
martes 22 de febrero de 2011
martes 11 de enero de 2011
María Elena Walsh (1930-2011)

“Cuando llegue a puerto
me parecerá temprano,
pero daré gracias
por no haber vivido en vano”
María ElenaWalsh
(Ramos Mejía 1930-Buenos Aires 2011)
-Che- desde la habitación del medio mi mujer, a los gritos, requería mi atención- ¿murió Maria Elena Walsh?
-¿Por?
-No sé, todo el mundo está colgando videítos.
Mal asunto, pensé clínicamente. Cuando los síntomas son reacciones unívocas en las redes sociales la enfermedad suele ser la muerte.
Un correo electrónico de mi hermano confirmó nuestros temores. Te tengo que dar una mala noticia, decía el Pibe. A lo mejor ya te enteraste. Y después de la noticia una anécdota, porque la última vez que estuve en Buenos Aires habíamos estado charlando de sus discos. Y después de la anécdota una ocurrencia: “También se me ocurrió que por ahí un equilibrista tenga ganas de homenajearla en sus apuntes, no sé.”
La palabra Homenaje resulta un tanto desmesurada, sobre todo teniendo en cuenta el tiempo que hace que no escribo, un detalle puntual que debemos sumar a mi dejadez de toda la vida. Pero voy a asumir el desafío e intentaré garabatear unos párrafos, siempre que se me permita ser completamente franco.
Para empezar, confieso que yo no tenía la menor idea si estaba viva o muerta. De verdad. Si alguien me decía que se había muerto en 2002 no me hubiera producido un efecto distinto al de esta mañana, cuando supe su muerte. Para mí ella era una de esas cuatro o cinco personas míticas, como el Canario Luna (de quien me acabo de enterar que murió el año pasado), a las que la muerte no cambia en absoluto. Gente que vive con mucha más fuerza en el imaginario colectivo que en la cocina de su casa. Como Pugliese, como Arribúa. Gente cuya presencia se reconoce en las calles de Buenos Aires aunque no se los vea. De ese modo existía María Elena Walsh en nuestra cotidianeidad, aunque no supiéramos si vivía o había muerto.
Ya ven que de su vida no estábamos muy al tanto. Pero de lo que estoy seguro es que en estos últimos meses no hubo un solo lugar en el que se hayan oído más sus discos que en esta casa. Hace unos días, sin ir más lejos, mi hermana Dolores vino de París a pasar las Fiestas con nosotros, y entre los programas que desarrollamos a lo largo de esa semana no faltó la audición de no sé si cinco o seis discos de María Elena Walsh al hilo. (Somos unos jodones bárbaros).
En casa de mis viejos, en Buenos Aires, había unos cuántos discos de María Elena Walsh. No sólo discos infantiles. Allí nos criamos escuchando las canciones de En el país de Nomeacuerdo, por ejemplo. Pero también las de El sol no tiene bolsillos. Es cierto que durante la infancia se da el primer encuentro con la obra de Maria Elena Walsh, pero como todos sabemos, es esa una época en la que nadie entiende nada, y -por lo tanto- una época feliz. No sé por qué todo el mundo quiere acorralar a María Elena Walsh en esa época. (porque el idioma de infancia es un secreto entre los dos). Uno consigue reconocer el trabajo extraordinario de esta mujer recién cuando tiene uso de razón. Y hasta diría que un uso de razón más bien avanzado. Hacia los cuarenta años, si me apuran. Yo, por ejemplo, me acordaba toda la letra de La vaca estudiosa, pero no me di cuenta hasta mucho después -casi ahora- que la música es una copla Coya, como corresponde a la zona de donde la vaca era oriunda. O que en los textos de los alumnos (“los chicos tirábamos tizas y nos moríamos de risa”) el intérprete es un purrete. Si te ponés a repasar sus discos te vas a encontrar con cualquier cantidad de guiños de este tipo, y de ritmos folclóricos. De chico uno puede cantar la Marcha de Osías, pero hasta más tarde no reparará en la gracia de algunos versos (“quiero cuentos, historietas y novelas/ pero no las que andan a botón/ Yo las quiero de la mano de una abuela/ que me las lea en camisón”, entre otros). Cuando oigo a la gente decir que María Elena Walsh es una parte fundamental de su infancia, me da pena que se hayan perdido todo lo demás.
En la adolescencia es cuando los pibes sensibles le encontramos todo el sentido a su obra. Yo había arreglado Oración a la justicia para violín, clavicordio y banda de rock duro, pero mis compañeros de banda (de rock duro) no quisieron saber nada. Creo que la culpa la tuvo Spinetta, a quien admirábamos, que había dicho que aquel Charly García de Sui Generis no le gustaba porque sus canciones parecían de María Elena Walsh. A nosotros nos gustaba el Spinetta de Invisible, el flaco Spinetta de Pescado y hasta de Almendra. Pero si entonces hubiéramos viajado hasta estos últimos meses y hubiésemos podido ver en qué se convirtió el flaco, en esa vieja chota que invita a los periodistas que lo entrevistan a tomar un tecito, sacando una caja con diferentes infusiones y ofreciéndola con ademanes hiperdramatizados, entonces seguro que no le habríamos hecho caso. ¿Qué es eso de ofrecer té? Si es sabido que las buenas gentes beben vino. Y si no hay vino agua fresca. No te sorprendas si cualquier día de estos te enterás de que “Almuerza hoy con la señora Mirtha Legrand la distinguida señora Luis Alberto Spinetta”. Pobre flaco, al final no iba a saber envejecer con la naturalidad de María Elena Walsh. Pero no nos desviemos.
Cuando con catorce o quince años volví a buscar entre los discos de vinilo que había en casa los dos volúmenes de Juguemos en el Mundo, El sol no tiene bolsillos, y uno del cuarteto Zupay cantando sus temas, fue un deslumbramiento. Esa mujer que nos había entretenido tanto de chicos no había perdido el interés para nosotros sino todo lo contrario, ahora nos hablaba del mismo modo que antes -con ternura, humor, ironía- pero nos decía otras cosas, porque habíamos crecido. Nos hablaba con ternura en temas lindísimos como Vals Municipal, Sábana y mantel, Serenata para la tierra de uno, Canción de caminantes, Barco quieto. Con ironía en The kana o Canción Neurótica (“Me paso las noches en vela/ rumiando a Cortázar y el jazz/ después me desayuno en el Di Tella/ que -créame- es la única verdad”). Y siempre con un sentido del humor maravilloso.
Empecé admirando pequeños detalles. Me encantaba que llamara Papá Noel a Fidel Castro (en Gilito de barrio Norte), por ejemplo. O sus recuerdos de Ramos Mejía, donde había un cielo entero/ por el que navegaban las hamacas/ y leche que el lechero/ traía no en botella sino en vaca”. Me maravillaban sus canciones de protesta (Oración a la justicia, Canción de cuna para Gobernante, no tanto Diablo estás). Y el abuso de la fantasía en El Señor Otoño, o El mono moto loco. Y el ingenio de la milonga Sapo Fierro.
Como todos ustedes comprenderán, no tardé en enamorarme de ella. La diferencia de edad y la incompatibilidad de nuestras tendencias sexuales frustraron de raíz el idilio. (Según los especialistas, nunca me recuperé del desengaño.)
Y como uno siempre vuelve a lo que ama, hará unos seis meses me bajé todos aquellos discos de María Elena Walsh que había en casa de mis viejos, y desde entonces volví a disfrutar con ellos igual que antes, cuando era un adolescente deslumbrado que con cada verso se iba cerciorando de que el mundo era un lugar fenomenal y complicado.
Como ya dije más arriba, en estos últimos meses escuché muchísimas veces esos discos geniales grabados hace como cuarenta años. Y nunca estuve más seguro de que hay alguna gente a la que la muerte no cambia en absoluto. Gente que vive para siempre en un lugar que construyeron ellos y que consiguieron que cohabite con éste, en el mismo espacio y tiempo, pero quedándose mucho más cerca de nosotros.
*
martes 23 de marzo de 2010
Regalos
Por lo que a mí respecta, a caballo regalado no se le miran los dientes. Lo que me resulta imperdonable es no implicarse por completo en los preparativos. Porque el hecho de hacer un regalo te deschava. A través de lo regalado cualquiera puede descubrir en el autor cualidades como la generosidad o la holgazanería, la necedad o la nobleza, el buen gusto, la intolerancia y hasta la miopía. Por mucho que nos pese, un regalo saca a la luz los rincones más oscuros de nuestra personalidad.
No deberíamos tomarnos tan a la ligera el hecho de regalar, porque en cierto modo un regalo te define. Define tu relación con el mundo, o por lo menos con el destinatario del regalo. ¿Cuánto estoy dispuesto a invertir? ¿Solamente dinero, o algo más? ¿Tiempo? ¿Energía? A mí los regalos que me gusta hacer y recibir son esas cosas que no se consiguen de otro modo. Pero reconozco que no es lo más habitual. En general uno tiene que contentarse con otra corbata, un perfume o un reloj.
Desde muy chico supe que lo que podamos hacer nosotros paga mucho más que cualquier cosa comprada. Lo descubrí con cinco años, en la emoción de mi viejo al recibir para el día del padre un cenicero que había hecho yo mismo en el jardín con un pan de jabón blanco de lavar la ropa, emoción que no fue menoscabada en absoluto por la circunstancia nimia de que él no fumara. A partir de esta temprana comprobación intenté continuar siempre regalando de mi propia cosecha, salvo en casos complicados en los que la originalidad de otra ocurrencia como posible regalo o el muy frecuente de no contar con el tiempo necesario desestimara por completo la idea de ponerse a componer una copla, esculpir un bloque de granito, elaborar once docenas de empanadas.
Si uno está en situación de invertir únicamente dinero, convengamos en que la única opción razonable es regalar una o varias botellas de vino. Pero hay otros regalos digamos no artesanales, no tan especiales, que no requieren tanto esfuerzo como un soneto o un vals en do menor, pero que están un escalón por arriba de la botella de vino o de cualquier otro regalo en lo que no se invierta más que dinero, porque además del vento ha habido que dedicarle horas de meditación, una dosis grande de intuición y buen grado de riesgo. Son los regalos que a simple vista pueden parecer materiales, pero que en realidad son materia para la realización espiritual. Como ejemplo se me ocurren dos: un bandoneón y sesenta kilos de arcilla, pero si te ponés a buscar debe haber más.
