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miércoles, 5 de marzo de 2014

FANTASMAS







Apareció por fin mi disco de Fantasmas, una serie de canciones compuestas tras el primer desengaño -¿quién no vivió un amor eterno que acabó?- que permanecieron inéditas desde 1999 hasta hoy. Yo tendría que escribir ahora una entrada al respecto, pero con los años uno se vuelve diatónico, pelado y haragán. Ya casi no entiendo estas canciones que me fueron saliendo en noches de insomnio, cuando todavía tenía pelo. Apenas me queda -tal vez- el consuelo de cantarlas. Afortunadamente uno ha tomado la precaución de hacer grandes amigos que en momentos como este le sacan las papas del fuego. Burattini, por ejemplo, que hace unos días, tras volver a oir estas viejas canciones, compuso un texto lindísimo, desproporcionado en su generosidad hacia mí, que reproduzco a continuación y que desde luego ya forma parte del disco, de esta concepción nueva del disco, el que hoy escuchamos sonriendo, con alguna indulgencia y con la ternura de quien se mira en el recuerdo y casi no se reconoce. Gracias.

Hace años había una plaza en Palermo y estábamos nosotros. Cantábamos canciones, bebíamos y aprendíamos a vivir. Escribí había y es solo un ejercicio de nostalgia porque la plaza todavía está. Enrejada, rodeada de modernidad y diseñadores de alguna cosa, pero está. Lo que no está es aquel tiempo, ni tan memorable ni tan lejano, ni aquellos que éramos, un pedazo homeopático de estos que somos, hoy desparramados alrededor del orbe; Ese tiempo dejó lo que dejan los años que pasan: recuerdos de juegos, de dudas, de fotos imaginarias, de canciones, de versos torpes, de días y de amores (de los necesarios y de los contingentes), y amigos, sobre todo, dejó amigos. 


No sabíamos nada de quereres ni de nada, mas o menos como ahora, pero todo era sorprendente y hasta el amor parecía una aventura digna y no una negociación adulta de complicidad y silencios. Éramos hermosamente adolescentes. Fumábamos, leíamos, aprendíamos a coger y a mentir, hacíamos largos viajes en autobuses destartalados y carreteras deshechas, dormíamos a la intemperie, desayunábamos mate cocido y hablábamos de Rimbaud, Artaud, el simbolismo, el surrealismo, Discepolín, Bochini, el Beto Alonso, Rojitas y Spinetta como si supiéramos. La laguna de Chascomús era el mar de los sargazos donde imaginábamos figuras impronunciables en las nubes. Eran también horas de reclutar filias y fobias para el día que fuéramos adultos, creyendo en ese momento que moriríamos de pie y luchando sin oír a los mayores que nos advertían que venderíamos al más rápido y, casi siempre, peor postor lo que jurábamos nunca iríamos a comprar. Y que ese país no iba a cambiar jamás, decían también.


Entre aquellos prototipos de tiempos y de farsantes había alguno con los pies en la tierra y el verbo mucho más allá de nuestro alcance. Uno que hablaba de Cortázar, Spinetta y Arlt, incluso del Burrito Ortega, sabiendo de lo que hablaba. Uno que tenía un don y miraba al mundo de reojo silbando un tango y bajando botellas de Legui con la misma velocidad que levantaba faldas. 


Hace unos días, atravesando años, océanos y madureces inmaduras, aterrizó en este invierno boreal, en la petit soledad de mis mañanas de mate y radio, el disco de “Fantasmas”. Fue una sensación de abrazo cálido de antaño como cuando apareciste vos, delicada entre la multitud, después de tiempo sin vernos. Pero esa es otra historia. 


Quien lea esto no sabe de qué hablo. Es lógico porque, a pesar de que tarareo cada una de sus melodías desde que era más arrogante y valiente que ahora, hace ya mucho tiempo, “Fantasmas” nunca fue editado. Devino en un secreto más por pereza que por elitismo. Pocos lo conocimos y se convirtió en una comunión, un guiño cómplice, una contraseña en el “9 reinas” de nuestras vidas. Fue, azarosamente, un asado en “la casa de los viejos” en Palermo cuando los años ausentes nos devolvieron una noche hermosa de verano, un vino a deshoras en Barcelona; una tarde mil años después en la pieza de Aráoz, una soledad a grito pelado a la luna de Lima, un beso y una conversación en una lengua inventada con una pebeta que hablaba un idioma incomprensible en Granada y una despedida en Barajas. Fue, también, una exageración de hormonas y amores. Una exageración, a secas. Un abismo construido con herramientas que ya no tenemos y que no vamos a tener. Fue, fundamentalmente, un lugar donde volver porque todas las melodías que envenenan son castillos donde vivimos por siempre. Y en este disco sobran los castillos, las melodías, los venenos y las soledades, pero de las tiernas e inocentes del desamor juvenil.


Todo esto para darte la bienvenida a una de mis casas, la del barrio de las primeras torpezas atolondradas y despeinadas, al prontuario de los años adolescentes, a la plaza que hubo cuando éramos entonces nosotros. Podés quedarte y compartirla. Invitá a quien quieras. Llevala con vos y silbala en la calle. Resucitá ese tiempo en una canción y despertame de madrugada y dame el sabor de aquellos mundos. Escuchemos juntos esos versos a los que no hay que ponerles nada porque están escritos con sangre, aquella sangre. 

Mariano Burattini, 2014.

*

martes, 8 de octubre de 2013

Canciones en itinerancia / Roaming songs


A mi amigo Francisco Ferro, 
en su cumpleaños.
  

 

Al final acá estamos otra vez. Creíamos que el bloc estaba cerrado, que el equilibrista había muerto de muerte natural, pero volvió a aparecer. Me costó -eso sí- convencerlo de que publicara, pero esta vez yo tenía un as en la manga. Un as redondo, con un agujero en el medio y trece canciones adentro. Así es, queridísimos amigos: me complace enormemente anunciar el lanzamiento de mi disco de Canciones en itinerancia /Roaming songs. Ahora está concluído, y uno podría pensar que siempre fue redondo, con un agujero en el medio y trece canciones adentro, pero no. Al principio era distinto: no tenía una forma concreta, estaba hecho de la misma materia que los sueños y, por supuesto, sonaba mucho mejor. En esta página contaré su evolución.



A mediados de septiembre de 2011 mi amigo Mariano Burattini me convenció para emprender un viaje durante un par de semanas por el centro y el este de Europa. Yo estaba entonces con muy poco trabajo, escaso de proyectos y con la creatividad bajo mínimos, así que acepté la propuesta con la idea de convertir el viaje -la vivencia- en un manojo de canciones que pudieran editarse como un álbum conceptual, una suerte de collage sonoro que comunicara la experiencia de esos días; o por lo menos sacar alguna foto.

Durante la semana siguiente fijamos un itinerario (creo que más bien lo fijó Burattini, yo lo acepté mansamente cebando mate, tal es mi costumbre) y concretamos fechas. Arrancamos en los primeros días de octubre y durante dos semanas malvivimos con alegría en cafés, trenes, plazas, terminales, y en los alojamientos más baratos que encontramos, tomando apuntes textuales, sonoros o visuales sobre la experiencia, sobre nuestra circunstancia de viajeros en tránsito y sobre la vida moderna en general.

Desde el primer momento supe que mi disco no pretendería enfocar las cúpulas de los palacios imperiales sino que mantendría la mirada a ras del suelo, indagando en las calles y avenidas donde nativos, chinos, paquistaníes y africanos desempeñan como pueden sus tareas y sus amores, envejecen, cultivan sus afectos y ven marchitarse sus sueños mientras pagan impuestos.
   
Iba a hablar de Jurai, aquel viejo fantástico que tenía algunos conejos y bastante olor a pis y que nos alojó en un arrabal de Bratislava. Iba a hablar de aquellos monoblocks en los que una banda de garage ensaya sin convicción su descreimiento. O del turco enamorado que sin saber otro idioma se larga irresponsablemente a cruzar fronteras para recuperar a su chica, como haría cualquier hijo de vecino. Y de la sensación de no tener una botella de vino para pasar la noche cuando se la necesita. Y de aquellos primeros cinco mil florines, de lo que le cuesta conseguirlos a uno y a otro. Y de quienes todavía somos capaces de correr alguna vez para intentar alcanzar un tren que partió hace años. Es decir, hablaría de toda esa gente olvidada que como vos y como yo -en cualquier idioma, en cualquier lugar- hace lo que puede para defenderse del mundo, para conservar la alegría.
 
Sobre el final de 2011 empecé a revisar los apuntes y a componer los primeros temas. Después conseguí trabajo y me compré una guitarra eléctrica. Podría haber grabado con los instrumentos que tenía, pero creí que el trabajo duraría, así que me compré una guitarra eléctrica. Sí, lo reconozco, también un bajo. Creí que el trabajo duraría, ya lo dije. Duró unos meses, hasta fin de 2012. A partir de entonces, ya con más tiempo, me dediqué a grabar.

