domingo, 3 de febrero de 2008

Enero de 2008


2008, enero. Miércoles.

Cuando supimos que seríamos padres, uno de los temas que puso en tela de juicio el matrimonio fue la elección de un nombre para nuestro hijo. Discutíamos diariamente en cuanto abordábamos el tema hasta que acordamos una solución bastante fácil: si era niña llevaría el nombre de la madre, y si era varón, también. Lo llamamos Berutti. Si bien hubo alguna diferencia también en cuanto al tema de guiar su educación, fue en comparación mucho menos arduo. Berutti madre auspiciaba la idea de mandarlo a un colegio para sordomudos, a pesar de que Berutti hijo oyera y hablara con absoluta normalidad. Yo me inclinaba por mandarlo pupilo a una escuelita rural, lo más alejada posible. Finalmente y no sin antes consultar la opinión de varios especialistas y educadores, nos decidimos por un colegio mixto, ante el desconcierto de los especialistas consultados y de un tío abuelo mío. Los argumentos de los expertos se basaban principalmente en estudios merced a los cuales hemos sabido que la división de los alumnos por sexo durante el aprendizaje resulta muy favorable para el desarrollo académico. Con la misma contundencia confirmaron mis sospechas de que una escuela de sordomudos no sería lo mejor para Berutti hijo. Creo que aceptar esta última recomendación fue un acierto, y no hacer caso a la primera, también. Expongo los motivos que nos decidieron: Que durante sus años de escolaridad nuestro hijo acusara un nivel académico un poco mayor o un poco menor que otros alumnos, en verdad nos traía sin cuidado. ¿Cuáles son los puntos realmente importantes en un programa de enseñanza que abarca desde la niñez hasta avanzada ya la adolescencia? Supongo que aprender a leer, a escribir, a hacer una serie de cuentas más bien elementales. Lo demás, vanidad de vanidades. Lo que resulta ciertamente importante del colegio no está en los programas. Allí aprenderemos una serie de cosas que nos serán muy útiles para aplicar luego, de diversas formas, a lo largo de toda la vida: a cumplir ciertas obligaciones, para empezar. O a relacionarnos con gente de toda índole. Y es mejor que entre la gente de toda índole también haya alguno que otro de distinto sexo. Cuando uno acostumbra tratar solamente con gente de su mismo sexo y al llegar la adolescencia se ve impulsado a abordar a alguien del opuesto, es habitual que no sepa cómo hacerlo. No es gran cosa, tras años de dudas y angustias uno comprende que es igualmente complicado entablar relaciones con la gente en general, más allá del género al que pertenezcan, pero en el momento en que uno necesita una respuesta, lo considera un problema grave. ¿Y por qué está ante un problema? Porque no tiene experiencia en este tipo de relaciones, y a pesar de que en esta situación acaso se deba actuar más o menos como siempre, uno no lo sabe. Y ahí tenemos a un adolescente que hace ecuaciones de tercer grado en un tiempo récord, pero para tratar con las minas es todo un boludo, que salvo por lo de las ecuaciones fue lo que me pasó a mí. Y si no está la otra variante: al no haber tenido contacto con chicas durante la niñez, en cuanto entrás en la adolescencia te las querés cojer a todas. (También me pasó). La del colegio es una etapa lindísima en la que el aprendizaje es muy importante, pero no el del programa escolar. Es decir, hay que aprenderlo para ir cumpliendo, pero lo importante no es tanto lo que hay que cumplir sino cumplirlo, esforzarse por cumplirlo. Para cerrar tengo una anécdota: Un día estábamos con el pibe mirando el noticiero –habíamos terminado el colegio no hacía mucho- e informaron que había caído una banda que vendía títulos académicos. Debían tener metido a alguien del Ministerio de Educación, porque eran títulos perfectamente legales. Me acuerdo que el pibe estaba de lo más desengañado con la noticia, se sentía defraudado tras todo el esfuerzo hecho para conseguirlo:

-Nada vale nada- me dijo –Ahora si tenés una luca podés comprarte el título.
Y yo, como esas cosas que nos salen sin pensar en lo que estamos diciendo, le dije como consolándolo:

-Pero no se pueden comprar las anécdotas de la secundaria.