Entre los regalos que no fueron de mi propia factura, sin duda el mejor se lo llevó mi amigo Diego Fútbol cuando se mudó al departamento de la calle Lambaré. No, no le regalé un bandoneón ni sesenta kilos de arcilla sino un potus; por parecerme éste un regalo mucho mejor que una licuadora. Pero no crean por eso que se salvó de mis creaciones, ya que unos años más tarde, para su casamiento, consideré muy oportuno intervenir entre la obligada vajilla de uso diario, los muebles y los electrodomésticos que son de rigor, haciendo acto de presencia -desde el exilio- con mi regalo incorpóreo, su Tema de Diego Fútbol, una vieja canción que a él le había gustado una tarde en un patio de Palermo, y que decidí grabarle como regalo de boda para que no tuviera que preocuparse por darle una ubicación entre las típicas cajas de los recién casados y un potus que acaso arrastrara desde épocas pretéritas.
Fui siempre miembro de familia numerosa y pobre, y por ello especialista en hacer regalos más “espirituales”, en contraposición con los llamados “materiales”. Recuerdo por ejemplo una de mis primeras pinturas, que regalé al gordo Colinas una primaveral mañanita porteña, con el propósito oculto de incomodarlo. Mismo destinatario tuvo mi primera obra impresa, Orquestra, que le obsequié con motivo de su cumpleaños aquella tarde irrepetible del treinta y cinco de agosto. Mi primera obra impresa constó de ese único ejemplar, con lo que regalándosela al gordo la puse a salvo para siempre. Confío plenamente en que la haya perdido, por eso se la regalé. El gordo Colinas era uno de esos tipos a los que uno podía confiarle cualquier cosa que quisiera que desapareciese para siempre. Bastaba con dejarlo en cualquier rincón de su pieza, en Villa Crespo.
Tampoco se me pasa una lámpara de pie que con mis propias manos hice y regalé a mi primera mujer. Llevaba una leyenda en la pata (un tronco de lo más rústico) en la que -citando al flaco Spinetta- le recordaba: “de ti saldrá la luz, tan sólo así serás feliz” (Me pareció divertido que una lámpara, fuente de luz, sentenciara aquellos dos versos del flaco). Tuve que hacer magia negra para transportarla hasta Córdoba en un bondi del estilo Costera Criolla. Tras recibir el regalo, ella me abandonó a los pocos días. No la culpo, era incomodísima la lámpara esa.
Otro resignado destinatario de mis berretines fue el bueno de Pablo Ryan, pobre. En poco menos de un año recibió dos mamotretos de no sé cuántas páginas -y para peor manuscritas- con los relatos de un viaje en bicicleta por Sudamérica que -por si fuera poco- ya había sufrido en vivo y en directo junto a mí. No conforme con eso, varios años después y cuando ya se creía a salvo de mi alcance, le mandé para su casamiento la grabación de un tema que había compuesto en Bolivia, durante aquel viaje, con un charango potosino y mi borrachera y mi mala voz.
No me queda más remedio que hablar ahora de Lorena, pobre santa, mi mujer actual y quiera Dios que por muchos años. Ella sí que ha sufrido a lo largo de estos últimos años mis regalos de todo tipo, menos de aquellos en los que sólo se invierte guita. Lo primero que le regalé, cuando todavía estábamos de novios y vivíamos en una isla en el Mar Mediterráneo fue esta emoción disfrazada de poema, que para mí sigue teniendo su encanto ahora, varios años después de haberla escrito:
Una emoción con ojeras
y verde como un milagro,
liviana como un poema
o la primera luz del día;
una emoción todavía,
permanente o pasajera;
acá tenés mi regalo:
una emoción con ojeras.
Es verde como un milagro
y anda descalza en invierno,
tiene gusto a mate amargo,
huele a pan recién horneado,
es un día libre ganado
tras derrocar un gobierno;
nació conmigo en Palermo
y es verde, como un milagro.
Una emoción bien canyenge,
¡sinfónica, victoriosa!
como un concierto de duendes
reos de risa despierta;
una emoción siempre abierta,
una emoción “parasiempre”,
como quien te da una rosa
te doy mi emoción canyengue.
Mallorca; 28 de enero de 2004.
A partir de aquel primer regalo ya me solté y fui festejándola en cada oportunidad. Le regalé desde una pintura que cuelga en el living de casa hasta un recuerdo de mis días en Granada. El regalo más trivial que le hice fue una cámara réflex, que entraría en la clasificación de “materia para la realización espiritual” de uno de los primeros párrafos. Tan trivial resultó que casi podría decirse que la uso exclusivamente yo. Siempre preferí hacer regalos de los llamados “originales”. Juzgo que este tipo de regalos bastante personales son los que de verdad valen la pena. Así se lo explicaba a ella una Navidad helada de hace algunos años en el pirineo catalán:
Milonga de Nochebuena
(Villancico algo resentido para celebrar la pobreza de espíritu y la otra)
Algo que no se pueda pagar con guita,
hoy la miseria me invita /a escribirte esta canción,
un regalo que abra fuego con pólvora de dos mangos,
rotundo como los tangos /y pelado como yo.
Algo que nadie más pueda regalarte,
para gambetear con arte /la situación
y arrancarte una sonrisa de esas que me gustan tanto
cuando al fin oigas mi canto /aunque ya no tenga voz.
Algo que no se compre, que no se venda;
busco un regalo que ofenda /a los que hoy recibirán
licuadoras y corbatas, perfumes finos y agendas
que me están sobrando tiendas /y faltando Navidad.
Que rabien los andorranos en sus hoteles de lujo:
¡Abran cancha porque empujo /con la fuerza de un avión
implacable y sorpresivo como el once de septiembre!
rabien porque en un pesebre /-con los pobres- nace Dios.
Habrá milonga esta noche, milonga para Lorena,
milonga de Nochebuena /aunque nos corten la luz,
habrá al menos tu milonga hecha con estas dos manos
y un corazón gordo y sano /como el niñito Jesús.
Escaldes Engordany; 24 de diciembre de 2005.
***
sábado 26 de diciembre de 2009
Chau pucho
Mirá, para serte franco, no noto ninguna mejoría. Los profetas de la vida sana auguraban grandes beneficios. Qué se yo, a lo mejor es un poco pronto, pero ¿cuánto quieren que espere? ¿Seis años?
Hace tres semanas que no fumo y, lejos de haber agudizado el gusto y el olfato como prometen los instigadores, me agarré un catarro padre así que no huelo un pomo y de saborear no hablemos. Y menos mal, porque si casi impedido para la degustación me puse a morfar como un animal, no quiero saber lo que sería si oliera a las mil maravillas y saboreara como corresponde.
Tampoco advierto que rinda más a la hora de hacer ejercicio. Ni un uso más profundo de los fuelles. Ni menor agitación al subir los cuatro pisos por escalera hasta el departamento en el que vivo. Lo que sí he notado es que ya no tengo olor a pucho en los dedos. Un consuelo menor, si se quiere.
De cualquier modo estoy contento. Si bien todas las promesas se desvanecieron el sólo hecho de haber dejado de fumar me alegra. No porque me sienta mejor físicamente, ni porque me ahorre unos cuántos mangos, sino por haberme librado de una dependencia de muchos años. Estoy contento, más que nada, por haberme sacado una cosa de encima. Por necesitar una cosa menos.
Tres años duró el proceso, desde que decidí dejar de fumar hasta que lo logré. Tres años y varios fracasos rotundos. En esta nota explicaré cómo lo conseguí después de todo y trataré dar alguna clave para quien quiera intentarlo, pero para hablar de ello hay que rastrear el origen, hace unos meses, en una ciudad de Castilla y León, o tal vez en un patio de Palermo, en Buenos Aires, hace muchos, muchos años. Digamos tres.
Aquella tarde, en Buenos Aires, en la casa donde había fumado mi primer cigarrillo, tuve un pensamiento melancólico. Me di cuenta de que tarde o temprano mis malas costumbres iban a terminar pasándome factura, y que llegado el momento yo debería pagar esa factura con una moneda que apenas había visto alguna vez: dolor físico. A pesar de haber sido educado en la certeza de que lo terrenal no tiene ninguna trascendencia, a mí, lamentablemente y contra todo lo que yo quisiera, el dolor físico me aterra. Podría toda la gente a la que quiero morir al unísono dejándome solo por completo en este mundo, y yo escribiría un tratado filosófico. Podría mi mujer engañarme con todo el barrio, que ya me compraría yo un bandoneón y me consolaría componiendo cuatro tangos. Podrían mis hijos engancharse a las drogas duras que yo les regalaría una guitarra eléctrica y unos discos de Hendrix y pensaría que no todo está perdido. Si River se fuera al descenso y la selección Argentina quedara fuera del mundial, dos cosas que parecen muy posibles, quizá yo aprendiera las reglas del golf, o del pato, o de la natación sincronizada, y a otra cosa mariposa. Pero un simple dolor de cabeza me aniquila. A mí me duele una muela y no sirvo para nada. Un dolorcito de oído y considero el suicidio. Para el dolor metafísico tengo algunos recursos, pero para el dolor verdadero, el tradicional, el de toda la vida, soy muy maricón.
Había vuelto, entonces, de Montevideo con un dolor extraño, jodido, en el pecho, y poco me costó intuir que el cáncer tenía que ser mucho peor. No estaba dispuesto a padecerlo. Por lo menos no estaba dispuesto a alimentarlo. Supe entonces, por primera vez, que quería dejar de fumar. No me lo había planteado antes, aun conociendo los daños que provocaba en la salud. Hasta entonces yo relacionaba la palabra “cáncer” con la palabra “muerte” , pero jamás se me había ocurrido relacionarla con la palabra “dolor” hasta esa tarde. Y decidí dejarlo. A la sazón yo fumaba apenas menos de veinte cigarrillos al día. Unos diecinueve. Se me ocurrió que lo único que necesitaba para dejar de fumar era una decisión firme, y me propuse el 31 de diciembre de aquel año (2006) como mi último día de fumador. Jamás se ha tenido conocimiento de un fracaso más rotundo.