Revisé lo que había estado componiendo y me encontré con muchísimo material. Fui organizando, puliendo, descartando (a veces con lástima) y reuní un puñado de temas que conformarían el disco. Se trata de un álbum instrumental casi en su totalidad (“musiquitas aburridas” se quejaría una chica fenomenal que tuve la enorme suerte de que me haya querido, hace mil años). Los pocos pasajes en los que me toca cantar lo hago en un inglés lamentable. Decidí escribir en inglés porque fue el idioma en el que nos manejamos durante el viaje y porque el hecho de no dominarlo muy bien me resultaba estimulante. Por supuesto me tomé alguna licencia poética y varias licencias humorísticas. La idea original era aprovechar ese inglés medio en joda del que nos valimos para ponerle un toque de humor al disco, pero al final, volviendo sobre el resultado, no estoy seguro de que haya salido como esperaba. Ya lo dejó dicho Discepolín: somos la mueca de lo que soñamos ser. (Y una mueca muy absurda.)

Hasta aquí la historia del proyecto. El resultado son unas cuantas canciones sinceras, orgánicas, en las que técnicamente no quise intervenir demasiado. La mayor parte del disco está compuesto de primeras tomas. Sólo repetí las justas, las que habían salido impresentables. Y ni siquiera todas ellas. Hay algunos errores de ejecución que no quise corregir en pos de conseguir una frescura y una espontaneidad que en general no se encuentra en los discos de estudio (salvo en los de Jimmie Vaughan). No hay un trabajo forzado de post-producción. Me ceñí prácticamente a rajatabla a lo que mi hermano y yo llamamos el Concepto Sans Façon. Y estoy muy contento con el resultado. No hay parafernalia ni edulcorante. Hay suficiente aspereza, como exigía la zona y el momento histórico. Hay la sensación de no saber bien lo que pasa, dónde se está. Hay mucho espacio que fue dejado abierto a la improvisación. Hay la ejecución equívoca, la melodía que a veces no termina de resolverse. Y hay -por supuesto- los semáforos, las plazas, las estaciones de tren, los cafés. Es decir, la calle.

Bueno, no quiero entretenerlos más, que después de leer lo anterior ya estarán al borde de un ataque de ansiedad preguntándose ¿pero dónde se puede oír ese discazo extraordinario? ¿no?



*

martes, 23 de marzo de 2010

Regalos

Por lo que a mí respecta, a caballo regalado no se le miran los dientes. Lo que me resulta imperdonable es no implicarse por completo en los preparativos. Porque el hecho de hacer un regalo te deschava. A través de lo regalado cualquiera puede descubrir en el autor cualidades como la generosidad o la holgazanería, la necedad o la nobleza, el buen gusto, la intolerancia y hasta la miopía. Por mucho que nos pese, un regalo saca a la luz los rincones más oscuros de nuestra personalidad.

No deberíamos tomarnos tan a la ligera el hecho de regalar, porque en cierto modo un regalo te define. Define tu relación con el mundo, o por lo menos con el destinatario del regalo. ¿Cuánto estoy dispuesto a invertir? ¿Solamente dinero, o algo más? ¿Tiempo? ¿Energía? A mí los regalos que me gusta hacer y recibir son esas cosas que no se consiguen de otro modo. Pero reconozco que no es lo más habitual. En general uno tiene que contentarse con otra corbata, un perfume o un reloj.

Desde muy chico supe que lo que podamos hacer nosotros paga mucho más que cualquier cosa comprada. Lo descubrí con cinco años, en la emoción de mi viejo al recibir para el día del padre un cenicero que había hecho yo mismo en el jardín con un pan de jabón blanco de lavar la ropa, emoción que no fue menoscabada en absoluto por la circunstancia nimia de que él no fumara. A partir de esta temprana comprobación intenté continuar siempre regalando de mi propia cosecha, salvo en casos complicados en los que la originalidad de otra ocurrencia como posible regalo o el muy frecuente de no contar con el tiempo necesario desestimara por completo la idea de ponerse a componer una copla, esculpir un bloque de granito, elaborar once docenas de empanadas.

Si uno está en situación de invertir únicamente dinero, convengamos en que la única opción razonable es regalar una o varias botellas de vino. Pero hay otros regalos digamos no artesanales, no tan especiales, que no requieren tanto esfuerzo como un soneto o un vals en do menor, pero que están un escalón por arriba de la botella de vino o de cualquier otro regalo en lo que no se invierta más que dinero, porque además del vento ha habido que dedicarle horas de meditación, una dosis grande de intuición y buen grado de riesgo. Son los regalos que a simple vista pueden parecer materiales, pero que en realidad son materia para la realización espiritual. Como ejemplo se me ocurren dos: un bandoneón y sesenta kilos de arcilla, pero si te ponés a buscar debe haber más.

Entre los regalos que no fueron de mi propia factura, sin duda el mejor se lo llevó mi amigo Diego Fútbol cuando se mudó al departamento de la calle Lambaré. No, no le regalé un bandoneón ni sesenta kilos de arcilla sino un potus; por parecerme éste un regalo mucho mejor que una licuadora. Pero no crean por eso que se salvó de mis creaciones, ya que unos años más tarde, para su casamiento, consideré muy oportuno intervenir entre la obligada vajilla de uso diario, los muebles y los electrodomésticos que son de rigor, haciendo acto de presencia -desde el exilio- con mi regalo incorpóreo, su Tema de Diego Fútbol, una vieja canción que a él le había gustado una tarde en un patio de Palermo, y que decidí grabarle como regalo de boda para que no tuviera que preocuparse por darle una ubicación entre las típicas cajas de los recién casados y un potus que acaso arrastrara desde épocas pretéritas.

Fui siempre miembro de familia numerosa y pobre, y por ello especialista en hacer regalos más “espirituales”, en contraposición con los llamados “materiales”. Recuerdo por ejemplo una de mis primeras pinturas, que regalé al gordo Colinas una primaveral mañanita porteña, con el propósito oculto de incomodarlo. Mismo destinatario tuvo mi primera obra impresa, Orquestra, que le obsequié con motivo de su cumpleaños aquella tarde irrepetible del treinta y cinco de agosto. Mi primera obra impresa constó de ese único ejemplar, con lo que regalándosela al gordo la puse a salvo para siempre. Confío plenamente en que la haya perdido, por eso se la regalé. El gordo Colinas era uno de esos tipos a los que uno podía confiarle cualquier cosa que quisiera que desapareciese para siempre. Bastaba con dejarlo en cualquier rincón de su pieza, en Villa Crespo.

Tampoco se me pasa una lámpara de pie que con mis propias manos hice y regalé a mi primera mujer. Llevaba una leyenda en la pata (un tronco de lo más rústico) en la que -citando al flaco Spinetta- le recordaba: “de ti saldrá la luz, tan sólo así serás feliz” (Me pareció divertido que una lámpara, fuente de luz, sentenciara aquellos dos versos del flaco). Tuve que hacer magia negra para transportarla hasta Córdoba en un bondi del estilo Costera Criolla. Tras recibir el regalo, ella me abandonó a los pocos días. No la culpo, era incomodísima la lámpara esa.

Otro resignado destinatario de mis berretines fue el bueno de Pablo Ryan, pobre. En poco menos de un año recibió dos mamotretos de no sé cuántas páginas -y para peor manuscritas- con los relatos de un viaje en bicicleta por Sudamérica que -por si fuera poco- ya había sufrido en vivo y en directo junto a mí. No conforme con eso, varios años después y cuando ya se creía a salvo de mi alcance, le mandé para su casamiento la grabación de un tema que había compuesto en Bolivia, durante aquel viaje, con un charango potosino y mi borrachera y mi mala voz.

No me queda más remedio que hablar ahora de Lorena, pobre santa, mi mujer actual y quiera Dios que por muchos años. Ella sí que ha sufrido a lo largo de estos últimos años mis regalos de todo tipo, menos de aquellos en los que sólo se invierte guita. Lo primero que le regalé, cuando todavía estábamos de novios y vivíamos en una isla en el Mar Mediterráneo fue esta emoción disfrazada de poema, que para mí sigue teniendo su encanto ahora, varios años después de haberla escrito:


Una emoción con ojeras

y verde como un milagro,

liviana como un poema

o la primera luz del día;

una emoción todavía,

permanente o pasajera;

acá tenés mi regalo:

una emoción con ojeras.


Es verde como un milagro

y anda descalza en invierno,

tiene gusto a mate amargo,

huele a pan recién horneado,

es un día libre ganado

tras derrocar un gobierno;

nació conmigo en Palermo

y es verde, como un milagro.


Una emoción bien canyenge,

¡sinfónica, victoriosa!

como un concierto de duendes

reos de risa despierta;

una emoción siempre abierta,

una emoción “parasiempre”,

como quien te da una rosa

te doy mi emoción canyengue.


Mallorca; 28 de enero de 2004.


A partir de aquel primer regalo ya me solté y fui festejándola en cada oportunidad. Le regalé desde una pintura que cuelga en el living de casa hasta un recuerdo de mis días en Granada. El regalo más trivial que le hice fue una cámara réflex, que entraría en la clasificación de “materia para la realización espiritual” de uno de los primeros párrafos. Tan trivial resultó que casi podría decirse que la uso exclusivamente yo. Siempre preferí hacer regalos de los llamados “originales”. Juzgo que este tipo de regalos bastante personales son los que de verdad valen la pena. Así se lo explicaba a ella una Navidad helada de hace algunos años en el pirineo catalán:



Milonga de Nochebuena

(Villancico algo resentido para celebrar la pobreza de espíritu y la otra)


Algo que no se pueda pagar con guita,

hoy la miseria me invita /a escribirte esta canción,

un regalo que abra fuego con pólvora de dos mangos,

rotundo como los tangos /y pelado como yo.


Algo que nadie más pueda regalarte,

para gambetear con arte /la situación

y arrancarte una sonrisa de esas que me gustan tanto

cuando al fin oigas mi canto /aunque ya no tenga voz.