Viernes.

En cuanto al sufrimiento y el dolor que se acepta como intrínseco al artista, perdoname si te bato que no tiene nada que ver con esta serie de tormentos pseudo espirituales, este descontento más o menos existencial que estamos condenados a padecer y que ingenuamente reconocimos como propio de un temperamento artístico. Eso simplemente se llama la vida, y le pasa a todo el mundo. Sí, a tu portero también, creeme. No hace falta una sensibilidad desmedida para darse cuenta de que el mundo se va a la mierda irremediablemente, de que estamos perdidos desde el momento en que nacemos. Lo que sufre el artista, además de estas minucias, los tormentos verdaderamente propios del artista, se me ocurre que nacen cuando se resuelve por su trabajo, cuando decide no hacer otra cosa. Y durante un tiempo largo –si no es que toda su vida- se ve obligado a vivir en la miseria. Y aunque las ansias de trabajo y las ideas no lo dejen tranquilo, produce como puede y a duras penas porque no tiene ni para material (Picasso en París, los primeros años, antes de ser Picasso. Claro que después pagaría un castillo con una naturaleza muerta; pero esto no le ocurre a casi nadie). Y se gana el odio y el desprecio de todos los que lo rodean; porque aún habiendo trabajado mucho, no trae nada para meter en la olla (Van Gogh, toda su vida). Y trabaja con tanto ímpetu, tan apasionadamente, dedicando tantas horas y tanta energía a su trabajo que hasta su familia se siente abandonada. Pero nadie le paga. Por eso la gente le raja como a la peste, y ahí tenés la soledad del artista. No se siente solo ante la incomprensión general de su obra, esas son macanas. A él le da igual si alguien entiende o no. Se siente solo porque está solo: la mujer –si todavía no lo dejó- lo odia, los amigos le escapan más que a la cana porque saben que tendrán que invitarle el café, la familia lo quiere matar y para colmo de males no tiene un mango. Él es el único que paga su trabajo, lo paga con salud física y psíquica. Están desesperados porque han descuidado todo lo que amaron por no renunciar a lo que quieren y deben hacer. Piensan que su trabajo nunca dará frutos. Y casi siempre aciertan.

Por la noche.

Pero alguna vez, muy rara vez, tan sólo ocurre que ya no están para probar los frutos.

Martes.

Hace tiempo que no tomaba el metro. Olor a pedo en los vagones. La policía sospecha que se trata de rumanos. El P.P. asegura que fue E.T.A.

Jueves.

“…autor del segundo libro más vendido del mundo…” -escucho desde la televisión, al pasar- “el más vendido escrito por un solo autor, porque el libro más vendido de la historia, La Biblia, ya sabemos,”-nos informa el periodista con toda la suficiencia del mundo- “lo escribieron cuatro.”. Cosas así todos los días.

Sábado.

Hace unos meses empezamos a estudiar con Berutti hijo la vida y la obra de Van Gogh. Nos conmovemos a diario leyendo y comentando las vueltas de su vida. Esta mañana, camino del colegio, me preguntó:

-Papá ¿Van Gogh se fue al cielo?

Y yo le contesté tajante, un poco enojado ante su duda:

-Claro que se fue al cielo. Si Van Gogh no está en el cielo ¿qué podemos esperar los demás?