En esos días, a una hermana mía le habían prestado un librito titulado Es fácil dejar de fumar si sabes como, creo, y -juzgando que yo estaba más decidido que ella- a su vez me lo prestó. Yo estaba tan convencido de que conseguiría dejar de fumar que no me traje el cartón de cigarrillos que solía traerme siempre de Argentina. Pero el libro tampoco me fue de gran utilidad y tuve que volver a comprar puchos acá en España, mucho más feos y mucho más caros que los Parissienes. Qué bronca que me dio. Lo intenté durante un par de semanas, pero no pude aguantar un sólo día sin fumar. Aunque fuera al final del día necesitaba fumar un pucho antes de irme a dormir. Asumí finalmente el fracaso y seguí con mi vida de siempre.
Dos años después y habiendo sufrido en el interín algún otro fracaso parecido, ya con un trabajo más estable y nuevamente motivado imagino que por alguna dolencia, volví a intentarlo. El resultado, un desastre. O lo que a mí me había parecido un desastre; pero mirado con cierta perspectiva histórica, quizá no lo fuera tanto. Porque si bien a las seis de la tarde, cuando salí del laburo corrí desesperado a comprar puchos, también es cierto que había conseguido hacer todo lo que exigía una jornada normal sin fumar. Lo más difícil para mí era no fumar en las pausas de trabajo. Y aunque al salir había buscado alivio en un pucho, por lo menos ahora sabía que con algún esfuerzo era posible evitar fumar probablemente en cualquier circunstancia. Sólo que todavía no estaba en condiciones de hacer el esfuerzo.
Pero hace unos meses, de viaje con mi mujer y mis viejos por el norte de España, paramos un par de días en León. Allí hay una de las poquísimas obras que Gaudí hizo fuera de cataluña, creo. Frente a ella, en la vereda (o vedera, que también se puede y se suele, como bien ha señalado Rosencof) hay una estatua en bronce del maestro (me refiero a Gaudí, no a Rosencof) sentado en un banco público. Y a la derecha del maestro había por lo menos aquel día un puesto de chapa de la Junta de Castilla y León, donde repartían unos folletos. La más entusiasta promotora y auspiciante de mi decisión de dejar de fumar ha sido siempre mi madre. Y como es natural, también ha sido ella quien más hondamente ha sufrido desilusionada mis periódicas derrotas. Y aún teniendo motivos suficientes para abandonar la fe jamás se ha rendido, por eso ahí estaba, en el puesto de chapa de la Junta de Castilla y León que yo todavía no había visto, charlando con una chica que le había dado un folleto verde y cuadradito: una Guía práctica para dejar de fumar. No tenía intención de volver a intentarlo, así que la leí superficialmente y la guardé por si pudiera venirme bien cuando volviera a la carga. Un tipo previsor, sí. Y al final me vino al pelo, fijate.
Hará cosa de un mes leí con desazón una notificación en la que me comunicaban que me reducirían en buena medida la beca de la que gozo desde hace unos meses y que en cualquier momento se agota. En estas circunstancias, me dije solemnemente, lo importante es no perder la calma, y sacando del cajón de mi escritorio lápiz y papel me di a hacer un presupuesto. Concluí en que tenía dos opciones: o dejaba de fumar o me ponía a laburar. Naturalmente, elegí la primera.
Pero dejar de fumar no se improvisa, rezaba la Guía práctica que mi madre había conseguido aquella tarde leonina y que ahora yo repasaba conmovido, dejando escapar alguna lágrima en los párrafos más emotivos. La clave de lo que hasta ahora parece ser un éxito fue haber preparado, esta vez, una estrategia. Porque hubo un trabajo previo importante.
Suele aconsejarse el hacer una lista con los motivos que cada uno tiene para dejar de fumar, pero todo el mundo tiene más o menos las mismas razones (principalmente la salud y la guita) y ya todos sabemos bastante bien que fumar nos hace mierda, así que este paso me resulta un poco al pedo. Lo que si viene bien es planificar una fecha no muy lejana para dejar de fumar y mientras tanto identificar por qué solemos fumar, más allá de la costumbre. La guía dice: “Dejar de fumar es un proceso en el que tendrás que aprender a realizar tus actividades cotidianas sin tabaco. Es importante que sepas cuándo y por qué fumas”.
Lo más piola sería darse un margen de dos semanas, pero yo me di una sola, porque me quedaban cinco atados de puchos (compraba de a cartones, para no tener que ir todos los días). Como sea, una vez elegida la fecha (conviene que no sea muy enquilombada, claro) habrá que evitar fumar automáticamente. Porque es increíble la de puchos al pedo que nos fumamos, solamente por costumbre. Parece que no se pudiera manejar sin fumar, cuando en realidad apenas te das cuenta que estás fumando. O en cuanto salís de tu casa, ya prendés uno para caminar dos cuadras. Al pedo. Cuando tomás café ya tiene más sentido, pero en estos días previos a la gran decisión también conviene evitar esos puchos, los que están relacionados con otra actividad, porque si no cuando llegue el momento de dejar de fumar vas a tener que suspender también esas actividades. Es decir: conviene dejar de fumar un pucho ahora mientras tomamos el café que suspender pucho y café la semana que viene. Por lo menos a mí me resultó mejor.
Para estar bien pendiente de no fumar al pedo, lo que proponen es un registro diario de los cigarrillos que fumes. La primera semana anotando cuántos (uno a las once y cuarto, otro a las doce y media, etc... y al final del día contás), y la otra semana igual pero anotando también la situación y el motivo que te invita a fumar. A mí me vino al pelo porque sin ponerme límites durante esos días previos, sólo intentando no fumar automáticamente, de un atado que fumaba habitualmente pasé a fumar nueve cigarrillos el día de aquella semana que más fumé. Otra cosa que aconsejan es no aceptar invitaciones de tabaco. Es decir, si en los días previos alguien te dice “negro, vamo' afuera a fumar un puchito”, tratar de evitarlo. Fumar sólo cuándo a uno le parezca. Todo esto ayudará después, cuando sea la hora señalada. (Suenan tenebrosos órganos de viento).
Mientras tanto es bueno ir probando algunas estrategias previstas para cuando ya no fumemos, como respirar profundamente, varias veces seguidas, cuando tengamos unas ganas bárbaras de fumar. ¿Vos sabés que funciona bastante bien? Es parte del proceso para aprender a relajarnos sin tabaco, que es el objetivo fundamental.
También dicen que avises a tus amigos y familiares que decidiste dejar de fumar en unos días. Se me ocurre que el hecho de hacer público el compromiso te obliga a insistir un poco más, a encararlo con más fuerza. El día anterior al que fijamos para no volver a fumar no hay que comprar cigarrillos. Además recomiendan apartar de nuestra vista ceniceros, encendedores, fósforos y demás utensilios relacionados con el tabaco, pero fue un paso que tampoco pude respetar ya que si escondo los ceniceros, encendedores y especialmente los puchos de la bruja, podré alcanzar cierto éxito en esta empresa pero llevaría a la debacle anunciada de mi matrimonio.
Cuando haya llegado el momento habrá que hacerse cargo. Para el primer día sin fumar, la guía reserva uno de sus párrafos más emotivos: “Levántate antes de la hora habitual. Te hace falta tiempo para emprender un día importante”. ¡Qué manera de llorar con ese párrafo! ¡Es tremendo!
Dicen que no te preocupes pensando en que no volverás a fumar, que solo te preocupes de hoy. Yo discrepo. Para mí es más eficaz pensar en que si sos capaz de no fumar hoy, mañana te va a costar mucho menos no volver a fumar en la puta vida. Y es cierto. Lo jodido es el primer día. Al menos para mí, que no había pasado un sólo día sin fumar desde hacía más de la mitad de mi vida.
Que empieces el día usando los fuelles: un poco de ejercicio y respiraciones profundas. Yo ya venía haciendo ejercicio desde hace un tiempo. Supongo que ayuda, sí. También dicen que elimines por ahora las bebidas alcohólicas, el café y cualquier otra cosa que suelas acompañar con el tabaco. Pero si me diste bola y en los días previos evitaste fumar mientras tomabas café o birra, no hará falta.
Que comas alimentos ricos en Vitamina B, aconsejan. Pero no te dicen cuáles son esos alimentos. Se pueden buscar en Google o pasar directamente al próximo punto, que es hacer un poco más de ejercicio después de comer. En el punto siguiente es donde uno empieza a preocuparse: hay que empezar la práctica regular de algún deporte al alcance de tus posibilidades (estos están en pedo, quieren que todos nos parezcamos a Rocky).
Una cosa que supongo que a mí me ayudó bastante fue que el día que yo había fijado para dejar de fumar todavía tenía tres puchos en el bolsillo. Ahí los tuve todo el día. Hice un poco de ejercicio, tomé jugos naturales, busqué satisfacción y relax sin fumar, en fin, sentirme bien sin necesidad de puchos. Y lo venía consiguiendo hasta las siete de la tarde, hora en la que nos sentamos con mi mujer en una terracita de la Rambla de Poblenou a tomar un par de cervezas. Y -como un boludo que nunca he negado ser- prendí uno de los tres puchos que me quedaban en el bolsillo. Y no te das una idea de lo mal que me sentó. Me agarré un mareo de la gran flauta, sentí una especie de hormigueo por todo el cuerpo, me di cuenta de que la sangre se estaba espesando, es decir, me hizo bosta ese pucho. Después me fumé los otros dos, para no volver a tener cigarros en el bolsillo al día siguiente. Y hasta ahora no he vuelto a fumar.