Algo que no se compre, que no se venda;

busco un regalo que ofenda /a los que hoy recibirán

licuadoras y corbatas, perfumes finos y agendas

que me están sobrando tiendas /y faltando Navidad.


Que rabien los andorranos en sus hoteles de lujo:

¡Abran cancha porque empujo /con la fuerza de un avión

implacable y sorpresivo como el once de septiembre!

rabien porque en un pesebre /-con los pobres- nace Dios.


Habrá milonga esta noche, milonga para Lorena,

milonga de Nochebuena /aunque nos corten la luz,

habrá al menos tu milonga hecha con estas dos manos

y un corazón gordo y sano /como el niñito Jesús.


Escaldes Engordany; 24 de diciembre de 2005.


***

sábado, 26 de diciembre de 2009

Chau pucho

Mirá, para serte franco, no noto ninguna mejoría. Los profetas de la vida sana auguraban grandes beneficios. Qué se yo, a lo mejor es un poco pronto, pero ¿cuánto quieren que espere? ¿Seis años?

Hace tres semanas que no fumo y, lejos de haber agudizado el gusto y el olfato como prometen los instigadores, me agarré un catarro padre así que no huelo un pomo y de saborear no hablemos. Y menos mal, porque si casi impedido para la degustación me puse a morfar como un animal, no quiero saber lo que sería si oliera a las mil maravillas y saboreara como corresponde.

Tampoco advierto que rinda más a la hora de hacer ejercicio. Ni un uso más profundo de los fuelles. Ni menor agitación al subir los cuatro pisos por escalera hasta el departamento en el que vivo. Lo que sí he notado es que ya no tengo olor a pucho en los dedos. Un consuelo menor, si se quiere.

De cualquier modo estoy contento. Si bien todas las promesas se desvanecieron el sólo hecho de haber dejado de fumar me alegra. No porque me sienta mejor físicamente, ni porque me ahorre unos cuántos mangos, sino por haberme librado de una dependencia de muchos años. Estoy contento, más que nada, por haberme sacado una cosa de encima. Por necesitar una cosa menos.

Tres años duró el proceso, desde que decidí dejar de fumar hasta que lo logré. Tres años y varios fracasos rotundos. En esta nota explicaré cómo lo conseguí después de todo y trataré dar alguna clave para quien quiera intentarlo, pero para hablar de ello hay que rastrear el origen, hace unos meses, en una ciudad de Castilla y León, o tal vez en un patio de Palermo, en Buenos Aires, hace muchos, muchos años. Digamos tres.

Aquella tarde, en Buenos Aires, en la casa donde había fumado mi primer cigarrillo, tuve un pensamiento melancólico. Me di cuenta de que tarde o temprano mis malas costumbres iban a terminar pasándome factura, y que llegado el momento yo debería pagar esa factura con una moneda que apenas había visto alguna vez: dolor físico. A pesar de haber sido educado en la certeza de que lo terrenal no tiene ninguna trascendencia, a mí, lamentablemente y contra todo lo que yo quisiera, el dolor físico me aterra. Podría toda la gente a la que quiero morir al unísono dejándome solo por completo en este mundo, y yo escribiría un tratado filosófico. Podría mi mujer engañarme con todo el barrio, que ya me compraría yo un bandoneón y me consolaría componiendo cuatro tangos. Podrían mis hijos engancharse a las drogas duras que yo les regalaría una guitarra eléctrica y unos discos de Hendrix y pensaría que no todo está perdido. Si River se fuera al descenso y la selección Argentina quedara fuera del mundial, dos cosas que parecen muy posibles, quizá yo aprendiera las reglas del golf, o del pato, o de la natación sincronizada, y a otra cosa mariposa. Pero un simple dolor de cabeza me aniquila. A mí me duele una muela y no sirvo para nada. Un dolorcito de oído y considero el suicidio. Para el dolor metafísico tengo algunos recursos, pero para el dolor verdadero, el tradicional, el de toda la vida, soy muy maricón.

Había vuelto, entonces, de Montevideo con un dolor extraño, jodido, en el pecho, y poco me costó intuir que el cáncer tenía que ser mucho peor. No estaba dispuesto a padecerlo. Por lo menos no estaba dispuesto a alimentarlo. Supe entonces, por primera vez, que quería dejar de fumar. No me lo había planteado antes, aun conociendo los daños que provocaba en la salud. Hasta entonces yo relacionaba la palabra “cáncer” con la palabra “muerte” , pero jamás se me había ocurrido relacionarla con la palabra “dolor” hasta esa tarde. Y decidí dejarlo. A la sazón yo fumaba apenas menos de veinte cigarrillos al día. Unos diecinueve. Se me ocurrió que lo único que necesitaba para dejar de fumar era una decisión firme, y me propuse el 31 de diciembre de aquel año (2006) como mi último día de fumador. Jamás se ha tenido conocimiento de un fracaso más rotundo.

En esos días, a una hermana mía le habían prestado un librito titulado Es fácil dejar de fumar si sabes como, creo, y -juzgando que yo estaba más decidido que ella- a su vez me lo prestó. Yo estaba tan convencido de que conseguiría dejar de fumar que no me traje el cartón de cigarrillos que solía traerme siempre de Argentina. Pero el libro tampoco me fue de gran utilidad y tuve que volver a comprar puchos acá en España, mucho más feos y mucho más caros que los Parissienes. Qué bronca que me dio. Lo intenté durante un par de semanas, pero no pude aguantar un sólo día sin fumar. Aunque fuera al final del día necesitaba fumar un pucho antes de irme a dormir. Asumí finalmente el fracaso y seguí con mi vida de siempre.

Dos años después y habiendo sufrido en el interín algún otro fracaso parecido, ya con un trabajo más estable y nuevamente motivado imagino que por alguna dolencia, volví a intentarlo. El resultado, un desastre. O lo que a mí me había parecido un desastre; pero mirado con cierta perspectiva histórica, quizá no lo fuera tanto. Porque si bien a las seis de la tarde, cuando salí del laburo corrí desesperado a comprar puchos, también es cierto que había conseguido hacer todo lo que exigía una jornada normal sin fumar. Lo más difícil para mí era no fumar en las pausas de trabajo. Y aunque al salir había buscado alivio en un pucho, por lo menos ahora sabía que con algún esfuerzo era posible evitar fumar probablemente en cualquier circunstancia. Sólo que todavía no estaba en condiciones de hacer el esfuerzo.

Pero hace unos meses, de viaje con mi mujer y mis viejos por el norte de España, paramos un par de días en León. Allí hay una de las poquísimas obras que Gaudí hizo fuera de cataluña, creo. Frente a ella, en la vereda (o vedera, que también se puede y se suele, como bien ha señalado Rosencof) hay una estatua en bronce del maestro (me refiero a Gaudí, no a Rosencof) sentado en un banco público. Y a la derecha del maestro había por lo menos aquel día un puesto de chapa de la Junta de Castilla y León, donde repartían unos folletos. La más entusiasta promotora y auspiciante de mi decisión de dejar de fumar ha sido siempre mi madre. Y como es natural, también ha sido ella quien más hondamente ha sufrido desilusionada mis periódicas derrotas. Y aún teniendo motivos suficientes para abandonar la fe jamás se ha rendido, por eso ahí estaba, en el puesto de chapa de la Junta de Castilla y León que yo todavía no había visto, charlando con una chica que le había dado un folleto verde y cuadradito: una Guía práctica para dejar de fumar. No tenía intención de volver a intentarlo, así que la leí superficialmente y la guardé por si pudiera venirme bien cuando volviera a la carga. Un tipo previsor, sí. Y al final me vino al pelo, fijate.

Hará cosa de un mes leí con desazón una notificación en la que me comunicaban que me reducirían en buena medida la beca de la que gozo desde hace unos meses y que en cualquier momento se agota. En estas circunstancias, me dije solemnemente, lo importante es no perder la calma, y sacando del cajón de mi escritorio lápiz y papel me di a hacer un presupuesto. Concluí en que tenía dos opciones: o dejaba de fumar o me ponía a laburar. Naturalmente, elegí la primera.

Pero dejar de fumar no se improvisa, rezaba la Guía práctica que mi madre había conseguido aquella tarde leonina y que ahora yo repasaba conmovido, dejando escapar alguna lágrima en los párrafos más emotivos. La clave de lo que hasta ahora parece ser un éxito fue haber preparado, esta vez, una estrategia. Porque hubo un trabajo previo importante.

Suele aconsejarse el hacer una lista con los motivos que cada uno tiene para dejar de fumar, pero todo el mundo tiene más o menos las mismas razones (principalmente la salud y la guita) y ya todos sabemos bastante bien que fumar nos hace mierda, así que este paso me resulta un poco al pedo. Lo que si viene bien es planificar una fecha no muy lejana para dejar de fumar y mientras tanto identificar por qué solemos fumar, más allá de la costumbre. La guía dice: “Dejar de fumar es un proceso en el que tendrás que aprender a realizar tus actividades cotidianas sin tabaco. Es importante que sepas cuándo y por qué fumas”.