Para que casos similares jamás se repitan propongo (con cierta sorpresa de que nadie lo haya hecho hasta ahora) iniciar el proceso de canonización de los hermanos Vincent y Theo Van Gogh. El primero fue el modelo más perfecto de la historia en lo que a imitatio Christi se refiere (no le renovaron el contrato como pastor por haberse tomado el modelo evangélico “demasiado al pie de la letra”). ¿Que se suicidó? Naturalmente, pobre santo; en su situación, supongo que hasta el mismo Cristo hubiera renunciado a su misión redentora y antes se hubiera cortado los huevos. Y en cuanto a Theo, su santidad se manifiesta en su paciencia infinita al haber bancado siempre a su hermano, que -dicho sea de paso- estaba como una puta regadera. Y para colmo de males, apenas sobrevivió seis meses tras el suicidio del pintor. Así que empiezo a juntar firmas (¿será así como se inician estos procesos?). Para quien no esté del todo convencido puede consultar biografías de todos los colores y las cartas. A Gauguin mejor no hacerle caso, nos lo pinta como un santo demasiado santo, no resulta muy fiable; posiblemente lo hace para justificar su conducta injustificable cuando le tocó tratarlo. Lograremos canonizarlo a pesar de Gauguin.
No vendría mal tener algún modelo así a quién que poder imitar.

Lunes.

Mi última grabación no tuvo -entre los poquísimos que han conocido el resultado- una buena aceptación. Las reacciones oscilan entre el disgusto y el silencio. Y eso que la canción había sido aceptada en su momento con bastante entusiasmo. En realidad creo saber dónde está el punto flaco: los ha desilusionado el tempo tan lento que elegí para maquetarla. Siempre la habían oído bastante más rápida, por lo que “esperaban otra cosa”.

Para defenderme usaré los argumentos que desde las últimas décadas del siglo XIX se aceptan como punto de partida, es decir, a nadie le interesa hablar ya de armonía o de belleza ¿qué es la belleza? ¡En pintura (música, literatura, cine, etc.) hay que hablar de problemas! Ya lo enseñaron nuestros maestros -Spinetta, Cortázar, Cèzanne, Welles, Piazzolla, Gaudí, Matisse, Franccescolli, etc.- todo es experimento e investigación; no hay más que eso: intentar resolver los problemas con los que uno se va encontrando a medida que avanza. (Supongo que el primero que encontré yo fue que había grabado el charango en Buenos Aires con una clica de 90 bpm, cuando lo lógico hubiera sido usar una en 110, por lo menos. Un problema menor, si se quiere.)

Entre los problemas más graves que deberíamos resolver en este sentido está el de los responsables de difundir y apoyar la música en esta primera década de siglo. Como todos hemos notado, quienes ocupan estos cargos no tienen ni puta idea de lo que es la música, aparentemente creen que alcanza con conseguir un par de chicos o chicas lindas que canten sin desafinar y sepan bailar o dar vueltitas. O acaso meramente les importa un pomo la música, y están allí para vender discos como ropa, organizando conciertos como desfiles. Uno de los negocios más brillantes en este aspecto es el de los concursos al estilo de Operación Triunfo. Allí proponen una serie de candidatos en el estilo de lo que gusta y en cada programa hacen votar a la gente, a ver quién se queda, a ver quién se va. Al finalizar el concurso, no sólo consiguen un disco hecho a la medida de un público enorme, que venderán como pan caliente, sino que además han ido recaudando fortunas en cada votación merced al tan en boga sistema de voto por mensaje (envía RAULITO –espacio- EL CHUPAPERNOS al 7755, 1,20 + i.v.a por mensaje, 3 mensajes necesarios, por ejemplo). Pero ¿la música? Creo que viene al caso recordar a aquel personaje de Cortázar que en mitad de un concierto e inmediatamente antes de que lo saquen a patadas, se mete bajo las butacas y se pone a buscar algo entre los pies de la gente culta, molestando un poco, hasta que una vieja le pregunta:

-Señor, ¿ha perdido algo?
-La música, señora.