Durante los primeros días es cuando más cuesta. Lo bueno es preparar alguna estrategia porque hay momentos en los que puede parecerte que te vas a volver loco. La estrategia dependerá de lo que te guste hacer, pero la cuestión es distraerse, concentrar la atención en algo que no tenga que ver con fumar. Lo peor es quedarse pensando “uh, qué garrón, estas ganas de fumar”. Hay un montón de gente que lo ha dejado y se sabe que cuesta desde un poco a bastante, pero no hay datos de nadie que se haya vuelto loco. A medida que pasan los días va costando menos, sobre todo superada la barrera del primer día.
Noté también al principio una alteración fuerte del sueño: me despertaba mil veces, algunas no conseguía volver a dormirme, por la mañana me pegaba unos madrugones que ni en la colimba, yo, que tan aficionado soy a la catrera. Duró una semana, más o menos. Supongo que era una respuesta física esperable cuando suprimí de golpe una droga que no había faltado jamás en mi organismo durante diecisiete años, si es que sólo fueron diecisiete.
Lo que todavía dura es la ansiedad. Hago deporte, respiro profundamente, tomo té de tilo y hasta whisky, pero es inútil. Y una suerte de hambre atroz e insaciable aún sin haber mejorado en absoluto mis sentidos del olfato y el gusto. Porque esa era una de las cosas sobre las que advertían: el fumador ya de por sí quema más calorías que el que no lo es, fundamentalmente por la nicotina. Cuando dejamos de fumar, además, recuperamos el gusto y el olfato, de manera que el morfi huele y sabe mejor, por lo que le entramos sin asco. Y para peor la comida actúa como sustituto del tabaco, como elemento que calma la ansiedad. Todo esto explica, chicas, esta buzarda enorme de la que me hecho acreedor en tan poco tiempo para estupefacción de todas. Pronto volveré a mi fibrosa figura de siempre, ya lo verán.
Para prevenir esta situación del todo común, los expertos aconsejan reducir la ingesta calórica, moderar el consumo de grasas, sal, azúcares y condimentos, llevar una dieta rica en vegetales y sustituir el alcohol por abundante agua y jugos naturales. Yo, personalmente, no creo que haya que ser tan fanático. Porque si no, más que algo gratificante, dejar de fumar es una tortura.
Yo prefiero cortar un poco de pan, un salamín, unos taquitos de queso, abrir una lata de paté, unas aceitunitas, descorchar una de esas botellas de tinto que estaban ahí esperando una ocasión especial y disfrutar un poco de este logro importantísimo de haberse librado del tabaco, de la necesidad maldita del tabaco.
Tres semanas sin fumar, y a mí me parece que lo vengo llevando bien. Mi mujer dice que estoy insoportable, pero creo que tenía la misma opinión cuando yo fumaba. Dice que últimamente ando irritable y con un humor de perros. Sospecha que se trata del famoso síndrome de abstinencia. En cambio no ve ninguna relación entre mi estado de ánimo y el hecho de que mi suegra esté parando en casa.
Reconozco que hay momentos en los que aun me cuesta un poco no fumar. Sobre todo durante actividades en las que solía hacerlo sin medida, como cuando hago música o mientras escribo. Antes, si me bloqueaba, salía al balcón a fumar un pucho y seguía tras la pausa. Ahora camino por las paredes.
Y un poquito por el techo, también.
viernes 11 de diciembre de 2009
Bela (in memoriam)
y a su nieta y mi hermana, Magdalena,
en la fecha de las tres.
Supe de su muerte en esta ciudad en la que vivo, pero entonces sólo estaba de paso. Volvía de Andorra, de una temporada en la que había trabajado poco y esquiado mucho, y arrancaba para Menorca al día siguiente. Había venido a Barcelona a tomar el barco. Agus me había alertado unos días antes de que ya estábamos por perderla. Hacía casi treinta años que estábamos por perderla. Esa noche, en una especie de piso franco del barrio de Gràcia, revisé el correo por si había noticias. Le decíamos Bela.
Bela. Desde el único lugar desde donde el sobrenombre tenía completo sentido era siendo nieto. Cuadraba a la perfección: era la mezcla natural de su nombre (Isabel) y su condición (abuela). Yo siempre lo entendí desde ahí. Quien se lo haya puesto seguro que lo hizo pensando en nosotros, pero no nos distraigamos con especulaciones.
Dije que el día en que mi hermana me escribió diciendo que estábamos por perderla no lo consideré un mensaje demasiado revelador ya que hacía como treinta años que la situación era la misma. Lo que todavía no conté es que Bela decía tener mi edad. Mejor dicho, nueve meses más que yo. Y no por hacerse la coqueta, como esas viejas chotas que dejan de contar los años, nada que ver. Ella nunca tuvo vergüenza de envejecer ¿no digo que a los sesenta consideró que ya era una edad apropiada para dejar de teñirse el pelo?. Envejecer la tenía sin cuidado. Lo que sí le preocupaba un poco era morirse. Y más que un poco debía preocuparle bastante, porque durante casi treinta años estuvo eludiendo a la muerte con maestría. La útlima vez que la vi en Las Heras, cuando tanto le costaba mantenerse despierta, más que otra cosa me pareció que ya estaría cansada de hacer gambetas.
Decía tener mi edad porque la noche en que mis viejos se casaron -no sé si habrá habido una relación directa entre los dos hechos- tuvo un derrame cerebral que la dejó knock out. Juzgó que había muerto. Y tomó la fecha de su despertar por otro nacimiento, cosa que -admito- no resulta demasiado habitual, pero que en casa siempre dimos por cierta. Y en rigor lo parecía.
Mi abuela siempre se había caracterizado por su rectitud y su discreción. Le había tocado en suerte convivir con todo tipo de gente, de la que no siempre se podía decir cosas buenas. Ella jamás había hablado mal de nadie. Pero después del derrame se deschavó. Empezó a hablar pestes de quienes se lo merecían e incluso de otros pobres diablos que en el entusiasmo de Bela caían también en la volteada. Algunos familiares, sin ir más lejos. Familiares cercanos. Demasiado cercanos.
Y ya no se calló ni los gestos: resultaba facilísimo darse cuenta de quién no le caía bien. No volvió a hacer el más mínimo esfuerzo para disimularlo. Y sin querer me enseñó que en la gente no hay nada tan valioso cono la autenticidad.
A partir de entonces y cíclicamente, Bela iba recuperándose, alcanzaba un punto de aparente estabilidad y pronto otro derrame cerebral la estaba esperando, agazapado. Así durante casi treinta años.
Esto no fue, en absoluto, un obstáculo en nuestra relación. Muy al contrario, quizá los nietos aprendimos a valorar su compañía a raíz de su situación. Una mujer arrugada y festiva, un poco loca, capaz de recitar de memoria los párrafos más oscuros de Shakesperare ¡y en inglés! después de nosecuántos derrames cerebrales no era algo de lo que uno pudiera desentenderse así nomás.
Una mujer anciana que no se andaba con estupideces y se dejaba seducir por sus nietos menores de edad para disfrutar de una cerveza en buena compañía, por mucho que algunos tíos estúpidos se rasgaran las vestiduras hipócritamente.
Una mujer que -si a alguien se le hubiera ocurrido (como se me ocurrió a mí entonces, pero yo entonces era un crack de las ideas que jamás se aventuraba al campo práctico) ponerle una cámara enfrente- hubiese sido mucho más efectiva (y esto no es mucho decir, pero en realidad era alucinante) que cualquier programación de tv en cualquier horario, por sus genialidades espontáneas y por su gracia lenta que te iba invadiendo de a poco, y por sus remates disparatados.
Cuando yo era chico, mis amigos iban cada tanto a visitar a sus abuelas porque ellas les pasaban guita. Nosotros no. A nosotros nunca, jamás nos tiró un mango. Nunca. Hay épocas de la vida -cuando uno es pendejo, o adolescente, sobre todo- en las que está muy pelotudo, muy egoísta, sólo pensando en sí mismo. Y ni siquiera en esas épocas el hecho de que no nos diera guita fue un impedimento para que nos alegráramos de ir a verla. Ella tenía otra cosa. Uno podía escuchar sus historias durante horas y perderse treinta veces en medio del relato y no saber en ningún momento de qué estaba hablando, es cierto. Pero tenía la difícil virtud de hacerte sentir en paz. Por lo menos a mí su compañía me transmitía esa sensación. Daba la rara impresión de que después de estar con ella uno era un tipo mejor. Sólo era una impresión, claro: yo siempre seguí siendo el mismo cretino, pero reconozco que ella me enseñó a elegir mejor las canciones a interpretar.
Me acuerdo de un verano que pasamos en Moreno. Una noche ella se había ido a dormir y yo me quedé cantando y tocando la viola afuera, casi frente a la ventana del cuarto en el que ella dormía. Por supuesto ella era incapaz, en aquel momento de su vida, de quedarse en el molde cuando oía o veía algo que no le gustaba. Una característica de lo más simpática, para mí, aunque no siempre sus expectativas se correspondieran con la realidad (una vuelta se calentó porque la gente estaba tirando petardos un 31 de diciembre a las 24 hs.) Aquella noche en Moreno yo había cantado una serie de canciones que se ve que no merecieron ninguna objeción por su parte. Hasta que me puse a cantar un viejo tema de Moris, un tema que dura como veinte minutos y del que hoy no me acuerdo más que el ritmo y la secuencia de acordes. Y gracias a Bela también me acuerdo que en un momento dice “...a los amigos puedes llamar, de nada sirve”. Yo estaba cantando como había cantado mil veces esa canción y otras muchas, pero entré a oír la voz de mi abuela que a los gritos y en un tono autoritario me ordenaba que me dejara de cantar boludeces para informarme inmediatamente que los amigos son lo más grande del mundo, que no hay relación más noble que la amistad y que el valor de los amigos jamás debe ponerse en duda. Me cagó a pedos a través de la persiana. Y bien merecido me lo tenía. Por boludo, por cantar temas de Moris.
La que sí nos malcrió siempre fue Ana María, mi otra abuela. En realidad es tía abuela nuestra, pero como Mercedes murió siendo yo muy chico, ella hizo un poco su papel. “La Anciana Dama” se autodenominaba en joda cuando éramos chicos; pero ya hablaré de ella en otra nota. Hoy quería hablar de Bela.
miércoles 9 de diciembre de 2009
Copenhague
-¡No, no, no!- se lamentó Samuel Goinberg viendo volver del baño al Negro José con el cenicero vacío en las manos. -¡No, viejo, no!
