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viernes, 17 de abril de 2015

Suite Gasolera





Y mientras preparaba un próximo disco, por algunas grietas que tengo en la voluntad se fueron filtrando estas piezas mínimas que ahora componen mi Suite Gasolera. Se hizo prácticamente sola, como debe ser. Mi trabajo consistió en equivocarme lo menos posible.

Festejo que haya salido enseguida, con la fluidez que uno espera siempre y que casi nunca se da. Recurrí a la inestimable ayuda de Gonzalo Arribúa y grabamos a mediados del mes pasado, en un par de sesiones. El resultado puede oirse en el enlace que puse arriba. 

La temática de la suite gira en torno a colectivos y trenes de Buenos Aires que por motivos diferentes me tocan la fibra sensible. Desde luego no es un canto a la eficiencia del transporte público porteño, a mí las cuestiones prácticas me traen sin cuidado. Es apenas un ejercicio de la melancolía, un guiño a pequeñas experiencias muy personales y no siempre positivas. Hay muchos bondis que quedaron imperdonablemente excluidos, pero valga la suite completa como homenaje al conjunto de aquel medio de transporte en el que incluso durante un tiempo me gané unos pesos cantando para los pasajeros.

Espero que la disfruten por lo menos tanto como disfruté yo haciéndola. Para usuarios de spotify, itunes, rdio, deezer, googleplay y demás plataformas por el estilo, también está disponible en la mayoría de ellas.

Salud.



martes, 8 de octubre de 2013

Canciones en itinerancia / Roaming songs


A mi amigo Francisco Ferro, 
en su cumpleaños.
  

 

Al final acá estamos otra vez. Creíamos que el bloc estaba cerrado, que el equilibrista había muerto de muerte natural, pero volvió a aparecer. Me costó -eso sí- convencerlo de que publicara, pero esta vez yo tenía un as en la manga. Un as redondo, con un agujero en el medio y trece canciones adentro. Así es, queridísimos amigos: me complace enormemente anunciar el lanzamiento de mi disco de Canciones en itinerancia /Roaming songs. Ahora está concluído, y uno podría pensar que siempre fue redondo, con un agujero en el medio y trece canciones adentro, pero no. Al principio era distinto: no tenía una forma concreta, estaba hecho de la misma materia que los sueños y, por supuesto, sonaba mucho mejor. En esta página contaré su evolución.



A mediados de septiembre de 2011 mi amigo Mariano Burattini me convenció para emprender un viaje durante un par de semanas por el centro y el este de Europa. Yo estaba entonces con muy poco trabajo, escaso de proyectos y con la creatividad bajo mínimos, así que acepté la propuesta con la idea de convertir el viaje -la vivencia- en un manojo de canciones que pudieran editarse como un álbum conceptual, una suerte de collage sonoro que comunicara la experiencia de esos días; o por lo menos sacar alguna foto.

Durante la semana siguiente fijamos un itinerario (creo que más bien lo fijó Burattini, yo lo acepté mansamente cebando mate, tal es mi costumbre) y concretamos fechas. Arrancamos en los primeros días de octubre y durante dos semanas malvivimos con alegría en cafés, trenes, plazas, terminales, y en los alojamientos más baratos que encontramos, tomando apuntes textuales, sonoros o visuales sobre la experiencia, sobre nuestra circunstancia de viajeros en tránsito y sobre la vida moderna en general.

Desde el primer momento supe que mi disco no pretendería enfocar las cúpulas de los palacios imperiales sino que mantendría la mirada a ras del suelo, indagando en las calles y avenidas donde nativos, chinos, paquistaníes y africanos desempeñan como pueden sus tareas y sus amores, envejecen, cultivan sus afectos y ven marchitarse sus sueños mientras pagan impuestos.
   
Iba a hablar de Jurai, aquel viejo fantástico que tenía algunos conejos y bastante olor a pis y que nos alojó en un arrabal de Bratislava. Iba a hablar de aquellos monoblocks en los que una banda de garage ensaya sin convicción su descreimiento. O del turco enamorado que sin saber otro idioma se larga irresponsablemente a cruzar fronteras para recuperar a su chica, como haría cualquier hijo de vecino. Y de la sensación de no tener una botella de vino para pasar la noche cuando se la necesita. Y de aquellos primeros cinco mil florines, de lo que le cuesta conseguirlos a uno y a otro. Y de quienes todavía somos capaces de correr alguna vez para intentar alcanzar un tren que partió hace años. Es decir, hablaría de toda esa gente olvidada que como vos y como yo -en cualquier idioma, en cualquier lugar- hace lo que puede para defenderse del mundo, para conservar la alegría.
 