Esas canciones tan románticas, esos adolescentes patéticos de treinta y pico de años, por no hablar de lo que llaman el rock independiente. El otro día tuve la desdicha de encontrar un programa en el que pretendían dar a conocer las mejores bandas de la movida independiente. Bandas maduras que ofrecían los mismos problemas que una banda en la que tocaba yo con dieciséis años, pero resueltos de modo menos satisfactorio, y eso cuando alcanzaban a resolverlos. Alguien tendrá que buscar por otro lado. Yo no creo que ninguno de los pibes que están haciendo alguna cosa que valga se presente a este tipo de castings. Debe estar lleno de chicos que trabajan al margen, en orgullosa soledad (perdón, buenos días, Roberto Arlt), que no salen en la tele ni dan entrevistas (nadie se las pide), pero que –cada cual en su disciplina- trabaja en la solución de los problemas propios de su tiempo, que es el nuestro. A esos pibes es a quienes hay que descubrir y estimular si se quiere conseguir algún disco interesante, alguna crónica certera de estos días que se nos escapan para siempre. Pero –y aquí está la mala noticia- visto lo visto, seguramente ellos no querrán el apoyo de los empresarios circenses de la música; por lo que antes habría que abolir para siempre aquel modo de trabajo, y eso sería hundir un negocio millonario: ni lo sueñen. Que estos hombres de negocios sigan descubriendo “talentos”, es decir, chicos obedientes que aprendan pronto el paso de baile y sepan cantar sin salirse del pentagrama. Me parece fantástico que habiendo un público que lo pida, alguien se lo de. Pero que algún otro encuentre, por el amor de Dios, la manera de recuperar aunque sea algo de música; porque existe también éste público (me resisto a creer que estoy solo por completo en el mundo) que está esperando otra cosa, un público acaso menor, pero no por eso menos dispuesto a gastarse unos morlacos en un concierto o un disco, si es que no lo encontramos por Internet.

(¡¡Eh!! ¿Hay alguien ahí? Si sabés de algún concierto, chiflá, especialmente si oís que toca el Gordo María. Creo que no estamos solos).

Martes.

¿Por qué ese afán de alguna gente por corregir lo que está bien? Ejemplo: Esta chica que atiende la barra y que escuchando hablar al muchacho de Pakistán (al que llaman el turco), quien lucha con todos sus medios para intentar transmitir un pensamiento seguramente clarísimo, lo interrumpe para informarle que “se dice la mar, no el mar”. Uno que oía como de lejos, ahí nomás pero como sin querer, uno que curiosamente tenía mi voz y mi aspecto le dice entonces al cotur “no le hagas caso, el mar está muy bien dicho”; y esta chica le contesta: “los pescadores dicen que es la mar”. En eso intervino otro, que también oía de lejos, igualito al anterior. Fue como oír mi propia voz: “A los pescadores mejor consultarlos cuando uno necesita saber en qué condiciones conviene salir a pescar una lubina, pero para este caso resulta más útil un diccionario”. Y aprovechó para irse sin pagar.

Por la noche:

Envié unos textos a un concurso creo que literario. ¿Habrá algún premio para mí en esta vida, o al menos en la otra?

Jueves.

Mi carrera plástica no podía haber encontrado un comienzo más alentador. Empezó como la de los grandes: incomprendida. Ayer pinté un autorretrato bastante certero, y a pesar de que lo haya estropeado un poco con tanta pintura, lo miraba y decía ¡pa, me saqué igualito! Le encontraba un gesto muy característico, como si hubiera captado y logrado reproducir la esencia del personaje (esencia que desconozco por completo ya que el personaje era yo mismo). Volvió Vilches o Berutti del laburo y un servidor -orgulloso- le mostró la obra:

-Mirá- le dije. La miró, claro; y enseguida me dijo que se parecía al padre de una amiga suya, que seguramente tendrá treinta años más que yo, pero más pelo.

Hoy dibujé otro autorretrato al estilo del Greco, no tanto por la maestría sino por lo alargado. Yo quería ser lo más objetivo posible, pero me salió alargado. Ya se sabe lo que dicen: el estilo es algo que está ahí incluso contra lo que busca el artista. A ver qué dice Vilches cuando lo vea.