El Negro interrumpió su marcha y se quedó mirándolo con dos ojos redondos como platos. No entendía nada. En realidad nadie entendía nada. Hasta este punto la reunión había estado de lo más entretenida, como cada viernes en casa del ruso. Unas pocas velas sabiamente distribuidas junto a algunos espejos dando la media luz adecuada, las animadas charlas interrumpidas cada tanto por las notas cadenciosas del piano vertical, las copas llenas de vino, el ambiente agradable que logran los viejos amigos cuando se reúnen ineludiblemente al acabar la semana. Llueva o truene.
-Pero ¿de dónde los sacan a estos negros de mierda?- preguntó herido Samuel Goinberg al resto de la concurrencia que, incómoda, no sabía si estaba bromeando o si se había vuelto loco.
-¿Vos sabés la de agua que contamina un pucho? ¡Como cincuenta litros de agua, contamina, boludo! Un sólo pucho. Ahora contame ¿cuántos acabás de tirar al inodoro? ¿diez? ¿quince?- esperó un par de segundos y ordenó -Sacá la cuenta.
El pobre Negro estaba desconcertado. Era evidente que lo estaba pasando mal. Nunca antes el ruso había increpado a nadie de ese modo. Es cierto que esta noche había bebido un poco más de lo habitual, pero de todas maneras su reacción resultaba -por lo menos- inesperada. Ahora tenía al Negro a un metro y medio de distancia y lo miraba serio, a la espera de una justificación.
-¿Quinientos litros?- arriesgó el Negro, acobardado.
-¡Una punta de litros, animal!- concretó el ruso -¡Eso va al río, al mar, yo qué sé adonde va, pero contamina toda el agua que encuentra!- Desvió la mirada, se pasó una mano por la frente y, más tranquilo, explicó:
-En la basura hay que vaciar los ceniceros, querido.
Por mucho que invitara semanalmente a los suyos de manera desinteresada y disfrutara a todas luces de su papel de anfitrión, Samuel Goinberg tenía fama de tacaño. Y no sólo por su origen judío. Mas bien se la había ganado por una curiosa forma de cuidar los gastos. Y digo curiosa porque el ruso siempre había tenido buenos trabajos. Se sabía que ganaba bastante más que el resto. Y no porque hiciera alarde de ello ni nada por el estilo, pero esas cosas se notan ya desde que te dice en qué está trabajando; y el ruso siempre estaba preparando no sé qué proyecto para las más grandes empresas. Bastante más que el resto ganaba seguro. Pero no vayas a creer que se lo refregaba a los demás, no, para nada. Aprovechaba esa ventaja de diversa maneras, entre ellas agasajándolos cada viernes por la noche, en reuniones austeras pero inolvidables. Por eso resultaba inexplicable aquel celo en el ahorro, en el cuidado de las pequeñas cosas en las que sus amigos no se detenían jamás. Ni aunque estuvieran viviendo al día. El ruso se escandalizaba cuando alguien dejaga un equipo en stanby toda la noche. “Pero si gasta poquísimo, ruso”, le decían. “Pero si lo desenchufás no gasta nada” argumentaba Samuel Goinberg, vecino de Villa Crespo, treinta y cinco años de edad. Un cuidado exagerado, te diría, un celo inexplicable que recién se vino a aclarar esa noche a raíz del medioambiente, o de lo bastante que había chupado el ruso, o a las dos cosas.
La reunión se había enfriado sensiblemente y Samuel Goinberg parecía lamentarlo.
-Disculpá- dijo, dándo al Negro una palmada en la espalda, invitándolo a que se siente. Después llenó las copas con actitud penitente- Disculpá, Negro- repitió- Disculpá.
-No sabía que estabas tan interesado en cuestiones medioambientales- inquirió con saña el petiso Robledo, escondiendo una sonrisa maligna y campaneando de reojo a los demás. Flor de hijo de puta, el petiso. Uno de esos tipos que siempre se están cagando de risa del resto, que así como quien no quiere la cosa dejan caer el comentario afilado en el momento oportuno. De esos que haciéndose los boludos te pinchan, te preguntan las cosas más incómodas fingiendo inocencia. Y Andá a saber qué le pasaba al ruso que había abandonado por completo su timidez habitual adoptando un aire que no se le conocía, un aire un poco insolente, si se quiere, nada propio de su carácter por lo general introvertido.
-¿Por qué serás tan forro, Robledo?- preguntó tranquilamente Samuel Goinberg. El tono de la pregunta se correspondía con su forma de ser. Lo que no encajaba del todo era la ofensa directa. -Si querés que charlemos, antes borrate esa sonrisa pelotuda de la cara, porque si sos capaz de atenderme en lugar de estar relojeando cómo reaccionan los demás a tus comentarios, en una de esas aprendés algo, payaso.
Al petiso se le congeló la sonrisa. Los demás empezaban a preocuparse. El ruso estaba comportándose de forma imprevisible. Quizá había contraído una enfermedad terminal que le hubiera hecho replantearse su actitud ante el mundo. Quizá sacara en cualquier momento una escopeta del ropero y con su sereno tono de siempre anunciara la inevitable masacre de grupo con su posterior suicidio. Quizá solamente fueran unas copas de más. No era fácil saberlo.
-Cualquiera de nosotros, cualquiera que te conozca, puede decir que sos un tipo alegre ¿no, Robledo? Jodón... digamos festivo. Si cada uno de los que está acá tuviera que definir tu carácter en unas pocas palabras, las que más se repetirían, estoy seguro, serían gracia, joda, impertinencia, picardía, chispa... y baja estatura o enanismo. Con E, no onanismo. Bueno, a lo mejor también, pero no viene al caso. En cambio lo de tu temperamento sí: un tipo alegre. Jodón y bajito ¿no?
El petiso lo miraba serio. Desconcertado. Los demás asintieron, a la expectativa.
-Entendemos que a pesar de todo te gusta estar acá, en el mundo.
Hizo una pausa, con la mirada buscó aprobación a su alrededor y continuó:
-A mi también, Robledo. A mí también- El ruso dejó su copa en la mesa, se levantó como cansado y se puso a caminar en vueltas lentas alrededor del grupo, que permanecía en silencio. Parecía un actor de teatro en su intervención crucial, consciente de la atención que suscitaba, exagerando la pausa por puro gusto, eligiendo quizá la forma de su discurso, la menos ceremoniosa, la más efectiva. Caminaba en círculos alrededor del grupo premeditadamente, como juega el gato maula con el mísero ratón, habría dicho el tanguero.
-Y esta sola situación de gusto, de agrado- continuó -nos está exigiendo una responsabilidad. No a otros. A vos y a mí. Y a vos, Margarita, y también a vos, Negro- A Margarita no le gustó mucho ser incluida en la lista- No a los amargados que se pasan la vida hinchándole las pelotas a los demás, ni a los depresivos egoístas que sólo piensan en sí mismos. Pero sí a nosotros, a la gente común que trata de vivir lo mejor que puede y reconoce que después de todo el mundo no es un lugar tan malo.
Algunos respiraron aliviados. Lo de la escopeta en el ropero quedaba descartado. Todavía podía tratarse de la enfermedad terminal y hasta de la bebida, pero -como acababa de reconocerlo- a Samuel Goinberg también le gustaba estar en el mundo, por lo que nadie esperaba ahora que el ruso los amasijase para luego inmolarse. Menos mal.
-Ahora que sabemos que durante los últimos siglos hemos estado haciendo las cosas como el culo, quedan dos opciones: o seguimos por el mismo camino (que ya sabemos a dónde lleva) o empezamos a hacer las cosas de otro modo. Y hacer las cosas de otro modo no quiere decir sacrificar demasiado bienestar. Yo jamás me exigiría a mí mismo una ducha de tres minutos, como dice exigirse Chávez, pero si él es tan poronga ¡adelante!, a mí me parece estupendo. Ya se sabe que yo no soy ni tan dogmático ni tan revolucionario como el líder venezolano. Mi aporte es menos heroico, por supuesto, pero igualmente valioso.
El tono del ruso ya era del todo afable. Los muchachos empezaban a aflojarse, los ánimos se distendían. El petiso intentó meter otro bocado pero el ruso lo paró.
-No me rompas las pelotas, ya sé lo que vas a decir, que con razón, mirá vos, justo el ruso, Robledo. Sos más previsible que un almanaque. Porque no es de ratón que lo hago. Ahorro por convicción, porque me parece que hay que vivir con responsabilidad. No por amarrete. Gasto menos que la mayoría de la gente y vivo igual. O mejor. Porque no gasto donde no hace falta. Si tengo que hacerme un té no caliento un litro de agua. Caliento una taza. Y ahorro agua, gas y tiempo. Y reducimos, dentro de nuestras posibilidades, la emisión de dióxido de carbono, o qué se yo qué gases de efecto invernadero.
Samuel Goinberg había tomado otra vez ese aire nuevo de seguridad. Explicaba con elocuencia apenas interrumpida para apurar un trago largo de vino y seguir pontificando con una determinación que no se le conocía. Tenía un cierto aire de terrorista reivindicando sus ideas. Llenó las copas de nuevo y prosiguió:
-¡Una masa el vino! Y es otro ejemplo de consumo responsable. No por la cantidad, sino por el género en sí. Tomar vino refleja un compromiso firme con el protocolo de Kioto, mi viejo. A ver quién es el hijo de puta que viviendo en la Argentina, donde todavía tenemos buenos vinos a precios razonables, se pone a escabiar whisky. Y no porque el whisky importado sea demasiado caro y el nacional una mierda, no lo digo por eso. Lo digo porque el proceso de destilación chupa energía a lo bobo, muchísima más energía que el de fermentación, que es el proceso que nos brinda esta maravilla- dijo moviendo la copa en círculos, para que el vino baile- ¡Una masa el vino!