Lo más piola sería darse un margen de dos semanas, pero yo me di una sola, porque me quedaban cinco atados de puchos (compraba de a cartones, para no tener que ir todos los días). Como sea, una vez elegida la fecha (conviene que no sea muy enquilombada, claro) habrá que evitar fumar automáticamente. Porque es increíble la de puchos al pedo que nos fumamos, solamente por costumbre. Parece que no se pudiera manejar sin fumar, cuando en realidad apenas te das cuenta que estás fumando. O en cuanto salís de tu casa, ya prendés uno para caminar dos cuadras. Al pedo. Cuando tomás café ya tiene más sentido, pero en estos días previos a la gran decisión también conviene evitar esos puchos, los que están relacionados con otra actividad, porque si no cuando llegue el momento de dejar de fumar vas a tener que suspender también esas actividades. Es decir: conviene dejar de fumar un pucho ahora mientras tomamos el café que suspender pucho y café la semana que viene. Por lo menos a mí me resultó mejor.

Para estar bien pendiente de no fumar al pedo, lo que proponen es un registro diario de los cigarrillos que fumes. La primera semana anotando cuántos (uno a las once y cuarto, otro a las doce y media, etc... y al final del día contás), y la otra semana igual pero anotando también la situación y el motivo que te invita a fumar. A mí me vino al pelo porque sin ponerme límites durante esos días previos, sólo intentando no fumar automáticamente, de un atado que fumaba habitualmente pasé a fumar nueve cigarrillos el día de aquella semana que más fumé. Otra cosa que aconsejan es no aceptar invitaciones de tabaco. Es decir, si en los días previos alguien te dice “negro, vamo' afuera a fumar un puchito”, tratar de evitarlo. Fumar sólo cuándo a uno le parezca. Todo esto ayudará después, cuando sea la hora señalada. (Suenan tenebrosos órganos de viento).

Mientras tanto es bueno ir probando algunas estrategias previstas para cuando ya no fumemos, como respirar profundamente, varias veces seguidas, cuando tengamos unas ganas bárbaras de fumar. ¿Vos sabés que funciona bastante bien? Es parte del proceso para aprender a relajarnos sin tabaco, que es el objetivo fundamental.

También dicen que avises a tus amigos y familiares que decidiste dejar de fumar en unos días. Se me ocurre que el hecho de hacer público el compromiso te obliga a insistir un poco más, a encararlo con más fuerza. El día anterior al que fijamos para no volver a fumar no hay que comprar cigarrillos. Además recomiendan apartar de nuestra vista ceniceros, encendedores, fósforos y demás utensilios relacionados con el tabaco, pero fue un paso que tampoco pude respetar ya que si escondo los ceniceros, encendedores y especialmente los puchos de la bruja, podré alcanzar cierto éxito en esta empresa pero llevaría a la debacle anunciada de mi matrimonio.

Cuando haya llegado el momento habrá que hacerse cargo. Para el primer día sin fumar, la guía reserva uno de sus párrafos más emotivos: “Levántate antes de la hora habitual. Te hace falta tiempo para emprender un día importante”. ¡Qué manera de llorar con ese párrafo! ¡Es tremendo!

Dicen que no te preocupes pensando en que no volverás a fumar, que solo te preocupes de hoy. Yo discrepo. Para mí es más eficaz pensar en que si sos capaz de no fumar hoy, mañana te va a costar mucho menos no volver a fumar en la puta vida. Y es cierto. Lo jodido es el primer día. Al menos para mí, que no había pasado un sólo día sin fumar desde hacía más de la mitad de mi vida.

Que empieces el día usando los fuelles: un poco de ejercicio y respiraciones profundas. Yo ya venía haciendo ejercicio desde hace un tiempo. Supongo que ayuda, sí. También dicen que elimines por ahora las bebidas alcohólicas, el café y cualquier otra cosa que suelas acompañar con el tabaco. Pero si me diste bola y en los días previos evitaste fumar mientras tomabas café o birra, no hará falta.

Que comas alimentos ricos en Vitamina B, aconsejan. Pero no te dicen cuáles son esos alimentos. Se pueden buscar en Google o pasar directamente al próximo punto, que es hacer un poco más de ejercicio después de comer. En el punto siguiente es donde uno empieza a preocuparse: hay que empezar la práctica regular de algún deporte al alcance de tus posibilidades (estos están en pedo, quieren que todos nos parezcamos a Rocky).

Una cosa que supongo que a mí me ayudó bastante fue que el día que yo había fijado para dejar de fumar todavía tenía tres puchos en el bolsillo. Ahí los tuve todo el día. Hice un poco de ejercicio, tomé jugos naturales, busqué satisfacción y relax sin fumar, en fin, sentirme bien sin necesidad de puchos. Y lo venía consiguiendo hasta las siete de la tarde, hora en la que nos sentamos con mi mujer en una terracita de la Rambla de Poblenou a tomar un par de cervezas. Y -como un boludo que nunca he negado ser- prendí uno de los tres puchos que me quedaban en el bolsillo. Y no te das una idea de lo mal que me sentó. Me agarré un mareo de la gran flauta, sentí una especie de hormigueo por todo el cuerpo, me di cuenta de que la sangre se estaba espesando, es decir, me hizo bosta ese pucho. Después me fumé los otros dos, para no volver a tener cigarros en el bolsillo al día siguiente. Y hasta ahora no he vuelto a fumar.

Durante los primeros días es cuando más cuesta. Lo bueno es preparar alguna estrategia porque hay momentos en los que puede parecerte que te vas a volver loco. La estrategia dependerá de lo que te guste hacer, pero la cuestión es distraerse, concentrar la atención en algo que no tenga que ver con fumar. Lo peor es quedarse pensando “uh, qué garrón, estas ganas de fumar”. Hay un montón de gente que lo ha dejado y se sabe que cuesta desde un poco a bastante, pero no hay datos de nadie que se haya vuelto loco. A medida que pasan los días va costando menos, sobre todo superada la barrera del primer día.

Noté también al principio una alteración fuerte del sueño: me despertaba mil veces, algunas no conseguía volver a dormirme, por la mañana me pegaba unos madrugones que ni en la colimba, yo, que tan aficionado soy a la catrera. Duró una semana, más o menos. Supongo que era una respuesta física esperable cuando suprimí de golpe una droga que no había faltado jamás en mi organismo durante diecisiete años, si es que sólo fueron diecisiete.

Lo que todavía dura es la ansiedad. Hago deporte, respiro profundamente, tomo té de tilo y hasta whisky, pero es inútil. Y una suerte de hambre atroz e insaciable aún sin haber mejorado en absoluto mis sentidos del olfato y el gusto. Porque esa era una de las cosas sobre las que advertían: el fumador ya de por sí quema más calorías que el que no lo es, fundamentalmente por la nicotina. Cuando dejamos de fumar, además, recuperamos el gusto y el olfato, de manera que el morfi huele y sabe mejor, por lo que le entramos sin asco. Y para peor la comida actúa como sustituto del tabaco, como elemento que calma la ansiedad. Todo esto explica, chicas, esta buzarda enorme de la que me hecho acreedor en tan poco tiempo para estupefacción de todas. Pronto volveré a mi fibrosa figura de siempre, ya lo verán.

Para prevenir esta situación del todo común, los expertos aconsejan reducir la ingesta calórica, moderar el consumo de grasas, sal, azúcares y condimentos, llevar una dieta rica en vegetales y sustituir el alcohol por abundante agua y jugos naturales. Yo, personalmente, no creo que haya que ser tan fanático. Porque si no, más que algo gratificante, dejar de fumar es una tortura.

Yo prefiero cortar un poco de pan, un salamín, unos taquitos de queso, abrir una lata de paté, unas aceitunitas, descorchar una de esas botellas de tinto que estaban ahí esperando una ocasión especial y disfrutar un poco de este logro importantísimo de haberse librado del tabaco, de la necesidad maldita del tabaco.

Tres semanas sin fumar, y a mí me parece que lo vengo llevando bien. Mi mujer dice que estoy insoportable, pero creo que tenía la misma opinión cuando yo fumaba. Dice que últimamente ando irritable y con un humor de perros. Sospecha que se trata del famoso síndrome de abstinencia. En cambio no ve ninguna relación entre mi estado de ánimo y el hecho de que mi suegra esté parando en casa.

Reconozco que hay momentos en los que aun me cuesta un poco no fumar. Sobre todo durante actividades en las que solía hacerlo sin medida, como cuando hago música o mientras escribo. Antes, si me bloqueaba, salía al balcón a fumar un pucho y seguía tras la pausa. Ahora camino por las paredes.

Y un poquito por el techo, también.


***

viernes, 11 de diciembre de 2009

Bela (in memoriam)

y a su hija y mi madre, Josefina,
y a su nieta y mi hermana, Magdalena,
en la fecha de las tres.


Había visto a mi abuela hacía unos meses, en su departamento de la calle Las Heras. Sabía que no la encontraría del todo centrada, pero que me confundiera con un hermano suyo muerto varios años antes me dio un parámetro aproximado de su lucidez. Aquella tarde yo tenía veintisiete años. De su hermano no guardo ningún recuerdo, pero debía ser pelado. Siempre dí por sentado que la había confundido mi calvicie prematura. Por lo demás estaba chiquitita y dormida. Pelo blanquísimo (había abandonado el gris cuando cumplió sesenta, me acuerdo, ni un día después), la cara muy flaquita y esas arrugas imposibles que hablaban de su sabiduría ahora durmiente. Probablemente se había levantado porque habíamos ido nosotros, mi mujer y yo. Abría los ojos, decía algunas incoherencias y se dormía, pobre.