Sobre el final de 2011 empecé a revisar los apuntes y a componer los primeros temas. Después conseguí trabajo y me compré una guitarra eléctrica. Podría haber grabado con los instrumentos que tenía, pero creí que el trabajo duraría, así que me compré una guitarra eléctrica. Sí, lo reconozco, también un bajo. Creí que el trabajo duraría, ya lo dije. Duró unos meses, hasta fin de 2012. A partir de entonces, ya con más tiempo, me dediqué a grabar.

Revisé lo que había estado componiendo y me encontré con muchísimo material. Fui organizando, puliendo, descartando (a veces con lástima) y reuní un puñado de temas que conformarían el disco. Se trata de un álbum instrumental casi en su totalidad (“musiquitas aburridas” se quejaría una chica fenomenal que tuve la enorme suerte de que me haya querido, hace mil años). Los pocos pasajes en los que me toca cantar lo hago en un inglés lamentable. Decidí escribir en inglés porque fue el idioma en el que nos manejamos durante el viaje y porque el hecho de no dominarlo muy bien me resultaba estimulante. Por supuesto me tomé alguna licencia poética y varias licencias humorísticas. La idea original era aprovechar ese inglés medio en joda del que nos valimos para ponerle un toque de humor al disco, pero al final, volviendo sobre el resultado, no estoy seguro de que haya salido como esperaba. Ya lo dejó dicho Discepolín: somos la mueca de lo que soñamos ser. (Y una mueca muy absurda.)

Hasta aquí la historia del proyecto. El resultado son unas cuantas canciones sinceras, orgánicas, en las que técnicamente no quise intervenir demasiado. La mayor parte del disco está compuesto de primeras tomas. Sólo repetí las justas, las que habían salido impresentables. Y ni siquiera todas ellas. Hay algunos errores de ejecución que no quise corregir en pos de conseguir una frescura y una espontaneidad que en general no se encuentra en los discos de estudio (salvo en los de Jimmie Vaughan). No hay un trabajo forzado de post-producción. Me ceñí prácticamente a rajatabla a lo que mi hermano y yo llamamos el Concepto Sans Façon. Y estoy muy contento con el resultado. No hay parafernalia ni edulcorante. Hay suficiente aspereza, como exigía la zona y el momento histórico. Hay la sensación de no saber bien lo que pasa, dónde se está. Hay mucho espacio que fue dejado abierto a la improvisación. Hay la ejecución equívoca, la melodía que a veces no termina de resolverse. Y hay -por supuesto- los semáforos, las plazas, las estaciones de tren, los cafés. Es decir, la calle.

Bueno, no quiero entretenerlos más, que después de leer lo anterior ya estarán al borde de un ataque de ansiedad preguntándose ¿pero dónde se puede oír ese discazo extraordinario? ¿no?



*

miércoles, 21 de enero de 2009

Desnudo Femenino sobre Diván Negro

Debo confesar que les he mentido. No soy, en realidad, un auténtico autodidacto. Conocí a Gonzalo Arribúa en aquel Palermo un poco insólito de los años noventa, que como dejé dicho en algún lugar de este bloc (sic), poco que ver tenía con el de ahora. En seguida lo contraté como mi instructor de guitarra, fundamentalmente por dos motivos: por su soltura para interpretar cualquier ritmo sin que se viera afectada su habilidad (bastante modesta,por cierto), y porque sus lecciones me resultaban bastante accesibles ya que le pagaba con mate y tortafritas. A veces, también, biscochitos Nueve de Oro.

Recuerdo aquellas lecciones como hondamente enriquecedoras a pesar de que el uruguayo jamás pronunciara una palabra. No era lo que se dice “un gran profesor”. No. Ni mucho menos. Nos sentábamos y tocábamos largamente durante cuatro o cinco horas. Dedicábamos cada sesión a un mismo estilo, que dependía del estado anímico del troesma. Me dejaba interpretar libremente, asintiendo al compás de la música o negando enérgicamente mediante algún oportuno y rotundo pedo oral. Una única vez consintió en darme instrucciones, y no lo olvidaré fácilmente, si es que lo olvido. El Maestro marcaba un blues muy lento en su guitarrón mejicano y yo, su humilde discípulo, me largué a tocar encima, un poco arbitrariamente. Arribúa abandonó la interpretación, apoyó el instrumento contra un ropero y me explicó: “Lo que tiene forma de mujer se toca como una mujer”. Después salió a la calle, dobló la esquina y lo vi alejarse por Gorriti, para el lado de Colegiales.