-Ah, era por eso que el ruso nunca ofrecía whisky- informó el petiso, pero Samuel Goinberg no lo escuchaba; revoleaba su copa, olía y bebía, y el movimiento de su mano era a veces tan fuerte que en el balanceo de la copa caían buenas cantidades de vino hacia los lados, cosa que apenas le preocupaba. Estaba entusiasmado y con ganas de exponer sus ideas. Y de seguir bebiendo, aparentemente. Bebía a una velocidad insospechada. Y volvía a servirse, tras comprobar que las copas de sus amigos permanecían llenas, y a revolear la copa, y a oler el contenido. Parecía también como si se revoleara a sí mismo. Y exaltaba las bondades del vino, arrastrando algunas palabras que le daban pelea. Es decir, ya estaba en pedo.
-Chupar vino en vez de whisky, viejo, supone un gran ahorro energético. Y en este caso concreto no sólo no hay una pérdida apreciable de bienestar ¡campaneáme la frase! que suele ser mi vara para medir hasta dónde ahorro, sino que significa incluso una notable mejora. Un alza evidente en el nivel de vida. ¿Te das cuenta? No vas a comparar un destilado repugnante con este delicioso elixir, loco. Por eso te digo, hay que aprender a vivir de otra manera. A cuidar lo que tenemos.
-¿Por eso las velas?- preguntó Margarita -¿para no gastar luz?
-Efectivamente. Y dan una iluminación copada. También fijate que están junto a los espejos, para que reflejen la luz; para usar menos velas, en definitiva.
-Qué fenómeno el ruso- dijo el petiso Robledo- ¡lo tiene todo calculado!
-Si hiciera falta luz las prenderíamos, boludo. No me preocuparía. Pero con estas velas se está estupendamente bien. Una iluminación cálida, romántica, agradable. Incluso casi ni nos damos cuenta cuando le manoteás el ganso al Negro, Robledo.
-Ah, mirá qué bien- se ofendió el petiso- el chiste fácil, la ofensa gratuita...
-No lo hago de amarrete: si necesitáramos más gastaríamos más. Pero decime, quién quiere enchufar un equipo de audio teniendo al piano a Margarita. Seguimos ahorrando energía y seguimos subiendo de nivel. ¡Ni los ricos tienen en sus mansiones, cada viernes, un pianista a la altura de Margarita como nosotros, viejo! Y para mí sigue siendo algo extraordinario a pesar de la regularidad. Estoy muy contento de vivir de esta manera y valoro muchísimo todas estas cosas- apuró de un trago largo el último culo de su copa y remató- Así que quiero cuidarlas. Si no terminamos siendo como esos forros que van a la montaña con un aerosol y en un paraje natural te clavan una pintada “Acá estuvo Carlitos”. Me enferman esos pajeros. Y fue más o menos lo que hicimos todos hasta ahora.
Los muchachos se quedaron en silencio. El ruso descorchó otra botella pero ya no se sirvió. La dejó abierta sobre la mesa y dijo:
-Estuve pensando mucho en el tema estos últimos años. Se me ocurrieron varias estrategias para achicar el impacto de todo lo que consumimos. En estas reuniones pusimos en práctica unas cuántas, reduciendo la huella ecológica prácticamente a nada. Si no fuera por los pedos de Margarita, la emisión de Gases de Efecto Invernadero durante la noche de los viernes en esta casa de Villa Crespo sería nula, pero no la culpo porque toca el piano que es una delicia.
-No, a mí me parece bárbaro- interrumpió el Negro José- pero no sabía nada, ruso. Disculpá por lo de los puchos. Estoy de acuerdo en que hay que cuidar mejor todo, sabés. Es una actitud muy noble. Una virtud cristiana, incluso: el espíritu de pobreza.
-¡Y el que viene a recomendarla es el ruso!- se río el petiso.
-Naturalmente, Robledo: somos occidentales y cristianos- explicó Samuel Goinberg mirando su reloj pulsera.
-Bueno, muchachos, el tema da para mucho más, pero yo voy a tener que abandonarlos porque en un rato sale mi vuelo. Si lo necesitan pueden recurrir con absoluta confianza al estante de los vinos, yo voy a ir arrancando para el aeropuerto, no vaya a ser cosa que además de borracho llegue tarde.
-¿A dónde te vas, ruso?
-A Copenhague, a ver qué podemos hacer. Espero dormir un poco en el viaje. No debí haber tomado esta última copa, che. No me siento del todo bien... Chicos, me las tomo. Si quieren quedarse hasta que vuelva no pasa nada. Pero si se van, por favor, hagan la gauchada: que el último apague la luz.
***
viernes 27 de noviembre de 2009
Partida de nacimiento
Sonaron las campanas y hubo como un maremoto. Fuerzas ingobernables me arrastraban como a un títere inanimado, a pesar de mis muchos esfuerzos. De pronto se abrió el cielo y tuve una primera impresión del exterior: hombres adultos con barbijo. Sospeché una epidemia o un ataque con armas biológicas, pero intuí algo peor. Por primera vez me sentí indefenso. Impotente. Mi voluntad no tenía ningún valor frente a aquellos hombres fuertes. Podían hacer conmigo lo que quisieran. Y lo hicieron.
Sin perder un segundo me arrancaron de mi hábitat conocido. Eran profesionales, estaba claro. Cualquier resistencia sería inútil, así que cedí. Sentí frío, pero no era lo más grave. Lo peor era otra cosa, un malestar muy profundo que respondía a la humillación de no poder controlar mi propio destino, sensación que me persigue desde entonces. Cuando vi la tijera empezé a preocuparme de verdad. Más dañina que la de los peluqueros, aquella era la peor de todas las tijeras. La usaron para cortar el último lazo que me protegía del mundo. Después me golpearon sin violencia pero con mala leche, con la actitud propia de quien se sabe imbatible. Intenté por todos los medios ahogar el llanto: no les daría la satisfacción de verme llorar. La venía piloteando bien, pero volvieron a golpearme. Entonces, aunque mi alma se revelaba con todas sus fuerzas y yo me juraba que aquellos cretinos jamás me verían llorar, desde el centro mismo de la rabia surgió puro y cristalino mi llanto desolado.
-Lo que faltaba- pensé en el colmo de la desesperación- tengo voz de puto.
Me bañaron con cierta brutalidad. No digo que me hicieran daño, pero noté alguna desidia, acaso torpeza o sencillamente ignorancia del método. De allí viene probablemente mi rechazo por la ducha diaria.
Sufría yo de aquel modo cuando la puerta del quirófano se abrió escandalosamente. Algunas enfermeras intentaban detener a un señor barbudo que traspasó la barrera humana tras un gesto afirmativo del cirujano. Temí por su seguridad. En aquella época la mera posesión de una barba anulaba cualquier garantía civil. Si a este hecho le sumábamos su claridad mental, su amplio conocimiento de las leyes de Dios y del Hombre y su antipatía por los gobiernos de facto en general y por el proceso de reorganización nacional en particular, mi temor quedaba plenamente justificado. Se trataba de mi padre. Lo reconocí por el tono sereno, el libro bajo el sobaco y el olor a trementina. Ya habíamos tenido algún contacto en los meses anteriores. (Solía hablarme de la historia del fútbol argentino desde la época de Alumni y de la pintura europea, haciendo especial incapié en el período renacentista).
La cercanía de mi padre y el despertar de mi madre que, todavía algo grogie, estiraba hacia mí sus amorosos brazos me tranquilizaron un poco. Pero ¿por qué se demoraba tanto la enfermera, esa completa desconocida, en depositarme en brazos amigos? ¿Qué indagaba el facultativo en sus registros? ¿Qué anomalía buscaba con su frígida linterna en el fondo de mis pupilas negras? Cerré con fuerza los ojos e intenté una reconstrucción mental de la situación. Sin duda me encontraba en el ponnyclínico, palabra que había oído a mis padres cuando conversaban sobre mi llegada, que para mí era en realidad una partida, una expulsión. Una expulsión de mi paraíso indolente en el que el sudor de la frente tan sólo era una imágen poética. Una partida hacia lo desconocido. La partida de nacimiento.
Tenía una vaga noción de un nacimiento anterior en un establo, el de un hombre enorme y flaco que le rompió mucho las pelotas a los poderosos y había cambiado el curso de la Historia, por lo que me hinchaba de orgullo nacer en el ponnyclínico. Pero allí no había caballos de ningún tipo. El animal más fiero parecía ser la partera. Como el médico ya no insistía con su infame linternita abrí los ojos. Estaba nervioso. Nunca antes me había visto en situación parecida. Aproveché la maniobra de la enfermera que como una ofrenda me entregaba ceremoniosamente a los brazos de mi madre para tantear en la mesita de luz, a ver si encontraba un pucho. No hubo suerte. Reconocí en cambio un jarrón lleno de jazmines del cabo blancos y los restos de un tardío antojo de mamá: medio alfajor de maizena. De los grandes.
-Dios da pan al que no tiene dientes- me lamenté con amargura, mientras sentía una exagerada segregación de saliva. Pero ya estaba en buenas manos. Hambriento pero a salvo.
Todavía un poco confuso respiré profundamente para sacarme las ganas de fumar. La tensión del ambiente había bajado bastante. Sin motivo aparente se me escapó una lágrima. Un surquito invisible en mi mejilla gorda y una gota salada. Entonces pensé que después de todo, el mundo no debía ser un lugar tan terrible si mi viejo era capaz de mirar de esa manera, y yo tenía al alance de la más pequeña queja dos tetas repletas de leche y de cariño.
***
miércoles 25 de noviembre de 2009
Cósmosis
"Brillan las constelaciones su indiferencia estelar"
(De una canción de Dolina)
Con frecuencia uno se desanima. Comprueba amargamente que ningún esfuerzo da frutos y -en un momento de clarividencia- reconoce que seguir no tiene ningún sentido.
Uno, a veces, deja de buscar lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias. Sabe que la lucha es cruel y es mucha pero decide dejar de luchar y desangrarse, porque ya no lo empecina fe alguna.
A veces, desmotivado, uno concluye que lo único razonable es abandonar, dejar las cosas en este punto, pasar página, cerrar sin guardar.