Supe de su muerte en esta ciudad en la que vivo, pero entonces sólo estaba de paso. Volvía de Andorra, de una temporada en la que había trabajado poco y esquiado mucho, y arrancaba para Menorca al día siguiente. Había venido a Barcelona a tomar el barco. Agus me había alertado unos días antes de que ya estábamos por perderla. Hacía casi treinta años que estábamos por perderla. Esa noche, en una especie de piso franco del barrio de Gràcia, revisé el correo por si había noticias. Le decíamos Bela.

Bela. Desde el único lugar desde donde el sobrenombre tenía completo sentido era siendo nieto. Cuadraba a la perfección: era la mezcla natural de su nombre (Isabel) y su condición (abuela). Yo siempre lo entendí desde ahí. Quien se lo haya puesto seguro que lo hizo pensando en nosotros, pero no nos distraigamos con especulaciones.

Dije que el día en que mi hermana me escribió diciendo que estábamos por perderla no lo consideré un mensaje demasiado revelador ya que hacía como treinta años que la situación era la misma. Lo que todavía no conté es que Bela decía tener mi edad. Mejor dicho, nueve meses más que yo. Y no por hacerse la coqueta, como esas viejas chotas que dejan de contar los años, nada que ver. Ella nunca tuvo vergüenza de envejecer ¿no digo que a los sesenta consideró que ya era una edad apropiada para dejar de teñirse el pelo?. Envejecer la tenía sin cuidado. Lo que sí le preocupaba un poco era morirse. Y más que un poco debía preocuparle bastante, porque durante casi treinta años estuvo eludiendo a la muerte con maestría. La útlima vez que la vi en Las Heras, cuando tanto le costaba mantenerse despierta, más que otra cosa me pareció que ya estaría cansada de hacer gambetas.

Decía tener mi edad porque la noche en que mis viejos se casaron -no sé si habrá habido una relación directa entre los dos hechos- tuvo un derrame cerebral que la dejó knock out. Juzgó que había muerto. Y tomó la fecha de su despertar por otro nacimiento, cosa que -admito- no resulta demasiado habitual, pero que en casa siempre dimos por cierta. Y en rigor lo parecía.

Mi abuela siempre se había caracterizado por su rectitud y su discreción. Le había tocado en suerte convivir con todo tipo de gente, de la que no siempre se podía decir cosas buenas. Ella jamás había hablado mal de nadie. Pero después del derrame se deschavó. Empezó a hablar pestes de quienes se lo merecían e incluso de otros pobres diablos que en el entusiasmo de Bela caían también en la volteada. Algunos familiares, sin ir más lejos. Familiares cercanos. Demasiado cercanos.

Y ya no se calló ni los gestos: resultaba facilísimo darse cuenta de quién no le caía bien. No volvió a hacer el más mínimo esfuerzo para disimularlo. Y sin querer me enseñó que en la gente no hay nada tan valioso cono la autenticidad.

A partir de entonces y cíclicamente, Bela iba recuperándose, alcanzaba un punto de aparente estabilidad y pronto otro derrame cerebral la estaba esperando, agazapado. Así durante casi treinta años.

Esto no fue, en absoluto, un obstáculo en nuestra relación. Muy al contrario, quizá los nietos aprendimos a valorar su compañía a raíz de su situación. Una mujer arrugada y festiva, un poco loca, capaz de recitar de memoria los párrafos más oscuros de Shakesperare ¡y en inglés! después de nosecuántos derrames cerebrales no era algo de lo que uno pudiera desentenderse así nomás.

Una mujer anciana que no se andaba con estupideces y se dejaba seducir por sus nietos menores de edad para disfrutar de una cerveza en buena compañía, por mucho que algunos tíos estúpidos se rasgaran las vestiduras hipócritamente.

Una mujer que -si a alguien se le hubiera ocurrido (como se me ocurrió a mí entonces, pero yo entonces era un crack de las ideas que jamás se aventuraba al campo práctico) ponerle una cámara enfrente- hubiese sido mucho más efectiva (y esto no es mucho decir, pero en realidad era alucinante) que cualquier programación de tv en cualquier horario, por sus genialidades espontáneas y por su gracia lenta que te iba invadiendo de a poco, y por sus remates disparatados.

Cuando yo era chico, mis amigos iban cada tanto a visitar a sus abuelas porque ellas les pasaban guita. Nosotros no. A nosotros nunca, jamás nos tiró un mango. Nunca. Hay épocas de la vida -cuando uno es pendejo, o adolescente, sobre todo- en las que está muy pelotudo, muy egoísta, sólo pensando en sí mismo. Y ni siquiera en esas épocas el hecho de que no nos diera guita fue un impedimento para que nos alegráramos de ir a verla. Ella tenía otra cosa. Uno podía escuchar sus historias durante horas y perderse treinta veces en medio del relato y no saber en ningún momento de qué estaba hablando, es cierto. Pero tenía la difícil virtud de hacerte sentir en paz. Por lo menos a mí su compañía me transmitía esa sensación. Daba la rara impresión de que después de estar con ella uno era un tipo mejor. Sólo era una impresión, claro: yo siempre seguí siendo el mismo cretino, pero reconozco que ella me enseñó a elegir mejor las canciones a interpretar.

Me acuerdo de un verano que pasamos en Moreno. Una noche ella se había ido a dormir y yo me quedé cantando y tocando la viola afuera, casi frente a la ventana del cuarto en el que ella dormía. Por supuesto ella era incapaz, en aquel momento de su vida, de quedarse en el molde cuando oía o veía algo que no le gustaba. Una característica de lo más simpática, para mí, aunque no siempre sus expectativas se correspondieran con la realidad (una vuelta se calentó porque la gente estaba tirando petardos un 31 de diciembre a las 24 hs.) Aquella noche en Moreno yo había cantado una serie de canciones que se ve que no merecieron ninguna objeción por su parte. Hasta que me puse a cantar un viejo tema de Moris, un tema que dura como veinte minutos y del que hoy no me acuerdo más que el ritmo y la secuencia de acordes. Y gracias a Bela también me acuerdo que en un momento dice “...a los amigos puedes llamar, de nada sirve”. Yo estaba cantando como había cantado mil veces esa canción y otras muchas, pero entré a oír la voz de mi abuela que a los gritos y en un tono autoritario me ordenaba que me dejara de cantar boludeces para informarme inmediatamente que los amigos son lo más grande del mundo, que no hay relación más noble que la amistad y que el valor de los amigos jamás debe ponerse en duda. Me cagó a pedos a través de la persiana. Y bien merecido me lo tenía. Por boludo, por cantar temas de Moris.

La que sí nos malcrió siempre fue Ana María, mi otra abuela. En realidad es tía abuela nuestra, pero como Mercedes murió siendo yo muy chico, ella hizo un poco su papel. “La Anciana Dama” se autodenominaba en joda cuando éramos chicos; pero ya hablaré de ella en otra nota. Hoy quería hablar de Bela.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Partida de nacimiento

Sonaron las campanas y hubo como un maremoto. Fuerzas ingobernables me arrastraban como a un títere inanimado, a pesar de mis muchos esfuerzos. De pronto se abrió el cielo y tuve una primera impresión del exterior: hombres adultos con barbijo. Sospeché una epidemia o un ataque con armas biológicas, pero intuí algo peor. Por primera vez me sentí indefenso. Impotente. Mi voluntad no tenía ningún valor frente a aquellos hombres fuertes. Podían hacer conmigo lo que quisieran. Y lo hicieron.

Sin perder un segundo me arrancaron de mi hábitat conocido. Eran profesionales, estaba claro. Cualquier resistencia sería inútil, así que cedí. Sentí frío, pero no era lo más grave. Lo peor era otra cosa, un malestar muy profundo que respondía a la humillación de no poder controlar mi propio destino, sensación que me persigue desde entonces. Cuando vi la tijera empezé a preocuparme de verdad. Más dañina que la de los peluqueros, aquella era la peor de todas las tijeras. La usaron para cortar el último lazo que me protegía del mundo. Después me golpearon sin violencia pero con mala leche, con la actitud propia de quien se sabe imbatible. Intenté por todos los medios ahogar el llanto: no les daría la satisfacción de verme llorar. La venía piloteando bien, pero volvieron a golpearme. Entonces, aunque mi alma se revelaba con todas sus fuerzas y yo me juraba que aquellos cretinos jamás me verían llorar, desde el centro mismo de la rabia surgió puro y cristalino mi llanto desolado.

-Lo que faltaba- pensé en el colmo de la desesperación- tengo voz de puto.

Me bañaron con cierta brutalidad. No digo que me hicieran daño, pero noté alguna desidia, acaso torpeza o sencillamente ignorancia del método. De allí viene probablemente mi rechazo por la ducha diaria.

Sufría yo de aquel modo cuando la puerta del quirófano se abrió escandalosamente. Algunas enfermeras intentaban detener a un señor barbudo que traspasó la barrera humana tras un gesto afirmativo del cirujano. Temí por su seguridad. En aquella época la mera posesión de una barba anulaba cualquier garantía civil. Si a este hecho le sumábamos su claridad mental, su amplio conocimiento de las leyes de Dios y del Hombre y su antipatía por los gobiernos de facto en general y por el proceso de reorganización nacional en particular, mi temor quedaba plenamente justificado. Se trataba de mi padre. Lo reconocí por el tono sereno, el libro bajo el sobaco y el olor a trementina. Ya habíamos tenido algún contacto en los meses anteriores. (Solía hablarme de la historia del fútbol argentino desde la época de Alumni y de la pintura europea, haciendo especial incapié en el período renacentista).