Por la noche

Esto de contemplar por la ventana a mi vecina desnuda ha dejado de ser un hecho extraordinario para convertirse en una maravilla frecuente.

Viernes.

Acordarme de aconsejar a Berutti hijo que jamás compre producto alguno que venga con sistema “abrefácil”. Resultan imposibles de abrir incluso utilizando los métodos tradicionales (por ejemplo los dientes). Ya he tenido que tirar tres paquetes de fiambre y dos frascos de mayonesa, sin contar el yogur y las galletitas de sémola.

Sábado.

Sobre el lector de Obras Completas- Por supuesto que hay mucha cosa que a simple vista no tiene mayor interés: nadie es capaz de producir únicamente obras maestras. La grandeza requiere un trabajo constante más que algunos aciertos geniales. Los volúmenes de obras completas necesitan un lector de obras completas. Este lector conoce ya los trabajos de mejor calidad que dejó el artista a quien está estudiando, pero son los otros, la obra menor, la que le interesa a partir de ellos. Es un tipo que lee más allá de lo que ve, alguien que quiere entender cómo se llega a la obra maestra, alguien interesado en conocer la evolución de un artista a quien admira. Si te contentás con lo que la gente culta llama la Pintura, la Música, la Literatura, no hace ninguna falta que te metas a husmear más: generaciones anteriores nos garantizan la calidad de ciertas obras, para que no tengas que andar por ahí perdiendo el tiempo. Pero a menudo ocurre que probar una delicia da más hambre y entonces nacen los lectores de obras completas, pobres investigadores atormentados que buscan respuestas donde otros pasan de largo.

Domingo.

Hoy escuché las últimas acusaciones que cayeron sobre el gobierno de Chávez y no pude dejar de recordar a Roberto Arlt. Según sus detractores, el mandatario venezolano estaría sosteniendo su gobierno con los ingresos que le proporciona el gremio de los narcotraficantes; lo que lo hermanaría espiritualmente con aquellos siete locos que pretendían financiar la revolución con una red de prostíbulos. En cuanto puedan probar sus acusaciones no quedará ninguna duda sobre lo que todavía tantos se niegan a creer: la naturaleza imita al arte.

Lunes.

Llegó a mis manos una obra inédita de Gonzalo Arribúa cuya existencia desconocía: Memorias de Oriente Próximo. Se trata de una suerte de diario de viaje sobre una gira de treinta y cuatro conciertos por la costa uruguaya durante el verano de 1998/99. La obra de Arribúa siempre despertó en mí un interés muy profundo; supongo que emitiré algún juicio crítico cuando haya acabado de leerlo. Manténganse a la expectativa.

Extraído de una carta de la madre de Picasso a su hijo: “Me cuentan que escribes. De ti me lo creo todo. Si un día me dijeras que has dicho misa, también te lo creería.” (¿Epígrafe para una biografía de Arribúa?)

Domingo.

Tras un largo período de inactividad he vuelto a las canchas esta tarde, en un partido improvisado entre vecinos del Sudoeste del río Besos y paseantes ocasionales que a la sazón se encontraban en la zona un poco distraídos, como ocurre en general con los paseantes. La evidencia de que el tabaco y el deporte no se llevan nada bien se puso ante mí con tan rotunda contundencia a partir del minuto tres de partido, que tuve que asumir una decisión largamente postergada: Dejo el fútbol.

Lunes:

Hoy cumple años Vilches (¿o Berutti?). El festejo empezó anoche, con unas empanadas criollas de mi cosecha, que salieron mejores que nunca. Ya se sabe que las grandes fiestas se conocen por las vísperas. Naturalmente bajamos el noble alimento con un producto delicioso criado durante algunos años en las barricas de roble francés de cierta bodeguita de la Rioja. Todo exquisito, inmejorable. ¡Y Pensar que hubo civilizaciones que no conocieron la empanada!

Por la noche

El espectáculo de mi vecina ha pasado de ser una maravilla frecuente a un bodrio habitual.