Uno se cansa, cada tanto. Se desmorona. Manya su propia insignificancia. Se da cuenta de que cualquier cosa que haga es inútil. Se derrumba. Se pregunta una y mil veces “¿para qué?”, y no encuentra una respuesta satisfactoria.
Ocurre con frecuencia, creeme. Decepcionado, uno deja lo que está haciendo, se para a pensar dos segundos y cae en la cuenta de que es al pedo. Completamente al pedo, piensa uno con acierto, mientras repasa mentalmente la nula repercusión de sus actos en el curso del cosmos y hasta de la casa.
Y entonces
por un momento
uno se desentiende
baja los brazos
y se deja caer en la catrera
desganado y con un poco de frío.
Por suerte no dura mucho. Alcanzamos a ver claro en un instante fugaz. Después y poco a poco la sensación se va perdiendo. Con el tiempo uno se olvida y vuelve a lo que estaba haciendo.
Y eso es lo terrible.
*
miércoles 11 de noviembre de 2009
Autorreferencial
Queridos amigos, con la sonrisa llena de dientes de leche y el paso tambaleante de quien no lleva mucho tiempo andando sobre dos pies, mi bloc cumple, cumplió o está por cumplir dos años. Setecientos treinta días. Se dice rápido, “setecientos treinta”, pero si te ponés a pensar no es poco. Fijate: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciseis, diecisiete, dieciocho, y así hasta setecientos treinta. Tardás bastante en decirlos, así.
Las principales características del cumpleañero son: 1) que se actualiza poco; y 2) que eso lo tiene sin cuidado porque jamás trata temas de última hora.
Por lo demás es flaco, bastante pálido y un poco atorrante, pero muy prolijito.
Su desarrollo presentó problemas en diversas etapas. Lo que en principio fue una especie de diario irregular y semi privado de un equilibrista (hablo del Fragmentario) dio lugar a una serie de textos independientes, por lo general cortos y casi siempre penosos que -por algún motivo- dividí en varias secciones. Así las Disonancias intentaron romper en un primer momento con la monotonía rutinaria del Fragmentario, pero me di cuenta que se me estaban agotando las posibilidades en cuanto a seguir con el diario cuando se fueron colando en él unos cuántos textos que exigían independencia, es decir, que no entraban sino a la fuerza en el formato cronológico del Fragmentario. (A lo mejor podría revisar esas notas en estos días y volver a presentarlas como corresponde.)
(No, mejor no.)
Estas notas sueltas a las que hice referencia en el párrafo anterior se agrupan en unas pocas secciones y versan sobre las materias más dispares, aunque mi preferida será siempre la repostería. Las secciones se titulan: Curiosidades (ahí van los textos más pelotudos), Disonancias (los que no tienen nada que ver con nada), Fragmentario (el diario con el que empezó la joda), N. del A. (ganas impostergables de decir alguna boludez), Álbum particular (textos que parten de fotos encontradas en algún cajón) y Manchas. Estas últimas -dentro de las que se incluyen las notas para una autobiografía, que no necesitan aclaración- son las que han presentado algún conflicto en cuanto a la comprensión del título: “Manchas”.
Últimamente en varias entrevistas han querido saber si se trataba de manchas en mi conciencia o en mi historia personal que se me había hecho imprescindible echar afuera valiéndome del ejercicio de la literatura. Un equilibrista contesta que si hubieran leído alguna de las notas se darían cuenta de que la palabra “literatura” resulta exagerada, y de que la pregunta es una boludez soberana. Se trata de “Manchas” en el sentido plástico del término. Unas pocas pinceladas espontáneas sin demasiada premeditación pero sí con alguna alevosía, una serie de trazos apurados que se acercan a su forma a fuerza de pura intuición. Podría haberlos llamado también “Primeros borradores”, pero ello me obligaría a volver sobre los textos para corregirlos, y está muy lejos de mí esa intención. (Por suerte las entrevistas me las hago yo mismo, con lo que nadie sale mal parado a raíz de tan firmes respuestas).
Si hoy me pidieran que haga un balance, que mire hacia atrás y elija tres momentos afortunados, no dudaría en presentar:
1- Palabras de fin de año (consideraciones sobre la vida en general)
2- GÉNESIS (una breve historia del tango desde sus orígenes hasta la década del setenta)
3-La previa (el capítulo primero de mis memorias)
4-Balada del tiempo perdido (un lamento poético)
5-Toda la carne en el asador (instrucciones para hacer un asadito).
Y si alguien muy atento advirtiera que me he pasado de los tres textos a los que tenía derecho le pediría que no se alarme y le haría notar que sólo agregaría uno más:
6-Buenos Aires blues (un remordimiento),
7-Empatía (una manifestación irrefutable), y
8-una página del Fragmentario que trataba sobre no sé qué.
Hasta acá mis palabras. Ahora dejemos hablar al informe de Google Analytics. La revelación más agradable es que uno de los que más me leen (en cantidad de visitas y en tiempo de lectura) es alguien de Isidro Casanova. Alguien que no conozco. Lo demás son boludeces: estadísticas incomprensibles. Entre las palabras por las que llega la gente a mi bloc gana por goleada “apuntes casuales de un equilibrista” en todas sus variantes (incluso “anptes casulaes deun euiqlirbitsa”, sospecho que se trata de hollywoodencasa), de donde se deduce que me conocen o saben a dónde quieren llegar. Pero también llegan otros, uno preocupado porque “se ha secado mi ficus bambino”, otro interesado en averiguar “por que los equilibristas usan una barra de 50 o 100 kilos para caminar por la cuerda floja”, otro que asegura que “la sidra se hace con vinagre, seveno azucar etc”, otro que indaga sobre las “propiedades de la planta llamada paratropina”, y otro que buscaba un “verso corto escobilla limpia inodoros”.
¿Creías que era todo? Me queda uno que es tragicómico: “relatos eroticos pederastras” (sic).
miércoles 21 de octubre de 2009
Adrogué
Resulta complicado determinar la causa, sin embargo es un hecho que mis relaciones con mujeres han terminado siempre de forma lamentable. Y eso que tuve la suerte de contar con la temprana ayuda de un primo más grande que sabía bastante del tema y me esclareció algunas nociones fundamentales.
-Son todas putas- me explicó una mañana primaveral. Yo acababa de cumplir ocho años. Me acuerdo que permaneció un rato abstraído, y cuando yo había dado por concluida su enseñanza:
-¡Todas putas!- repitió enérgicamente, acompañándose de un gesto de negación.
Hoy me entra el pánico de sólo imaginar cómo habría sido mi performance de no haber contado con tan significativo asesoramiento.
A Laura la conocí ese mismo verano en Adrogué, en una kermese que organizó la parroquia. Me cautivó enseguida con su puntería inalterable para bajar patitos giratorios en uno de los juegos. Linda zona, Adrogué. Unas casas bárbaras. A nosotros nos quedaba un poco a trasmano, porque toda la vida vivimos en José Paz, pero mamá no hubiese permitido que faltáramos a una convocatoria de la parroquia. Ahora entiendo que tal vez papá no estuviera muy de acuerdo, porque antes de salir, mientras guardaba los sánguches en una de esas heladeritas de playa, esgunfiado, oí que decía:
-¡Es en la loma del culo, vieja! ¿A vos te parece que vayamos? Digo: ¿es muy necesario?
Por suerte en cuestiones de fe mamá no daba el brazo a torcer. Pese a que el ranchito no era muy grande lo teníamos lleno de Crucifixiones, imágenes del Señor, estatuitas de la Virgen y altares dedicados a varios Santos. Recuerdo que mis hermanos mayores solían protestar porque querían colgar en la cocina un póster de Alice Cooper allí donde una imagen de Pío IX, oportunamente dispuesta, iluminaba a mi madre sobre la mesada en la cual ella se abocaba a la repostería. Cuando volvía de la parroquia con alguna bolsa en la mano, papá, que veía reducirse el espacio de la casa a un ritmo preocupante, preguntaba aterrado:
-¿Más Santos?
Y respiraba aliviado cuando de la bolsa salían verduras, o pollo, o rollos de papel higiénico, o detergente. Pero no, como decía antes, por suerte en esos temas mamá no daba el brazo a torcer. Y digo por suerte porque a mí el póster de Alice Cooper me asustaba. Creo que en la imagen se veía a una especie de gurka pisando pollitos, nunca me animé a mirarlo muy detenidamente. Y también porque fue gracias a la determinación de mi madre que aquel domingo fuimos a la kermese. Linda zona, Adrogué. Unas casas bárbaras.
Ya conté que lo que me impactó de Laura fue la precisión con la que disparaba a los patitos. Una cosa impresionante. Cuando me acerqué ya había ganado un elefante de porcelana tamaño natural, un reloj importado y una botella grande de champán, de esas que abren los de la fórmula uno. Y todavía esa misma tarde iba a sacarse un radio-grabador que funcionaba con ocho pilas grandes (“¡un presupuesto!” dijo la madre de Laura, por eso accedió a que me lo regalara, y lo metimos en el renó 6 inmediatamente, antes de que se arrepintiera), la escopeta de aire comprimido y un loro que cantaba tangos y decía barbaridades. También había otros entretenimientos en la kermese, juegos del estilo “póngale la cola al chancho”, “tírele la goma al burro”, esas cosas, pero ahí Laura perdía todo su encanto. Porque lo que no conté aún es que aparte de la puntería que me había cautivado desde el primer momento, no poseía ella ningún otro atractivo. Era más fea, la hija de puta. Y para que a los ocho años se note que sos feo, tenés que ser más feo que un culo feo. Y no lo digo por despecho, eh, no señor. Ya han pasado muchos años y he pensado frecuentemente en el tema con absoluta claridad mental, así que deberían creerme cuando les digo que escribo libre de cualquier asomo de emoción. ¡Cincuenta y siete años, dos meses y nueve días han pasado desde el episodio!
Yo la miraba obnubilado: ella bajando patitos era una delicia. Hasta que -previsiblemente- cayó el útlimo de la ronda.
-¡Fa! ¡sos un fenómeno! -le dije emocionado- ¿Cómo te llamás?
-Maura- dijo, sin mirar.