La cercanía de mi padre y el despertar de mi madre que, todavía algo grogie, estiraba hacia mí sus amorosos brazos me tranquilizaron un poco. Pero ¿por qué se demoraba tanto la enfermera, esa completa desconocida, en depositarme en brazos amigos? ¿Qué indagaba el facultativo en sus registros? ¿Qué anomalía buscaba con su frígida linterna en el fondo de mis pupilas negras? Cerré con fuerza los ojos e intenté una reconstrucción mental de la situación. Sin duda me encontraba en el ponnyclínico, palabra que había oído a mis padres cuando conversaban sobre mi llegada, que para mí era en realidad una partida, una expulsión. Una expulsión de mi paraíso indolente en el que el sudor de la frente tan sólo era una imágen poética. Una partida hacia lo desconocido. La partida de nacimiento.

Tenía una vaga noción de un nacimiento anterior en un establo, el de un hombre enorme y flaco que le rompió mucho las pelotas a los poderosos y había cambiado el curso de la Historia, por lo que me hinchaba de orgullo nacer en el ponnyclínico. Pero allí no había caballos de ningún tipo. El animal más fiero parecía ser la partera. Como el médico ya no insistía con su infame linternita abrí los ojos. Estaba nervioso. Nunca antes me había visto en situación parecida. Aproveché la maniobra de la enfermera que como una ofrenda me entregaba ceremoniosamente a los brazos de mi madre para tantear en la mesita de luz, a ver si encontraba un pucho. No hubo suerte. Reconocí en cambio un jarrón lleno de jazmines del cabo blancos y los restos de un tardío antojo de mamá: medio alfajor de maizena. De los grandes.

-Dios da pan al que no tiene dientes- me lamenté con amargura, mientras sentía una exagerada segregación de saliva. Pero ya estaba en buenas manos. Hambriento pero a salvo.

Todavía un poco confuso respiré profundamente para sacarme las ganas de fumar. La tensión del ambiente había bajado bastante. Sin motivo aparente se me escapó una lágrima. Un surquito invisible en mi mejilla gorda y una gota salada. Entonces pensé que después de todo, el mundo no debía ser un lugar tan terrible si mi viejo era capaz de mirar de esa manera, y yo tenía al alance de la más pequeña queja dos tetas repletas de leche y de cariño.


***


viernes, 2 de octubre de 2009

Orden del día

“Vivía como un bohemio, malgastando mi vida.
Tan solo más tarde,
cuando conocí a Pissarro, que era infatigable
empecé a sentir gusto por el trabajo.”
Cèzanne.(*)


Suena el despertador y cómo cuesta. Pero por primera vez en mi vida voy viviendo del modo que quería, así que arriba. Hago un café romántico, barroco, como decía el cantautor. No me hace falta remojar la cabeza en agua fría porque al no tener pelo está siempre fresquita. Comparto con la bruja los primeros veinte minutos del desayuno, ya que ella emplea para tal fin nada menos que de dos a cinco horas.

A diferencia del personaje de Transas, (aquel tema tan lindo de García) de mí no resulta pertinente -por motivos que se explicaron en el párrafo anterior- asegurar que un día me cortaré el pelo. Lo que sí podría decirse con bastante probabilidad es aquello de no creo que pueda dejar de fumar, por lo que dedico un rato de la mañana a hacer ejercicio físico. A correr por el paseo marítimo, más que nada, para transpirar toda la porquería que ya he tenido tiempo de meterme ayer y limpiar un poco el organismo, que nunca viene mal; hacer bombear el bobo para mantenerlo en forma porque -pobrecito- ya ha sufrido tanto; y hacer circular la sangre, que según varias opiniones médicas se me ha ido espesando de manera alarmante desde que abandoné la niñez, allá en los años veinte. Llevo ya varios meses con estas prácticas deportivas y -desde el primer momento- nunca me parecieron tan terribles como esperaba. Al contrario, me gusta. Me deja muy relajado, sin la menor ansiedad, respirando con toda la capacidad de los fuelles y bastante cansado, debo admitirlo. Pero lo mejor viene después de correr: el baño de mar. Un baño corto pero perfectamente oportuno, unos minutos de relax nadando de espaldas, hacia atrás, tranquilamente, como haciendo la plancha, siempre de cara al sol, me convencen de que vale la pena vivir sanamente. Y me doy por cumplido con la vida sana. No pasa mucho tiempo hasta que me prendo un pucho.

De vuelta en casa y mientras la bruja termina el café, prevemos en un momento las tareas hogareñas que hay que llevar a cabo. Como estamos recién mudados, estas tareas se multiplican. Aparte de las actividades clásicas de cada día (tender la cama y esas cosas), hay diez millones de cosas por resolver, motivo por el cual uno de los balcones se ha convertido temporalmente en carpintería, donde ya he construido la mesita ratona y donde actualmente trabajo en El Sofá de Tres Cuerpos (un banco largo). No por otra cosa el comedor ha adquirido -también provisoriamente- formas de taller de costura, desde el que mi mujer -pobre santa- va despachando a velocidades insospechadas los almohadones que ya está requiriendo mi estructura de madera.

Toda jornada exige sus pausas y todo jornalero las agradece. Por eso vuelvo a enamorarme de la bruja cada mediodía, mientras tomo medidas, serrucho tablones y viene haciéndose la hora de almorzar; cuando sin que medie una palabra al respecto, la costurerita que dio ese mal paso (el de casarse conmigo, por supuesto; y lo peor de todo ¡sin necesidad!) me hace llegar desde la cocina nuevos olores de especias y verduras salteadas. Es cierto que en un pacto prenupcial habíamos acordado que esa labor me correspondía; pero considerando que accedí a la Fabricación Artesanal de Muebles (muy) Rústicos, ha resuelto ella misma (sin que yo la presionara de ningún modo, lo juro) suplirme momentáneamente.

-Hasta que arregles todo este quilombo- me dijo.

La tarde resulta menos increíble, porque ella se tiene que ir a laburar. La despido en la puerta, voy al balcón y hago como si atornillara algo hasta que la veo salir del edificio. Siempre se gira para saludar, me ve ahí trabajando y se va tranquila, por Pujades hacia el norte. Entonces largo el destornillador y me pongo a tocar la armónica con verdadero entusiasmo. Porque hay una idea que acuno desde mi más tierna infancia (y que ella no parece compartir) y es que tanto laburo no puede ser bueno para nadie.

Esta armónica que siempre llevo en algún bolsillo y que me regaló Diego Fútbol justo antes de cruzar el charco, cada vez que la soplo me pide orquestación. Y como también tengo una guitarra que me regaló el gordo Ignacio, un amplificador y una consola que me regaló mi mujer y un micrófono que me regalaron mis viejos, me pongo a grabar. Qué manera de regalarme cosas, la gente. (Por si alguien está leyendo y le interesa, ahora andaría necesitando cuarenta lucas). Suelo partir de una canción que no esté muy fresca, que haya madurado lo suficiente en barricas de roble francés, digamos una canción compuesta hace no menos de diez años. Claro que desde que la compuse yo he cambiado bastante, entonces viene lo más lindo y complicado del trabajo: hacer o intentar que la canción me siga gustando. Corregir una armonía o algún verso, insertarle con naturalidad varios chistes (especialmente a las canciones melancólicas), suprimir alguna parte instrumental quizá demasiado pretenciosa, reemplazar un pomposo solo de piano por un chiflido arrabalero, un coro en falsete o un bajo en orsai; en fin, cosas que van surgiendo espontáneamente y que renuevan en mí las ganas de sacarme de encima un cajón lleno de temas viejos que no habían tenido juventud.

En eso estoy, abstraído y muerto de risa, cuando en Barcelona empieza a caer la tarde. Es la hora de buena luz para hacer fotos, así que sin perder un segundo cacheteo la cámara y la bicicleta y salgo de safari fotográfico por la ciudad. No tengo mucho tiempo de buena luz, por lo que intento aprovecharlo al máximo. Voy sin rumbo pero evitando -dentro de lo posible- los puntos turísticos, la aglomeración de estudiantes y el ataque de rumanos. A veces consigo algunas fotos buenas, otras no; pero salgo regularmente, como si se tratara de un compromiso ineludible. Después las reviso. Si hice alguna que me gusta la cuelgo en mi galería particular.

En algún momento empiezo a preocuparme porque recuerdo de golpe que con esto de la mudanza y el viaje a París he vuelto a descuidar al equilibrista.

-¿No te da vergüenza, pajero?- quiere saber el pelado- ¿ cómo es posible que con todo el tiempo que tenés seas incapaz de escribir una sola página para el bloc?

-Fue un mes complicado- me defiendo.

-Andá a cagar- grita indignado- Sos un fantasma, ¡un hijo de puta!. Toda la vida tuviste excusas de todos los colores, y ahora que ligaste la beca, que por fin te sacaste de encima el yugo, todavía te queda cara para quejarte. Caradura... ¡Fantasma! “Un mes complicado”- se burla.

-Qué querés, pelado, vos ya me conocés: tengo que quejarme, es más fuerte que yo, como una vocación... ¡es una vocación insobornable!

-Dejate de joder y ponete a escribir- me ordena serio- Ahora mismo.

-Ok, bajo a comprar puchos y ahora me pongo.

-Ahora mismo- repite. El pelado es implacable.

