucha piedad para con ellos, hijo mío, ya que no pueden -no podrán nunca- enfrentar la vida con alegría y entereza de espíritu. Se arrastran por sus días como si cargaran un peso bestial en los hombros o en el alma, no como nosotros, y cualquier vínculo humano los aterra: se muestran huraños para no generarlos. No conocen a sus vecinos, y si el ascensor obliga al diálogo jamás saludarán como tú o como yo, hijo -qué tal, cómo le va, vecino- sino que escupirán, seguramente, alguna frase en el estilo de hoy es jueves, el peor día. Esto no debe asustarnos, hijo mío, debemos compadecernos de ellos ya que son perfectamente incapaces de ser felices, incluso hasta de concebir la felicidad. A veces alcanzan algo parecido a la paz, generalmente por la noche, siempre que se encuentren solos, y sobre todo cuando nada amenaza con interrumpir esa soledad. Son hombres y mujeres solitarios que aborrecen del género humano y consideran que el cariño, la ternura y la misericordia son meras reacciones químicas. Se perfeccionan, sin embargo, día a día, en los sentimientos más viles, creyéndolos en rigor los únicos auténticos, y se regocijan en ellos como si se odiaran. Por eso beben tanto. No beben –como nosotros- para festejar o para olvidar: beben para destruirse. Se sienten responsables de todas las miserias del universo, porque su pecho a todas las encierra. Son como dostoievskis sin biromes ni cuadernos, pero sobre todo son como dostoievskis desganados. A ellos debemos quererlos mucho, hijo mío. Debemos quererlos igual que al resto de las personas. Ahora descansa, es buena hora para dormir. Al despertar será ya un nuevo año, infinito en posibilidades maravillosas, enorme en potenciales milagros. Descansa, hijo mío, que mañana si Dios quiere desayunaremos un suculento pannettone y, tal vez también, acaso, un poquito de turrón.



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