-¿Maura? ¡qué lindo nombre!- exclamé- Yo conozco un puto que se llama Mauro, pero Maura no había conocido a nadie.
-¡Laura!- dijo, y ahora sí se dio vuelta con una sonrisa franca, llena de hierros. A lo mejor le había hecho gracia lo del puto. Mamá se enojaba mucho cuando yo decía malas palabras, pero los demás siempre las encontraban muy graciosas. Incluso papá. Yo me quedé mirando esa sonrisa enorme que parecía tener paragolpes en los dientes, pero me cuidé mucho de decírselo. La puta que lo parió, era muy fulera. Pero yo entonces no era tan frívolo como ahora y no me importaba que una mujer fuera fea para quererla. Claro que no. Me guiaba por otros parámetros, buscaba cosas más profundas que la belleza física. Una puntería inalterable para bajar patitos giratorios en los juegos de la kermese, por ejemplo.
-¿Sos del barrio, Laura?
-Sí- me dijo, embutida en su vestidito escocés. Parecía un chorizo gigante de los que colgaban sobre el mostrador del gallego, en el bar de la estación José Paz. Sólo que a cuadritos.
-Linda zona Adrogué...- dije haciéndome el interesante -unas casas bárbaras.
Esta frase se la había oído durante la semana repetidas veces a varias de mis tías cada vez que mamá les contaba que el domingo iríamos para Adrogué, convocados por la parroquia.
-Linda zona, Adrogué- decían invariablemente mis tías -unas casas bárbaras.
-¿Vos de dónde sos?- me preguntó Laura.
-De José Paz- contesté orgulloso -¿Conocés José Paz?
-No.
-¿No conocés José Paz?
-No ¿es lindo?
-¿José Paz? ¡Es lindísmo, Laura! José Paz es lindísmo ¿nunca fuiste de excursión?
Yo estaba razonablemente asombrado de que alguien pudiera no conocer José Paz.
-¿Hay excursiones?- preguntó.
-¿A José Paz? ¡Flor de excursiones! Tenés que ir a Buenos Aires, antes. Y te tomás el tren en Retiro. Además el viaje es relindo. Le comprás alguna golosina a los vendedores ambulantes, para distraerte, ¿viste?... muy lindo viaje, eh; un rato largo y te bajás en José Paz. Podés comer en algún bolichito de la estación, o te llevás el picnic, si querés. Y después paseás, conocés la ciudad...
-¿Y es como acá?
-¿Como acá? ¿José Paz? ¡Noooo! ¡Por favoooor! ¡Nada que ver! El día y la noche. José Paz es como... no conocés Moreno ¿no? Es como, qué se yo... ¿y Londres? ¿conocés?- ella dijo que no. -Yo tampoco, pero creo que es bastante parecido a Londres, por lo que oí. Un poco más grande, José Paz, eso sí.
-¿Y tienen la misma moneda que acá?
-¿Cómo la misma moneda?
-¿Pagan en pesos?
-No, no. Bueno, allá hay varias monedas. Tenés las guitas, que sirven para comprar clavos sueltos en la ferretería o figuritas en el kiosco. También están los mangos. Con dos mangos comprás el pan. Tres cuartos de milonguitas comprás con dos mangos. Después tenés las gambas, pero nunca las vi. Me parece que con las gambas se pagan las facturas del gas, la luz, esas cosas. Y al final creo que vienen las lucas y los palos. Aunque también hay “miserias”.
-¿Miserias?
-Sí. No sé si es más o menos que las lucas, me parece que menos. Es lo que gana mi papá: una miseria.
El del puesto seguía la conversación entretenido, como si no tuviera ganas de que acabase, y me miraba con simpatía. Entonces me pareció que admiraba en secreto mi labia y mi proceder majestuoso en el arte incierto de la seducción, pero ahora creo que estaba agradecido porque, distrayendo a Laura, lo estaba salvando de que ella le desvalijara el kiosco. Se había hecho un pequeño silencio y le tocaba a Laura llenarlo de algún modo.
-¿Querés jugar?- preguntó, y yo noté que el tipo del puesto me clavaba la mirada y con cierta desesperación subía y bajaba la cabeza velozmente, como queriendo transmitirme un mensaje secreto.
-No- le dije -jugá vos.
Y ahí vino la segunda ronda de premios: el radio-grabador que metimos de inmediato en el auto, el loro atorrante y la escopeta de aire comprimido. Uno atrás del otro. No había memoria de algo semejante desde el carnaval del treintidós, dijeron los más veteranos. Un fenómeno mi chica.
Como a dos o tres puestos había un pelado vendiendo choripanes. Le pregunté a mamá si la podíamos invitar a Laura a uno y noté cierta preocupación en el gesto de papá.
-¿Podemos? -pregunté entonces a papá, pero mamá interrumpió diciendo que sí, que claro que podíamos. Estaba de muy buen humor aquella tarde, mamá. Papá no se explicaba lo de los choripanes teniendo en el baúl del auto una heladerita llena de sánguches. ¡Y de salchichón primavera!
Ahí mismo, mientras nos engullíamos aquel par incomparable de choripanes, le dibujé en unas cuantas servilletas un plano de José Paz marcándole en primer lugar nuestro ranchito, seguido de otros puntos de interés. Le había pedido prestado el rifle de aire comprimido que acababa de ganar y me lo había colgado al hombro porque -intuía- me daba un aire irresistible como de John Wayne en alguna de las maravillosas películas que solíamos ver los Sábados de Súper Acción.
-¿Ves? Acá donde te hice el descampado adornado con plantitas de marihuana están los “faloperos”- le comentaba, para que no fuera a perderse cuando llegara a José Paz -Acá, en cambio, a pasitos del desarmadero, te vas a encontrar a los que afanan autos, estéreos, esas cosas: los “pungas”. En esta esquina paran los “fiolos”, ¿ves?. Y éstos, éstos de acá, son los “trabucos”. Si seguís por acá, frente a la escuela, en la placita, están siempre los “pederastras”. Papá los odia, pero son buena gente. A mí siempre me saludan, a veces me hacen regalos y todo.
Así estaba yo, dibujando y explicándole el plano a Laura, cuando sobrevino la catástrofe. Sin que nada hiciera preverlo, la madre de Laura -que aparentemente estaba detrás de mí, estudiando mis indicaciones por encima de mi hombro- se me plantó enfrente enfurecida y -echando humo por los ojos y pronunciando a los gritos no sé qué conjuro- quiso tomar violentamente a su hija de un brazo para llevársela quién sabe dónde. Pero yo me adelanté: la cacé por la cintura como los galanes de cine, nos escabullimos hasta el puesto de choripanes y volcando de un patadón el tonel donde se asaban los chorizos conseguimos una suerte de trinchera.
-¡Hija de puta!- le grité mientras intentaba descorchar el botellón de champán que había logrado manotear con la zurda mientras cazaba a Laura con la diestra para llevarla a un lugar seguro -¡No te acerques más porque sos boleta!
A unos metros de nosotros, mamá estaba indignada por mi vocabulario y papá -anonadado- había abierto enormes los ojos y parecía no entender nada; pero a mi lado y como en otro planeta, Laura reía, lo que me envalentonó. Me descolgué el arma del hombro y se la extendí a mi compañera.
-Apuntá, apuntá- le dije, y después grité endemoniado- ¡Los vamos a hacer cagar a todos, putos!
Mientras intentaba descorchar la botella, mantenía a raya a la madre de mi chica y a otros alcahuetes que se habían alistado bajo su bandera, arrojándoles, mediante la pala del parrillero usada a modo de catapulta, las brazas que habían caído a los pies del tanque y demás objetos contundentes que encontrara a mi alcance. Cuando sentí que el corcho estaba cediendo atiné a bajar repentinamente la botella con la suerte de que el proyectil salió disparado a una velocidad incalculable y dio de lleno en la frente de la vieja. Cayó de culo, quedó sentada un par de segundos e inmediatamente se desvaneció. Yo me mandé un trago largo de champán porque entre la emoción y los nervios se me había secado la garganta.
-¡Atrás, hijos de puta! ¡Atrás!- gritaba yo fuera de mí, excitado por el champán y por la convicción de que con aquel rifle de aire comprimido y la puntería de mi chica éramos imbatibles. Y fue el pico más alto de mi euforia, porque inmediatamente todo se derrumbaría.
Me dolió bastante ver que mamá se acercaba a la madre de Laura e intentaba hacer que volviera en sí. También me sentí defraudado al ver a papá -ayudado por el pelado de los chiripanes- cargarla y ponerla a salvo detrás de un cedro. Fue un mal trago, un golpe bajo. Pero lo que terminó de destrozarme fue ver que a mi lado Laura había bajado la escopeta y llorando desconsoladamente se entregaba al enemigo.
-¿Tú también, Bruto?- pregunté cinematográficamente y, derrotado, bajé definitivamente la guardia. Creí que no me había oído, porque ya estaba detrás del cedro abrazando a su madre que ahora empezaba a reaccionar, pero enseguida me miró llena de lágrimas y se puso a gritar con toda su alma:
-¡Bruto! ¡bruto! ¡bruto!- como si yo fuera el traidor.
La desazón fue tan profunda que estaba perdido. No sabía cómo reaccionar, pero intuí que lo más razonable era empezar a correr lo más rápido posible en cualquier dirección. Porque al ver que la vieja volvía en sí, encabezados por mi padre y en segundo lugar el pelado de la parrilla, todos, absolutamente todos empezaron a correr detrás de mí, a perseguirme con el propósito bastante claro de cagarme a palos.
-¡Bruto! ¡bruto!- gritaban todos corriéndome enfurecidos -¡Brutoooo!
Todos menos el loro cantor, que al parecer gritaba “puto”.
Cuando por fin me agarraron, papá evitó el linchamiento haciéndose cargo de los destrozos provocados. Después, en José Paz, me linchó él mismo.
-Deberías haberlos dejado a ellos- le recordé toda su vida- te ahorrabas guita y laburo- Pero él parecía no entender, me clavaba una mirada como de desconcierto, pobre. Nunca fue un clarividente para eso de los negocios, mi padre.
***