Así que acá estoy, me puse a garabatear esta nota para que no me rompiera más los huevos; y como casi la estoy terminando me parece que voy a bajar a buscar esos puchos de una vez, porque me están entrando unas ganas bárbaras de escuchar el piano extraordinario de Thelonious Monk, descorchar una botella y empezar a preparar -tranquilamente, sin ninguna prisa, mientras disfruto del piano y del vino- alguna exquisitez para cuando vuelva la bruja.

¿Por qué escribo todo esto? No sé, tal vez para recordar cuando caiga sobre esta nota dentro de algún tiempo, para recordarme a mí que tanto me gusta quejarme, que alguna vez viví contento sin buscar motivos de queja. Que en este extraño momento de mi vida viví completamente ajeno al calendario con feriados en rojo y a los absurdos horarios de trabajo. Que pude hacer, cada día, muchísimas de las cosas que había querido hacer siempre.

O quizá para que te mueras de envidia, negro, quién puede saberlo.

*

(*) A pesar de las comillas y la cursiva la frase no es del todo textual. Primero porque no sé francés. Y segundo porque estoy un poco lejos y a trasmano de los libros que solía consultar en mi adolescencia.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Soretes de punta


En el momento preciso, se ha puesto a llover a lo loco sin que nada lo anunciara por la mañana.

Como hace mucho no me pasaba, estos últimos días estuve muy ocupado. Al principio intentando conseguir un lugar piola donde irnos a vivir. Después de varias gestiones infructuosas encontramos este departamento de la calle Pujades, en el corazón del Poblenou, para el que había unos veinte candidatos y que -por razones que están muy por encima de mi entendimiento- nos adjudicaron el lunes pasado. Y ahí sí que empecé a estar ocupado de verdad. Y lo que es peor, trabajando.

Un laburo de locos. Desde que pasamos a firmar el contrato hasta ahora no había parado un segundo. Es que para una pareja pobre y joven (él no trabaja) mudarse no es coser y cantar, aunque incluya las dos cosas. Nos dieron las llaves y arrancamos directamente para acá. Ya habíamos tomado la precaución de meter en la mochila algunas cosas imprescindibles: dos copas altas y una botella de tinto. Por suerte tenemos el Mercadona a una cuadra, así que compramos algo para picar y -ya que estábamos- escobillón y esas cosas para la limpieza, tarea a la que nos dimos inmediatamente para justificar el brindis posterior.

No sé si alguna vez les pasó, pero limpiar una casa deshabitada es un trabajo durísimo. Te encontrás telarañas en los lugares más insospechados. Y mugre por doquier. Yo no soy un hombre muy dado a barrer, limpiar los vidrios y esos menesteres. Y no porque no sepa hacerlo, ¡vaya si lo sé!. El trabajo más estable que tuve nunca fue justamente limpiar la casa de la calle Serrano en la que vivía con mi familia. Vieras lo linda que quedaba. (Y tenía dos pisos). En realidad, el motivo por el que no lo hago ni habitual ni ocasionalmente es de origen psíquico: no se me ocurre. Mirá que se me ocurren montones de cosas para hacer durante el día. Pero jamás pasar una franela, lo que parece generar en mi mujer estados de profunda melancolía. Lamentablemente y hasta donde pude averiguar, se trata de una patología crónica. Posiblemente también sea causal de divorcio, pero no quise investigar hasta ese punto.

Se imaginarán entonces lo que fue el desafío tras unos diez años de inactividad. (El cálculo es aproximado). De cama, quedé. Y eso no fue lo peor, porque al día siguiente se me ocurrió (¿ves que se me ocurren un montón de cosas?) pintar las rejas de los balcones. También tengo cierta experiencia en el asunto: la última se retrae a unos ocho años, cuando trabajé como pintor con Paco De Cajar, en Granada. Entre otras changas, pintamos íntegramente una urbanización que contaba con quince chalets de tres plantas cada uno. La palabra "íntegramente" hace referencia a paredes interiores y exteriores, puertas y ventanas, armarios, rejas y un largo etcétera. Y también un etcétera común, de los de siempre. De ahí que me haya lanzado a la aventura con una lata de esmalte sintético negro, toda fantasía, y un pincelito en ristre, todo corazón. Tampoco en este caso puede decirse que viniera bien entrenado. Las dos rejas me mataron. Y pensando en todo el laburo que falta me invade un sentimiento extraño, no sé, no diré unas ganas tremendas de cortarme un huevo, pero sí unas ganas moderadas.

A las mudanzas de las parejas jóvenes y pobres (él no trabaja) se las conoce también por el nombre "mudanza de hormiga". Primero dos copas altas, después un equipo de audio para oír chamamé mientras se labura en la casa, después cinco o seis libros y tres malvones, y así cada vez que venimos a acondicionar el piso aprovechamos el viaje y cargamos algún bagayo. Esta mañana arrancamos con algo de pilcha, el bombo legüero y una compu portátil. Estuvimos trabajando con entusiasmo hasta la hora del almuerzo: un par de sanguchitos de salame y un vasito de birra. La bruja tuvo que irse al laburo y yo me dije esta es la mía, largué las herramientas y me puse a tocar el bombo. Igual es un instrumento algo limitado, que no permite demasiadas aperturas creativas, así que me aburrí enseguida y me tuve que entretener con unos temas de electricidad bastante urgentes. Como no soy muy experto ni mucho menos correntino, siempre le tuve un cierto cagazo a la corriente, por lo que corté la luz antes de empezar a meter mano. Estaba ahí en las alturas, con la cortaplumas entre los dientes, una ficha de empalme sostenida con la zurda mientras intentaba ajustarla con la diestra mediante un destornillador demasiado grande cuando empezaron a caer, sin que nada lo anunciara por la mañana, soretes de punta. Un nubarrón de la gran flauta hizo una especie de noche anticipada. Bastante anticipada, digamos a las cinco de la tarde. La excusa perfecta.

Como en esa tiniebla ya no podía seguir trabajando di por conculida la jornada, volví a dar luz desde la general y asomado al balcón me puse a ver llover sobre los paraísos que a partir de ahora y cada mañana se sacudirán para nosotros suavemente al compás del viento, como diciéndonos ¡despertad haraganes! ¡la vida es fácil, el pez está saltando!

Y aunque ver llover es una actividad a la que me podría dedicar horas enteras sin quejarme, en esta ciudad la lluvia es una circunstancia fugaz. Entonces al ratito, cuando paró, me acordé que además del bombo legüero habíamos traído una compu y decidí aprovecharla intentando escribir algo para un equilibrista. Me hubiera gustado hacer una nota divertida, pero ya conté más arriba que para mí estos son días de mucho laburo, y ya se sabe, el trabajo y la diversión nunca van de la mano.

De cualquier forma, ya está terminada. Es una excusa, si se quiere, para justificar una posible demora o una imposible baja en la calidad de los textos. Pero también es otra cosa: es el primer texto que escribo en esta casa. Lo hago entre tachos de pintura, rollos de cables y cajas por desembalar, lo hago apurado entre una venida y una ida y termina siendo importante, porque me está diciendo que este departamento que alquilamos en la calle Pujades es, desde ya, mi casa.

*

viernes, 28 de agosto de 2009

Días de radio

Buenos Aires era un quilombo. La disconformidad general se manifestaba a través de la amargura y de las cacerolas. De la Rúa acentuaba día a día su incompetencia anunciando en cadena nacional la creación de nuevos ministerios o secretarías inútiles, absurdas, y desatendiendo los temas más urgentes. Yo tenía algún que otro alumno de música, quienes me valieron por parte de mis amigos el apodo jocoso de “Profesor”. Además trabajaba en un programa de radio que apropiadamente se llamaba Salvoconducto a las tinieblas. Lejos de las cacerolas, mi disconformidad era puramente patafísica y no se había desencadenado a raíz de la situación socio-económica sino que la venía acarreando desde hacía ya algunos años. La de mis compañeros de radio no sé. Pero lo cierto es que estábamos todos potencialmente locos.

Entre los que recuerdo se cuentan el Cabezón (locutor), Burattini (investigador de biografías del petiso orejudo, Charles Manson y gente por el estilo y editor de todo el material) el Ruso (crítico de cine gore), el Flaco Bazet (creo que conseguía música rarísima), el Gordo Colinas (entrevistaba a gente medio perversa: enterradores, profanadores de tumbas, necrófilos confesos y demás), Fernández (productora), Rafa, Ágata, ¿Gustavo? (actores) y una gorda que leía relatos eróticos con voz de puta. En realidad eran cuentos netamente pornográficos a cuyo autor imagino como un enfermito ridículo y obseso, uno de esos sociópatas que viven recluidos en habitaciones sin luz tomando merca o haciéndose la del mono. O -como juzgo que sería en este caso- las dos cosas. También había otra rusa que nunca supe bien qué pito tocaba. Y yo. Un equipo que para qué te cuento. Algo así como la armada Brancaleone.

El programa tenía diversos bloques bien estrucutrados y -como ya se habrá sospechado- todos ellos versaban sobre la muerte dolorosa, la violencia de toda índole (incluída y diría que hasta subrayada la sexual), las desviaciones más aberrantes, y el dead-metal de corte dark, si es que esto último quiere decir algo. Mi trabajo consistía en escribir un guión por semana que abarcara de algún modo este concepto. Porque -ya lo habrán adivinado cuando mencioné de la función de Rafa, Ágata y Gustavo, (¿se llamaba Gustavo?)- uno de los bloques del programa era el radioteatro. Yo en realidad nunca fui un tipo de gustos demasiado oscuros (salvo por el blues), así que en general me limitaba a adaptar cuentos de Poe. Humorista incorregible, siempre deslizaba más de un chiste en aquellos textos tenebrosos, lo que provocaba los disgustos más elocuentes de Fernández.