***


lunes, 15 de diciembre de 2008

AUTORRETRATO de un EQUILIBRISTA



Ya por la foto se ve que no es un teórico. Trabaja sobre ideas, pero no es ningún teórico. Lo que sabe lo aprendió de prepotencia. Supo que no debía volver a confiar en un profesor a la temprana edad de nueve años. Se trata, por ende, de un autodidacto. Su perfil más favorable es el lado de la sombra. Especialmente si la proyectan luces de luna y almacén. Por otra parte a esta altura ya le va quedando poco de todo: pocos cigarros en el paquete arrugado que lleva en algún bolsillo (casi siempre Parisienes o Particulares 30, para más datos), poca capacidad pulmonar (quizá por eso le gusta tanto esa respiración asmática del fuelle de Pichuco), pocas ilusiones vacantes –las fue tachando de a una por imposibles-, poco tacto, pocos lápices con punta, poco pelo. Si lo mirás desde arriba le adivinás la rabia. Si lo mirás desde abajo parece a punto de caer o estar cayendo. Pero nunca cae del todo. A eso se dedica. Le revientan los aplausos. Para no oírlos usa un walkman del siglo veintiuno, un dispositivo del tamaño de un encendedor que guarda fácilmente en el bolsillo almacenando una cantidad increíble de canciones y que mediante una función llamada random o shuffle es capaz de reproducirlas en un orden también increíble: Los Redondos antes de Rivero y después de Manu Chao, por poner un ejemplo sin síncopas.

No tiene un pelo de sonso, pero lleva una peluca en la valija para cuando es necesario hacerse el boludo. Últimamente recurre a ella con demasiada frecuencia. A la peluca y a la valija, en la que también guarda páginas de Arribúa. Las repasa, piensa en cómo aprovecharlas algún día, y cuando al fin lo resuelve, las devuelve a su valija y se pone la peluca.

Tres marcas en la frente nos hablan de su oficio. La de la izquierda cuenta que pedaleó los Andes desde Salta hasta Quito, que los bajó rodando, que se hizo amigo de Dios y lo salvó un milagro. La vertical pequeña que le junta las cejas se la dio de propina una gitana en Granada. Y la tercera marca, un poco más arriba, habla de Buenos Aires. En rigor todo él habla de Buenos Aires. Sobre todo otra marca en el pecho y a zurda.

Con el gesto permanente de quien no termina de entender bien de qué se está hablando cambia de mesa, de grupo y de charla con la misma arbitrariedad que su walkman en random. Tiene un aire como de estar preparado para salir corriendo en cualquier momento. Parece siempre a punto de irse, como conciente de que no le queda mucho tiempo. Pero le encanta perderlo: caminar sin rumbo fijo las ciudades o los campos, navegar iluminando el caos de su pensamiento hasta el naufragio definitivo, comer aceitunas y tirarle los carozos a su cuñada en la cabeza con el único propósito de molestar, intentando que ésta no se de cuenta. Pero le resulta muy difícil, en general se da cuenta.

Además ama la música, las ciudades, el vino. Le encanta comer asados con los amigos, aunque el asado le importa bien poco. Le divierte observar las reacciones de la gente frente a un par de conductas que él adopta, cada tanto, para propio regocijo. Se confiesa incapaz de diferenciar una corchea de un "semitono", un flogger de un emo, un acorde menor disminuído de un solo de violín. Le enferman esos pseudo intelectuales, imbéciles incurables sin una sola idea propia y ¡tan satisfechos de sí mismos! Y en estos tiempos de crisis en los que todo el mundo añora seguridad, tiembla aterrado ante la mera posibilidad lejana de tener que firmar algún día un contrato indefinido.

Al final tenía que irse, no se queda mucho tiempo en ningún lado. Se va como distraído y con cierta indiferencia. Se va por la cuerda floja con el gesto sereno y la mirada en calma. Tiene el gesto y la mirada de quien ha sabido perdonar. Sonríe como cansado y no cuesta nada comprender que el tipo no guarda rencor a nadie. Ni siquiera a la hija de re mil putas de Gloria, esa conchuda de mierda que le destrozó la vida.

*

martes, 18 de noviembre de 2008

VEINTE AÑOS DESPUÉS



"Esas tardes tan claras en casa de un amigo
A la vera de Banfield hube paz de suburbio,
Vi la pampa tirada igual que un soguerío
Y el cielo azul y blanco como nueve de Julio."


J.L.B.