-¡Haceme el favor, loco, yo no tengo tiempo de ponerme a leer con lupa el guión dos horas antes de que salgan al aire para empezar a tachar boludeces!

Entonces yo corregía los disparates más evidentes y dejaba pasar algún chiste menos notorio. Entregaba el texto con seriedad, un poco haciéndome el ofendido, y presenciaba el ensayo de los intérpretes haciendo alguna indicación superficial como para despistar. Después seguía con atención lo que ocurría en la pecera, esperando con ansiedad nunca revelada el momento sinfónico, momento que por supuesto pasaba desapercibido para el mundo, pero que me dibujaba una secreta sonrisa de victoria.

(Otra frase que me dirigía Fernández con frecuencia era: ¿no se puede hablar en serio con vos?. Yo le contestaba que sí, por supuesto; pero ahora me parece que tal vez no se pudiera).

Mucho más tarde, al discutir la performance en un bar de la calle Corrientes, cuando alguien sacaba el tema del radioteatro, yo confesaba mi desliz. Es raro que no me hayan echado. No tanto por mi exasperante sentido del humor, sino más bien porque yo era responsable de la amplia mayoría de despelotes, a raíz de mi disposición natural al alcohol y las drogas. Sospecho que me mantenían en el grupo merced a mi indiscutible habilidad para conseguir vino gratis, sacándolo por entre los barrotes de una reja cuando cerraban el bar de la radio.

Así pasaban los días y el año pasaba, y por algún otro espacio como el que dejaban los barrotes de la reja del bar entre estos temas siempre perturbadores que ocupaban las horas del programa, por abajo o por arriba de aquello, dentro nuestro y en silencio, se iba gestando el monstruo. El riesgo de hacerse el loco, le había dicho el diablo de Castillo a Espósito, es llegar a volverse loco.

El primero en cruzar el umbral fue Rafa. Y no sólo el de la General Paz. Después los seguimos todos. Hablo del límite mental que diferencia a un loco divertido de un esquizofrénico paranoide, de un neurótico compulsivo, un alcohólico crónico o de un onanista insistente. A partir de entonces, de la conciencia íntima de esa degradación personal (en mayor o menor grado según el caso), cada cual y por su cuenta intentaría volver de este lado a su manera: unos cambiarían de trabajo, otros cambiarían de mujer, unos de medicación, otros de ciudad, de país o continente. Pero lo que en realidad necesitábamos era cambiar la cabeza.

Para fin de año habíamos terminado el ciclo. (Tengo entendido que apenas quedamos debiendo unas pocas lucrecias). Fue desentenderse de los temas escatológicos que alimentaban el programa para asomarse de lleno a las aberraciones del día a día en la calle, en la Plaza de Mayo, en el Congreso. Aberraciones que, repetidas, precipitaron la huída del presidente De La Rúa (para bien del país) y la nuestra (con idéntico propósito).

Hay un plano que parece imposible y en el que todo se vincula. Escribo sobre la radio, pero estoy escribiendo de otra cosa. Nunca seremos concientes -por suerte- de la responsabilidad que exige el acto más insignificante. Un zorzal se despierta cantando en Buenos Aires y la gente se emociona en París. Una mujer no aparece y un hombre se equivoca. Un centro sale pasado y un gordito falopero le hace un gol con la mano a los ingleses. A partir de hechos mínimos se desencadena otra cosa que es siempre más grande, incontenible. Hoy no me gusta nada el que era yo en esos días. Nunca sabré si tuvo o no que ver con la situación socio-económica, o con mi descontento un poco surrealista del que hablaba al principio, o con algún trauma no resuelto que explotó cuando no hubo otra salida. Todavía sigo buscando pistas entre aquellos días oscuros para tratar de entender algo, para evitar -en lo posible y con vistas al futuro- seguir equivocándome tanto.

Esta historia tiene varios finales. Yo conozco uno sólo y tiene algún parentesco con el de la película de Woody Allen a la que le robé el título para el texto: Un año después es la noche de fin de año y, bajo el reloj del Ayuntamiento de Granada, después de las campanadas y todavía con las uvas en la boca, con Burattini matamos al monstruo entonando la Marcha Peronista entre una multitud de gallegos desconcertados y un tucumano muy pelotudo que pretendía callarnos, porque no entendía nada.

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miércoles, 15 de julio de 2009

Marcha Nupcial en 3/3 (III)

III: Enlace

Culo y calzón. Es la imagen más certera para definirnos durante los meses que siguieron. La cuidad nos vió atravesarla de punta a punta, vos sentada en el caño de mi bicicleta en ruinas (el “vólido celeste” como la llamaba) a toda velocidad rumbo al puerto, a la playa o tal vez hasta el cementerio, con el fin de profanar algunas tumbas. A veces hacíamos una parada estratégica para reponer fuerzas en algún bar, a mitad de camino. Tomábamos una caña y seguíamos nuestro itinerario, siempre lleno de sorpresas. Otras veces la parada era menos fortuita al estrolarnos contra alguna camioneta, un peatón desprevenido, un tacho de basura. Es que el “vólido celeste” no tenía frenos, ni yo guita para hacerlos arreglar. De ahí que iniciáramos esta costumbre de largas caminatas nocturnas charlando animosamente a pesar del cansancio. Empezaba a tentarnos la seguridad.

Una seguridad mínima, por supuesto, casi ridícula en nuestra situación. Pero a esa altura era lo único que necesitábamos. La cosa estaba en calma, podíamos seguir como hasta ahora, haciendo equilibrio sin mirar hacia abajo, sin miedo al vacío, con absoluta fe en el próximo paso. Sabíamos controlarlo. No perdíamos el tiempo en nada que no nos entusiasmara. Apenas interrumpíamos nuestra locura para almorzar algo lijero (una lata de choclo) sabiéndolo una necesidad básica pero aburrida, y volvíamos a lo nuestro: tomar un viejo tren de madera que llevaba a un pueblito mágico de la Tramontana, desde el que íbamos a otro en el que nos sentíamos como en casa, en el que finalmente nos casamos (porque íbamos a tener que casarnos); preguntarnos qué música estarían haciendo en la argentina los pibes de nuestra edad; ir a tomar “gin-tonics” a un boliche espantoso por el único motivo de que hasta entonces no asociábamos la palabra “gin-tonic” con ningún sabor en particular; nadar desnudos bajo la luz de la luna en el mar mediterraneo, hacer carreras en changuitos de supermercado, acudir a las inauguraciones de las expocisiones en los centros más elegantes y -amén de aprovechar que el escabio era gratarola- comentarle al artista en cuestión que su trabajo reflejaba sin duda un conocimiento nada superficial y sí muy profundo de la obra plástica de Gonzalo Arribúa. (Es justo decir ahora que el único que reconoció no saber de Arribúa fue Miquel Barceló, aquella tarde-noche que lo abordamos en la Lotja). Dormíamos poquísimo y la vida era una fiesta.

Pero esa mañana de marzo yo había puesto la radio para que me hiciera compañía mientras terminaba una pintura destinada a la pared grande del living. Me acuerdo que buscaba un color parecido al verde de mis zapatitos de ir a los burros cuando interrumpieron la transmisión para informar del atentado. El presidente de Gobierno, José María Aznar, que durante el último año no hacía otra cosa que jactarse de haber desarticulado a E.T.A, aseguraba ahora que habían sido ellos (¡fueron ellos, fueron ellos!). Pero esto era una historia de amor, así que basta de cháchara: me limitaré a confesar que ahí se me armó el quilombo. En la semana que siguió ya nos habían parado en la calle nueve veces para pedirnos documentos. (-Me van a fletar, negra- te dije- estos hijos de puta me van a fletar). Una vez con el Guille, que como recién había llegado tenía el pasaporte al día. No me preguntes cómo zafé las nueve veces. Supongo que tengo un ángel de la guarda peronista. O porque vos venías conmigo. O las dos cosas, en caso de que vos seas ese angel peronista. Pero no había ninguna garantía (-Me van a fletar, negra- te dije- estos hijos de puta me van a fletar). No podía vivir escondiéndome el resto de mi vida. Vos lo sabías muy bien. Así que te propuse matrimonio. Era un paso importante. Me acuerdo que me miraste aterrada. (-Por los pelpa- te dije- es un mero trámite, no me mires así). Te quedaste pensando unos minutos. Para mí fueron largos, negra. Tenía en la nuca el metal frío de las armas de todos los agentes de Inmigración, que se habían detenido justo a tiempo y esperaban tu respuesta negativa antes de caer sobre mí con todo el peso de la ley. Allí estábamos bajo los focos de la escena, focos que proyectaban sombras, sombras que se agrandaban hasta el espanto, las sombras de aquellos hombres de guerra tan celosos de su tierra y sus costumbres. De pronto me miraste, centrada, y me dijiste “pero vamos a tener que repartirnos las tareas de la casa”. Apuntándome con el índice me lo dijiste. Y seria. Entonces accedí:

-Yo escirbiré cuentos y haré la comida. Hasta ahí llego.

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Con este texto termina mi Marcha Nupcial en 3/3, aquella chacarera miope que empezara con Introito, continuara días después con Des-nudo y ya era hora de que acabara. Chin pum.