Durante el último viaje a Buenos Aires un equilibrista tomó esta foto para tener un recuerdo del cielo porteño, que –como pueden apreciar en la imagen- es mucho más lindo que cualquier otro. Estaba pensada para la sección “Álbum particular”, en la que ya he publicado otra y seguiré publicando quizá, pero me aseguraba un drogón de mi barrio que una foto acompañada de texto “pega más”. Yo había pensado en un poema ajeno para acompañarla, más que en un poema en una estrofa de ese poema. Una estrofa lindísima de Borges que mi viejo recitaba seguido, pero nunca habíamos logrado recuperar el resto del poema (hasta que mi viejo –cansado de recorrer librerías de usados y bibliotecas públicas- abandonó el método tradicional de búsqueda y tecleó el primer verso en Google), ya que estuvo incluido únicamente en la primera edición de Luna de enfrente, siendo excluido después de toda reedición como condición del autor para autorizar la publicación de sus Obras Completas. Pensaba titular la entrada con el lugar y la fecha en que tomé la foto, y como fue en Septiembre de 2008, Buenos Aires, Argentina, fui a parar derechito a la canción de Cacho Castaña -escrita veinte años antes- que, con unas poquísimas correcciones que me permití sobre el original, transcribo a continuación.


Septiembre de 2008, Madrid, España.


Querido amigo, recibí tu carta de África y me alegra mucho saber que todo está bien. Aquí la cosa está chunga. Tirandillo. La crisis se pasea por las calles y la tristeza del pueblo es como un avión que no logra despegar y se hace mierda al costado de la pista. No es una metáfora, querido amigo, ocurrió hace unos días en Barajas. No sé qué pasó, no sé cómo fue;
pero no te vuelvas. Te diré por qué:



Si vieras qué triste que está nuestra España,
Todo abandonado, los rincones llenos de telas de araña,
Aquí muertos de asco, todos en el paro,
Casi tres millones de desocupados,
Y aquel edificio que empezamos juntos…
…No está terminado.


Si vieras qué triste está el reino de España,
Tiene el ‘cante jondo’ de los indigentes que ya no se bañan.
¡Esto es una ruina, ya no hay nada sano!
¡¡Salieron corriendo los ecuatorianos!!
Y rumbo a Marruecos salen las pateras…
¡¡¡Llenas de africanos!!!


Si vieras qué cara que está nuestra España…
Los economistas dicen que no hay caso: ni fuerza ni maña.
En vez de al gimnasio a correr la coneja,
Ni jamón ni gambas: ¡hartos de lentejas!
(Hay una ventaja: si quieres las comes…
…y si no las dejas.)


Si acaso te encuentras con otro paisano,
Dile que en su pueblo todo el mundo está con el culo a dos manos
La risa del niño parece una mueca,
La tierra se queja de cansada y seca…
¡Aunque venda el alma no cubro la cuota
De la hipoteeeeeeeeeeeeeeca!


C.C.

viernes, 31 de octubre de 2008

LA PARADA




DESAPARICIÓN TÍPICA DE UNA PARADA


Fue por aquel entonces que andaban por el barrio.
Cada quince minutos pasaba un colectivo,
y ya entrada la noche (no importaba el horario)
desde Córdoba o Vega llegaban sus rugidos.


Si pensamos un poco –cosa que a veces pasa-
supondremos que otrora aquello era posible:
Transporte de mil hombres que volvían a sus casas
y otros mil que arribaban “de José Paz a Wilde”.

Lo cierto es que una noche (según dicen, de estío)
se afanaron el poste un par de inadaptados
(el poste que se alzaba para marcar el sitio
en que paraba el bondi. ¡Qué terrible pecado!)

Cuatro o cinco muchachos lo subieron a un flete
y lo llevaron lejos: Caballito o Lugano;
pero ese es el chamuyo de falsos alcahuetes:
¡Fueron los atorrantes de la calle Serrano!

Y alzaron el bagayo… ¡pero en mitá del patio!
Hacerse una parada, qué cosa más oronda;
desde entonces no ha vuelto a pasar por el barrio
jamás un colectivo. Hoy nuestra pena es honda.

A falta de organito el estéreo de un auto
acompasa las siestas con tangos de De Caro.
El gordo de a la vuelta sigue opinando, incauto,
“andá a saber, hermano, capaz que andan de paro”

Yo tuve que tomarlo (para ir a cierta quinta):
Lo esperé cuatro días… al quinto ya era un zombi;
¡qué curiosa tardanza! La calle era la misma…
Sólo faltó una cosa: la parada del bondi.

Ya adivinan ustedes lo que hoy ocurre, es obvio:
los choferes comparten un presente irrisorio.

J.L.B.